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Ficha

Estado

Ficha con transcripción íntegra, sin destilar todavía: existe para que el grafo pueda citarla cuando las notas de trabajo se apoyen en ella con peso.

Transcripción

¿Qué es la religión? No nos interesa la política, nos interesa la religión, la religión para el Kali Yuga. Y ese interés resulta ser la cuestión más política que a día de hoy puede plantearse. Efectivamente, esta es la consigna que utilizamos en un vídeo anterior, en el vídeo dedicado a la nueva milicia. Y en realidad, esta consigna es la que subyace a todo lo que hacemos: los libros que escribimos, los vídeos que grabamos, las conversaciones que colgamos en nuestro canal del Aullido del Lobo, incluso las visitas guiadas que hacemos en la ciudad de Toledo, en la ciudad de Madrid o donde fuera. No nos interesa la política, nos interesa la religión, la religión para el Kali Yuga. Y este interés resulta ser la cuestión más política que a día de hoy puede pergeñarse.

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Pues a través de este interés en la religión para los tiempos oscuros del Kali Yuga se produce un ejercicio de discernimiento, de comprensión profunda de los tiempos que corren, de saber darnos cuenta de cómo este universo de globalismo, posmodernidad, y en España además del cáncer del separatismo —globalismo, posmodernidad, separatismo—, todo ello responde a un proceso de subversión por el cual lo falso se plantea como verdadero, lo torcido se plantea como recto, y la esclavitud y la alienación se plantean como libertad. Es por eso que es perentorio elaborar una suerte de mapa o cartografía del Kali Yuga, un mapa o cartografía del Kali Yuga que nos ayude a manejarnos en las aguas procelosas de la edad oscura y a saber cómo surfear las olas que genera esta medianoche del mundo. A partir de aquí, a la hora de elaborar esta cartografía, que es el argumento de este vídeo, lo primero es señalar el punto de partida, el ángulo desde el cual nosotros abordamos la cuestión, que, como no podía ser de otra manera, es el ángulo de la tradición sapiencial, de la doctrina tradicional. Las coordenadas filosóficas y la cosmovisión —pues es mucho más que una filosofía, es una cosmovisión— de la doctrina tradicional, de la tradición sapiencial. Desde dicha tradición, desde dicho punto de partida y ángulo, confrontamos los tiempos que corren: globalismo, posmodernidad, separatismo; confrontamos el Kali Yuga, la edad oscura. Y tratamos de mapearla, de cartografiarla, para, efectivamente, saber navegar sus procelosas aguas y surfear sus olas, sacar provecho incluso a esta edad oscura.

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Bien, pues vamos a llevar a cabo ese ejercicio a partir de la doctrina tradicional, y aquí leeremos unos fragmentos de uno de los grandes testigos de la doctrina tradicional en nuestro tiempo, unos fragmentos de Julius Evola. Y respecto a estos fragmentos nos aplicamos la consigna del maestro de Evola, de René Guénon, la consigna que decía que la doctrina tradicional resuena e interesa a quien debe resonar e interesar, y que los demás poco o nada tienen aquí que decir ni que contar. Efectivamente, es así como también nos planteamos la divulgación y el estudio de la doctrina tradicional. En este sentido, cuando, tratando de criticar o contraargumentar algunas cosas de las que planteamos, se nos dice que nos movemos en la más antigua reacción, nos dijeron: «No, es que estáis en la más antigua reacción». Yo dije: «Joder, qué maravilla, me encanta». La más antigua reacción, efectivamente, ese es el ángulo y el punto de partida en el que trabajamos: el de la más antigua reacción, el del logos de Apolo, la luz del norte, las flechas de Apolo matando a la serpiente y la consigna del conócete a ti mismo. Eso está en las antípodas de la modernidad. Bien, pero vayamos a los textos que nos sirven de presentación de esta doctrina tradicional.

