Topology
- Authored by: teresa-de-avila
- About: recogimiento, henosis-y-gracia, union-por-participacion, noche-activa-y-noche-pasiva, discernimiento-de-la-noche
- Depends on: fondo-del-alma-frente-a-union-por-participacion, las-dos-salvaguardas-del-carmelo, el-criterio-de-la-union-es-etico
Ficha
- Autora: Teresa de Ávila (1515–1582), Doctora de la Iglesia
- Fuente en la biblioteca: texto completo de Las Moradas (~74.000 palabras), edición crítica con aparato de notas y variantes del autógrafo.
- Cita: por morada y capítulo (1M–7M), que es la forma canónica.
La arquitectura
Siete moradas con dos, uno, dos, tres, cuatro, once y cuatro capítulos: veintisiete en total, y el desequilibrio es doctrina. La sexta morada —los fenómenos extraordinarios: arrobamientos, hablas, visiones, la herida de amor— ocupa once capítulos, casi la mitad del libro; la séptima, el matrimonio espiritual, sólo cuatro. Teresa dedica su mayor esfuerzo no a la cumbre sino al tramo donde se engaña la gente.
El armazón es la alegoría inicial: el alma «como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos» (1M 1,1), y «la puerta de este castillo es la oración» (título de 1M 1). Las tres primeras moradas son el camino ascético ordinario —con el «propio conocimiento» como fundamento y con el aviso de no encerrarse en él: quien esté en el propio conocimiento «vuele algunas veces a considerar la grandeza y majestad de su Dios» (1M 2)—. De la cuarta en adelante empieza lo infuso.
Los dos pilones (4M 2)
La distinción técnica sobre la que descansa todo el libro, y Teresa la da con su propia imagen. Dos fuentes con dos pilas: una se llena «de más lejos por muchos arcaduces y artificio»; la otra «está hecha en el mismo nacimiento del agua y vase hinchendo sin ningún ruido», y una vez llena «procede un gran arroyo; ni es menester artificio» (4M 2,3).
- El agua de los arcaduces son los contentos: «los que se sacan con la meditación; porque los traemos con los pensamientos, ayudándonos de las criaturas… y como viene en fin con nuestras diligencias, hace ruido».
- El agua del manantial son los gustos: no se producen, se reciben; «si el manantial no la quiere producir, poco aprovecha que nos cansemos».
Es la misma frontera que San Juan traza entre noche activa y pasiva (1S 13,1), dicha en lenguaje de agua en vez de lenguaje de escuela. Y tiene la misma consecuencia: la parte alta del itinerario no es operable.
El gusano de seda (5M 2)
La imagen de la transformación: el gusano «comienza a labrar la seda y edificar la casa adonde ha de morir», y del capullo «sale una mariposica blanca, muy graciosa». La muerte no es figurada —el gusano muere— y la casa que lo mata la construye él mismo. Teresa la identifica sin rodeos: «Esta casa querría dar a entender aquí, que es Cristo» (5M 2,4). Y precisa el reparto entre esfuerzo y don: «no quitar de Dios ni poner, sino quitar de nosotros y poner, como hacen estos gusanitos», y entonces Dios junta «este trabajillo, que no es nada» con su grandeza (5M 2,5).
La unión que Teresa realmente pide (5M 3)
Aquí está el capítulo que cambia la lectura del libro entero, y que suele omitirse porque no habla de experiencias. Teresa distingue la unión «regalada» —infusa, dada— de otra «unión no regalada, de pura conformidad de voluntades», y toma partido:
«Mas de ser posible no hay que dudar como lo sea la unión verdaderamente con la voluntad de Dios. Esta es la unión que toda mi vida he deseado; ésta es la que pido siempre a nuestro Señor y la que está más clara y segura» (5M 3,5).
La cumbre que la fundadora pide para sí no es el arrobamiento: es la conformidad de la voluntad. Y le da un criterio de verificación empírico, no experiencial:
«La más cierta señal que, a mi parecer, hay de si guardamos estas dos cosas, es guardando bien la del amor del prójimo; porque si amamos a Dios no se puede saber… mas el amor del prójimo, sí» (5M 3,8).
