Topology

Ficha

  • Autor: San Juan de la Cruz (1542–1591)
  • Fuente en la biblioteca: texto completo (~45.000 palabras).
  • Cita: por libro y capítulo (1N, 2N).

La arquitectura

Dos libros, catorce y veinticinco capítulos, que declaran las dos purgaciones pasivas:

  • Libro I — la noche pasiva del sentido, para principiantes. Los capítulos 2 a 7 son un tratado de los siete vicios capitales en versión espiritual —soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y acidia espirituales—, es decir, de cómo cada pecado capital reaparece transfigurado dentro de la vida devota. Los capítulos 8 a 14 explican la noche misma, sus señales, cómo comportarse en ella y sus provechos.
  • Libro II — la noche pasiva del espíritu, para aprovechados: la purgación que «falta la principal parte» tras la primera (2N 1,1), con la fenomenología de la pena (2N 5–8), su carácter iluminativo (2N 9–13) y la escala mística de amor (2N 18–20).

Entre ambos, 2N 1,1 introduce un dato que ninguna lectura elitista puede usar y ninguna lectura igualitaria tampoco: Dios purga «a algunas almas que no han de subir a tan alto grado de amor como las otras», metiéndolas en la noche «a ratos interpoladamente… haciendo anochecer y amanecer a menudo». Los grados son reales y desiguales, pero el reparto es de Dios, no del esfuerzo.

Las tres señales (1N 9)

La pieza operativa del libro: cómo distinguir la noche de Dios de la tibieza o la melancolía. Son tres, y han de darse juntas.

  1. Que «así como no halla gusto ni consuelo en las cosas de Dios, tampoco le halla en alguna de las cosas criadas» — la sequedad no es selectiva.
  2. Que «ordinariamente trae la memoria en Dios con solicitud y cuidado penoso, pensando que no sirve a Dios, sino que vuelve atrás» — hay dolor por la pérdida, que es lo que la tibieza no tiene.
  3. Que no pueda «ya meditar ni discurrir en el sentido de la imaginación, como solía, aunque más haga de su parte» — la imposibilidad es de la potencia, no de la voluntad.

La definición de la noche pasiva (2N 5)

«Esta noche oscura es una influencia de Dios en el alma, que la purga de sus ignorancias e imperfecciones habituales, naturales y espirituales, que llaman los contemplativos contemplación infusa o mística teología, en que de secreto enseña Dios al alma y la instruye en perfección de amor, sin ella hacer nada ni entender cómo» (2N 5,1).

Y la respuesta a la paradoja del nombre: si es luz divina, ¿por qué se llama noche? Por dos causas: «la primera es por la alteza de la Sabiduría divina, que excede al talento del alma»; «la segunda, por la bajeza e impureza de ella» (2N 5,2). Es el mismo argumento que Dionisio, citado aquí por su nombre: la contemplación infusa es «rayo de tiniebla», oscura no en sí sino para el ojo que la recibe, «así como la luz, cuanto más clara es, tanto más ciega y oscurece la pupila de la lechuza» (2N 5,3).

El corolario doctrinal es fuerte: la luz que purga y la luz que glorifica son la misma —«la misma sabiduría amorosa que purga los espíritus bienaventurados ilustrándolos es la que aquí purga al alma»— y por tanto la noche no es un método sino la primera fase de la gloria vista desde abajo.

El madero y el fuego (2N 10)

La comparación que explica «de raíz» la purgación, y que conviene leer hasta el final. El fuego, aplicado al madero, «lo primero que hace es comenzarle a secar… luego le va poniendo negro, oscuro y feo, y aun de mal olor», y sólo al cabo «viene a transformarle en sí y ponerle tan hermoso como el mismo fuego». Lo negro no es un fallo del proceso: es el proceso.

Pero el remate importa tanto como la imagen: en el término «ya de parte del madero ninguna pasión hay ni acción propia, salva la gravedad y cantidad más espesa que la del fuego». Aun en la transformación consumada queda un residuo de la naturaleza propia. Es la misma salvaguarda que 2S 5 pone con la vidriera, dicha ahora con el madero — y sostiene la unión por participación frente a toda lectura de identidad.

Los diez grados de la escala (2N 19–20)

San Juan los toma «según san Bernardo y santo Tomás» y los recorre así: 1) enfermar provechosamente; 2) buscar sin cesar; 3) obrar y no faltar; 4) sufrir sin fatigarse; 5) apetecer y codiciar a Dios impacientemente; 6) correr ligeramente y volar por la esperanza; 7) atreverse con vehemencia; 8) asir y apretar sin soltar; 9) arder con suavidad; 10) «asimilarse totalmente a Dios».

El décimo tiene una condición que cambia el sentido de toda la escala: se alcanza «por razón de la clara visión de Dios que luego posee inmediatamente el alma, que, habiendo llegado en esta vida al nono grado, sale de la carne». La asimilación total no es un estado de esta vida. El techo terreno es el noveno.

Para el corpus

Aquí está, en efecto, la «destrucción real de la naturaleza mortal» que la posición sobre Cristo esgrime contra Evola, y está en un Doctor de la Iglesia, no en un heterodoxo perseguido: el argumento del corpus se confirma en el texto. Pero la obra añade la condición que lo reordena: eso que Evola pedía no se hace, se recibe —«sin ella hacer nada ni entender cómo»—. Contra la acusación de que al cristianismo le falta la vía seca y destructiva, la Noche responde con creces; contra la pretensión de convertirla en técnica iniciática, responde negando que sea técnica.

Cautelas y límites

La Noche también queda inconclusa, y por su propia declaración: el prólogo anuncia que «en las dos primeras canciones se declaran los efectos de las dos purgaciones… en las otras seis se declaran varios y admirables efectos de la iluminación espiritual y unión de amor con Dios» — ocho estrofas—, y el texto se detiene declarando «brevemente» la tercera (2N 25). De las seis canciones de la unión, cinco no llegaron a escribirse: la doctrina positiva de la unión no está en esta obra, sólo su preparación. Y su libro I asume la materia que la Subida anunciaba para un «cuarto libro» (1S 13,1), de modo que la relación entre ambas es de plan reorganizado, no de secuela: hay solapamientos y remisiones cruzadas que no cierran. Nada de esto afecta a los pasajes citados, pero impide tratar el conjunto como sistema acabado.