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Fijaos, primer fragmento que vamos a leer para ubicarnos en el ángulo, en el punto de partida de la cosmovisión tradicional, de la tradición sapiencial. Dice así: «Más allá del carácter plural de las civilizaciones, debe reconocerse, en realidad, un dualismo de civilizaciones. Se trata de la civilización moderna, por un lado, y del conjunto y resto de civilizaciones que la han precedido, por otro. Para el caso concreto de Occidente, desde finales de la Edad Media hasta la paz de Westfalia habría sido la civilización tradicional; a partir de ahí habríamos entrado en el mundo moderno, en la civilización moderna». Y ojo, aquí nos dice el fragmento: «Se trata de dos mundos, de los cuales uno se ha diferenciado hasta no tener ya casi ningún punto espiritual de contacto y conexión con el precedente, con lo que también las vías para una efectiva comprensión de este último, del mundo precedente, del mundo tradicional, han quedado mayormente vedadas para la mayor cantidad, para la mayoría, de los hombres modernos, de los hombres de nuestro tiempo». Fijaos, el mundo moderno habría perdido los puntos de contacto y conexión con el mundo tradicional hasta el punto de que la efectiva comprensión de este último habría quedado vedada para la gran mayoría de los modernos. Como hemos señalado anteriormente, la idea de Guénon de que la doctrina tradicional resuena e interesa a quien tiene que resonar, y a quien no, bien está que sea así. Pero sigamos leyendo los fragmentos.

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Dice así: «Por tanto, el hecho de que, respecto del momento actual, las civilizaciones de tipo tradicional se encuentren en el pasado es un dato, en realidad, meramente accidental. Mundo moderno y mundo tradicional pueden ser considerados en sí mismos, y siempre, como dos tipos universales, como dos categorías apriorísticas de civilización. Modernidad y tradición no son una sucesión cronológica en el despliegue de la historia, sino que son dos categorías absolutas, apriorísticas, que son antitéticas entre sí. A partir de acá, la idea del revolucionario conservador, de la revolución conservadora, no puede estar orientada a la defensa de realidades subsistentes, anteriores al proceso moderno y que se ven amenazadas por este, sino que, en realidad, la tradición revolucionaria debe apelar a principios absolutos y normativos, anteriores a cualquier concreción histórica de dichos principios. Y este es el único plano realmente concebible para un retorno efectivo del mundo tradicional, de la cosmovisión tradicional; es el único ángulo en que realmente hay una legitimación y carisma de voluntad tradicional y revolucionaria. Más: para el verdadero tradicionalista revolucionario, para una efectiva revolución conservadora, se trata así de mantener fidelidad no a formas e instituciones de tiempos pasados, sino a principios, principios que tienen una categoría absoluta; y para garantizar tal continuidad es preciso mantenerse firme en dichos principios y tener el valor de abandonar todo lo que puede ser abandonado, tener el valor de dejar atrás todo aquello que, siendo meramente histórico, fue vehículo de la tradición pero no el principio absoluto, la vertical de la tradición, que es la que debe ser reivindicada a toda costa, especialmente si tienes que hacer un proceso de confrontación contra la decadencia posmoderna, contra la decadencia del Kali Yuga. Cierto es que, en la búsqueda de puntos de referencia, una determinada forma histórica del pasado puede ser considerada ejemplo, ejemplo más o menos fiel de vehículo o encarnación de los principios de la tradición, y esto constituye un procedimiento legítimo; es decir, se puede reconocer en la apariencia de lo temporal el sello de lo eterno». Y ese es un sano trabajo que debe ser hecho a la hora de comprender el pasado, los ciclos tradicionales, y cómo nos pueden aportar palancas de fuerza, perlas de sabiduría, elixir de poder contra la decadencia del Kali Yuga, de la medianoche del mundo.