El libro se cierra en la misma clave: para eso sirve el matrimonio espiritual, «de que nazcan siempre obras, obras» (7M 4,6), y quien reciba la merced sin obras no la ha recibido — «poco me aprovecha estarme muy recogida a solas haciendo actos con nuestro Señor… si en saliendo de allí, que se ofrece la ocasión, lo hago todo al revés» (7M 4,7).
El rechazo expreso de la vía apofática pura (6M 7)
Este capítulo obliga a rehacer lo que el corpus supone sobre el recogimiento. Su título anuncia «cuán gran yerro es no ejercitarse, por muy espirituales que sean, en traer presente la Humanidad de nuestro Señor y Salvador Jesucristo», y Teresa está discutiendo con maestros concretos que le han contradicho:
«Y aunque me han contradecido en ella y dicho que no lo entiendo… y que cuando ya han pasado de los principios es mejor tratar en cosas de la divinidad y huir de las corpóreas, a mí no me harán confesar que es buen camino… y mirad que oso decir que no creáis a quien os dijere otra cosa» (6M 7,5).
Y la sanción es la más dura que pronuncia en todo el libro:
«Al menos yo les aseguro que no entren a estas dos moradas postreras; porque si pierden la guía, que es el buen Jesús, no acertarán el camino» (6M 7,6).
Lo que ahí se rechaza —«apartarse de industria de todo nuestro bien y remedio que es la sacratísima Humanidad de nuestro Señor Jesucristo»— es exactamente el movimiento que una lectura apofática o perennialista del recogimiento privilegia: dejar lo particular e histórico para quedarse con lo puro y universal. Teresa lo conocía, lo nombró y lo declaró mal camino. No es una objeción académica externa al corpus: es la objeción de la fuente.
El matrimonio espiritual (7M 1–2)
En la séptima morada la imaginería teresiana llega más lejos que la sanjuanista. Teresa distingue el desposorio y la unión —donde «aunque unión es juntarse dos cosas en una, en fin, se pueden apartar»— de esto otro, y lo ilustra por contraste: la unión sería «como si dos velas de cera se juntasen tan en extremo, que toda la luz fuese una… mas después bien se puede apartar la una vela de la otra». El matrimonio no:
«Acá es como si cayendo agua del cielo en un río o fuente, adonde queda hecho todo agua, que no podrán ya dividir ni apartar cuál es el agua del río o lo que cayó del cielo; o como si un arroyico pequeño entra en la mar, no habrá remedio de apartarse» (7M 2,4).
Donde San Juan pone la vidriera que conserva «su naturaleza distinta» (2S 5,6), Teresa pone el agua indistinguible. La diferencia es real y no debe suavizarse: los dos carmelitas ponen la salvaguarda en sitios distintos —San Juan en la metafísica de la unión, Teresa en la mediación de Cristo— y por eso la lectura comparada de la divergencia con Eckhart tiene que citarlos por separado.
Para el corpus
El libro sostiene lo que la investigación esperaba —la unión descrita desde dentro, en términos que un lector de otras tradiciones reconocería— y aporta dos cosas que no constaban: un criterio de autenticidad ético (5M 3,8; 7M 4,6) que cualquier lectura iniciática del recogimiento tendría que asumir, y un rechazo explícito de la vía apofática pura (6M 7) que obliga a matizar la matriz del recogimiento tal como recogimiento la enuncia.
Cautelas y límites
Teresa escribe para monjas de sus conventos y avisa a cada paso de que no sabe teología; el texto es descriptivo y pastoral, y su lenguaje de la unión no pretende precisión metafísica — usarlo como metafísica comparada exige la mediación que el libro pendiente de místicos tendría que construir. La edición disponible trae además notas y variantes del autógrafo intercaladas en el cuerpo: al citar hay que distinguir la voz de Teresa de la glosa del editor, que en algunos pasajes (la definición técnica de «contentos» y «gustos», por ejemplo) es del aparato crítico y no de ella.