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El axioma, así, de la mentalidad de la tradición revolucionaria, de la revolución conservadora, de la más antigua reacción —como nos querían criticar—, el axioma de la más antigua reacción es que, para los valores supremos, para los principios básicos, no existe ni mutación ni devenir. En el dominio de los principios absolutos no existe la historia y sus procesos; solo existe la afirmación total de dichos principios, que funcionan como una suerte de moral absoluta. Fijaos, el axioma de esta revolución conservadora, de la más antigua reacción, es que, respecto de valores que por sí mismos tienen un valor absoluto, tienen una preeminencia absoluta y no están así sometidos a las mutaciones del devenir del proceso histórico. Esto no es cosa menor a la hora de asumir que las destrucciones, que el daño que ya ha hecho el Kali Yuga, es irreversible en según qué facetas del pasado, de enseñanzas del pasado. Es por eso que es también importante saber dejar atrás lo que puede ser dejado atrás, saber rescatar lo que nunca puede ser destruido. Y más adelante dice así: «Para quien observa el proceso histórico, la tradición debe ser entendida como una suerte de trascendencia inmanente, la idea de una fuerza de lo alto que actúa en una u otra área, en tal o cual ciclo histórico, de una u otra forma; valores espirituales que tienen carácter suprahistórico y supraindividual y que son eje y supremo punto de referencia para la organización y articulación de la persona, de la vida colectiva y de la sociedad, quedando subordinado lo meramente humano, lo meramente subjetivo, a dicho eje y a dicho supremo punto de referencia». Este eje y punto de referencia es lo que podría llamarse la unidad trascendente de las distintas tradiciones —esto es muy importante—. Ese punto de referencia y eje, esa normativa absoluta, es lo que podría llamarse la unidad trascendente de las distintas tradiciones; ese vórtice de la tradición, de la tradición con categoría eterna, absoluta, es la unidad trascendente de las distintas religiones, de las distintas tradiciones, adopten estas una forma religiosa, una forma sapiencial o una forma incluso mistérico-iniciática. En este sentido, lo que se conoce como método tradicional no es sino descubrir esa unidad de fondo, esa correspondencia esencial entre los distintos símbolos, formas, mitos, dogmas y disciplinas que puedan darse en las distintas tradiciones. Es decir, más allá de una tradición histórica concreta y dada que pueda haber quedado devastada por el proceso erosivo del tiempo y por el advenimiento del Kali Yuga de la modernidad, lo que hay que buscar es la vertical y el centro, ese eje y supremo punto de referencia anterior y superior a todo lo demás, siempre presente y siempre actualizable. Llegada la hora oscura, llegado el Kali Yuga, dicha vertical y centro son lo más esencial y fundamental que podemos considerar y trabajar, antes que su reflejo concreto en ninguna otra época del pasado, tradición o religión del pasado. Más allá de las tradiciones y religiones históricas concretas a lo largo de la historia humana, lo que más puede ser reivindicado, llegada la medianoche del mundo, es aquello que es anterior a todo lo humano y que el ser humano, sin embargo, conforme a esa consigna de una trascendencia inmanente, siempre puede actualizar y hacer presente: actualizar, como nos gusta decir, la raza del espíritu y la tradición absoluta para los tiempos oscuros del Kali Yuga, y conforme a la vía de la mano izquierda, esa que convierte la noche en oportunidad.

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Tras estas lecturas, con las cuales hemos querido dar el punto de partida y el ángulo desde el cual afrontamos esta idea de comprensión, de cartografía o mapeado del Kali Yuga, vamos ahora a señalar mínimamente algunos hitos o momentos especialmente significativos en lo que es el proceso a través del cual se despliega la civilización del nihilismo, hasta quedar perfectamente asentada y en marcha, como ocurre a día de hoy. Ahora estaríamos en un momento de especial hegemonía, asentamiento y marcha de esta civilización nihilista, de este Kali Yuga. Entonces, tres momentos. El primero de ellos tiene un carácter más procesual: desde la Baja Edad Media hasta la Ilustración francesa y británica. Desde el güelfismo bajomedieval, desde lo que supone la subversión güelfa, antiiniciática y antiimperial —ahí es donde entra la decadencia en la tradición cristiana, en la tradición católica, con esa visión unilateralmente devocional de la tradición—, bien, pues el güelfismo bajomedieval, como primera espita y prólogo del proceso de decadencia, que a partir de ahí entra en una suerte de concatenación causal que nos va a llevar al antropocentrismo renacentista, a la herejía luterana, a la herejía calvinista, y finalmente a los procesos disolutivos del conocimiento, de la ciencia sagrada, de la dimensión iniciática y del potencial —lo correcto es decir, el potencial iniciático del ser humano—, a través ya de la Ilustración moderna, del empirismo británico, del racionalismo cartesiano. Bien, pues ese sería el proceso primero que hay que tener en cuenta para entender el despliegue del nihilismo; en ese momento podría decirse que se ve venir, pero es ahora cuando realmente estamos cosechando sus frutos. Entonces, un primer momento en el despliegue del Kali Yuga: desde la Baja Edad Media y el güelfismo, al antropocentrismo renacentista, a la herejía protestante —Lutero, Calvino— y finalmente a la Ilustración.

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Un segundo momento, que en este caso no es procesual, es puntual: una segunda parada en la comprensión del proceso del Kali Yuga que, en este caso, no tiene carácter, valga la redundancia, procesual, sino que es un momento puntual, claro y evidente, que es la paz de Westfalia, la derrota del Imperio español, en 1640. Hasta ese momento, distintas fuerzas religiosas y políticas, pero especialmente el Imperio español, había sido katechon, había sido obstáculo providencial al despliegue de la decadencia, a la espita subversiva del nihilismo. Entonces, con la derrota del Imperio español en la paz de Westfalia, se podía decir que esas corrientes subversivas que hemos tenido en el güelfismo, en la reforma protestante, en el antropocentrismo renacentista, en lo que después será la Ilustración, van a tener vía libre de acción; lo único que les estaba frenando, que les estaba poniendo pie en pared, el Imperio español, es derrotado, y tras esta derrota la modernidad puede desplegarse sin trabas hasta el punto de, como vamos a ver, llegar hasta el día de hoy, en el momento de plenitud de esta medianoche del mundo. Entonces, si hemos hablado de una primera instancia procesual —Baja Edad Media, subversión güelfa, antropocentrismo renacentista, reforma protestante—, bien, luego hay una segunda instancia que ya es un momento puntual, concreto: la derrota de España en la paz de Westfalia. Esto lo hemos tratado mucho en nuestro libro «Hispanofilia, España frente a su destino», que tiene un capítulo entero dedicado a esta cuestión que se llama «El imperio español frente al nihilismo». El verdadero contrincante del Imperio español fue el nihilismo, que es el que subyacía a todas esas corrientes subversivas que venían gestándose en Europa desde el güelfismo bajomedieval, el antropocentrismo renacentista, lo hemos señalado hace un instante.

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Y finalmente, ya la segunda mitad del siglo XX y hasta el día de hoy. Tras la Segunda Guerra Mundial, tras la derrota de las potencias del Eje en la Segunda Guerra Mundial, se podía decir que hay una serie de energías de la subversión que van quedando concatenadas, entrelazadas entre sí, para, primero, paulatinamente, y después acelerarse de manera enloquecida, traernos hasta el día de hoy. La segunda mitad del siglo XX anuncia lo que está por venir, pero todavía parece que ese paso es medido, no es precipitado; pero en los últimos 10 o 15 años ha sido una cosa disparatada, hasta el punto de que posiblemente en lo que queda de década de los 20, y sobre todo entre los años 30 y los años 40 de este siglo XXI, yo creo que vamos a llegar a un paroxismo, a un paroxismo de ofuscación, alienación, disparate y decadencia. Bien, pues estas serían las tres instancias del proceso de despliegue de la medianoche del mundo. ¿Cómo hemos llegado a la medianoche? Bueno, pues en una primera instancia, desde el güelfismo bajomedieval hasta la Ilustración, pasando por el antropocentrismo renacentista y la reforma protestante; un momento puntual importante, la paz de Westfalia y la derrota del Imperio español; y, bueno, pues a partir de la segunda mitad del siglo XX, paulatinamente, el desarrollo, primero lento pero sin pausa, y finalmente acelerado y precipitado, que nos está llevando ya a la medianoche del mundo, al olvido, al olvido de cualquier dimensión realmente trascendente de la existencia.

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Y a ese golem —el mundo moderno, luego lo mencionaremos— se asemeja al Golem de Praga, del relato de Gustav Meyrink: el golem sobre el que hemos perdido el control, y el monstruo que habíamos creado para liberarnos, emanciparnos y protegernos, en realidad, nos está destruyendo. Planteado en escasos cinco o seis minutos, no más, muy sintéticamente, el viaje a la medianoche del mundo, el viaje al corazón de la noche que hemos hecho en los últimos siglos hasta llegar al día de hoy.

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Planteado esto, lo que hay que entender también acá es que esta época contemporánea de globalismo, posmodernidad, y en España además cáncer separatista, para sus súbditos, para sus adeptos, no es ni mucho menos alienación, decadencia o desviación: estamos llegando a la plenitud del humano. Es decir, los modernos, los que tienen una visión como progresista del proceso histórico reciente, están convencidos de que avanzamos hacia la emancipación y la libertad, aunque se den muestras evidentes de lo contrario. Y para ellos, cualquier crítica o comentario respecto de ese proceso es regresivo, es el fascismo que vuelve, ¿verdad? No les están dejando ser libres. Claro, es que el rasgo característico de este despliegue del nihilismo, de esta medianoche del mundo, es que se ha querido construir la libertad sin referencia a la verdad. En la doctrina tradicional, y aquí apelo a la consigna evangélica, la verdad nos hace libres, la verdad nos hace libres; bien, pues, enfrente, el mundo moderno lo que dice es que la libertad te hará verdadero. La libertad sin verdad conduciría, al final, a una suerte de verdad subjetiva que entroniza al individuo como rey, como rey del mundo y rey de sí mismo, cuando no es sino esclavo de su propio ego, de su propia pulsión, afectación, interés. Es decir, si se saca de la ecuación la verdad, la libertad por sí misma no genera orden, no genera ni mucho menos libertad, genera alienación. Se pretende vivir sin autoridad, jerarquía y orden. La verdad no te hace libre, la libertad te hace verdadero: libertad sin verdad conduce, tarde o temprano, a las situaciones disparatadas de alienación y ofuscación, de nihilismo, que a día de hoy sufrimos.

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Entonces, estamos viviendo esta época loca de globalismo y posmodernidad, y de idolatría nacionalista, con todo el disparate separatista en España. Todo esto tiene su origen en que el proceso moderno va sacando paulatinamente de la ecuación el principio de verdad, pretendiendo que el libre albedrío puede autodeterminarse sin principios de autoridad, jerarquía y orden, con resultado final en la neurosis moderna; neurosis que, sin embargo, es entendida por los modernos como liberación, como emancipación, como progreso. Por eso, cualquiera que se opone a ellos tiene que ser estigmatizado con el anatema correspondiente: reaccionario, fascista. Bueno, pues lo que tienes que entender es que no queremos volvernos locos ni tirarnos al abismo con el resto de vosotros. Ahora, hay que hacerse cargo de que no ha habido desviación: estamos llegando exactamente a donde cabía esperar que llegáramos, porque es fácil encontrarse personas que, adheridas al liberalismo o al socialismo, se espantan de lo que está ocurriendo y consideran que nos hemos desviado, que el liberalismo se ha desviado de su camino y que por eso hemos llegado a este nivel de decadencia, que el socialismo, que la izquierda se ha desviado de su camino y por eso hemos llegado a este nivel de decadencia. Bien, pues no es así, no ha habido desviación: estamos recogiendo el fruto que cabía esperar que se recogiese. Y esto lo ha sabido siempre la doctrina tradicional. La doctrina tradicional siempre supo, desde el principio, que los procesos de ruptura, de, entre comillas, emancipación de la verdad que pretendía la modernidad, no podían sino llevarte, no podían sino conducirte al nihilismo contemporáneo. En este sentido, que lo sepan liberales y socialistas que se espantan del avance de los tiempos: está pasando lo que cabía esperar que fuera a ocurrir. Ahora, en las antípodas de esto estuvo siempre la doctrina tradicional, y hay que ver las distintas reacciones o confrontaciones que trató de hacer con el despliegue de la medianoche del mundo. Lo vemos ahora, a partir de las ideas de Guénon, y en menor medida de Evola, y en menor medida del maestro Antonio Medrano.

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Veamos: esta decadencia, esta subversión moderna, esta antítesis de la doctrina tradicional, conforme va avanzando y se va desplegando, va teniendo reacciones, respuestas, intentos de frenarlo, de enderezarlo, de sacarnos del abismo hacia el cual nos quiere conducir el proceso moderno, la subversión nihilista. Entonces, siguiendo ideas de René Guénon, podemos señalar como cuatro, cuatro, cuatro vectores de respuesta o contestación. El primero de ellos sería el vector y la respuesta católica, la respuesta católica que además tuvo en el Imperio español especial encarnación. El catolicismo ha querido contestar al proceso moderno; sin embargo, hay que decir que el catolicismo ya quedó contaminado de güelfismo, de devoción unilateral, de sacar de la ecuación lo iniciático, de sacar de la ecuación, en realidad, las disciplinas propias de la tradición sapiencial vinculadas al autoconocimiento, y sin esa dimensión iniciática y, a su vez, sacroimperial, de imperio sacro, de imperium pontifex, estas ideas propias de la tradición en su sentido eminente sellaron su incapacidad de contestar. En el sentido de que, finalmente, bueno, pues es verdad, carlismo, jacobitas, cristeros en México, el catolicismo irlandés durante el siglo XIX… bueno, no vamos a entrar al detalle, pero se podría decir que hay una reacción o contestación desde la doctrina católica al despliegue del disparate y el absurdo moderno, pero no lo consiguió: el catolicismo, en cierta medida, habría sido derrotado. De hecho, su estado de postración actual, en parte, tiene que ver con no haber sabido anclarse a la dimensión gibelina, imperial, iniciática y profunda que portaba dentro de sí, y con haberse dejado corromper por el güelfismo bajomedieval. Esto es un tema apasionante que no desarrollaré acá, pero que señala cómo, dentro de la doctrina católica, hay que saber encontrar el principio superior de la vertical y no dejarse llevar por el principio puramente horizontal, devocional, que es el que al final le ha impedido, quizás, dar la respuesta a la modernidad y derrotarla. Entonces, el catolicismo, bueno, pues ya habría quedado rentabilizado, habría quedado atrás.

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Otra respuesta que podemos traer a colación sería la del romanticismo. El romanticismo, a partir del siglo XIX, que genera los nacionalismos y, a partir de ahí, los fascismos; es decir, cuando se pretende hacer de la dimensión antropológica y etnológica del ser humano, de lo que en Alemania llamaron el völkisch, el espíritu del pueblo, una respuesta al proceso moderno. Obviamente, no iba a funcionar: el nacionalismo, el völkisch, es otra forma de desviación, no es anclarse realmente en la tradición; pero es verdad que, cuando surgen los fascismos, muchos desde el ámbito de la tradición entienden que podrían haber sido una especie de canal, vehículo o vector desde el cual tratar de retradicionalizar Europa, salvarla de la decadencia moderna. Aquí, el ejemplo más representativo de lo que se trata de hacer es el propio Evola —por eso quedaron en parte estigmatizados su obra y su pensamiento—: él pretende corregir las desviaciones del fascismo, sacar de la ecuación todo lo que en el fascismo es puramente moderno, y rentabilizar y poner en primera instancia todo lo que el fascismo puede tener de vehículo de la tradición eterna. Bueno, no resultó: el fascismo es derrotado y, además, ni mucho menos termina de ser, al final, ese vehículo o encarnación de la tradición. Esto lo explica muy bien Julius Evola en «Más allá del fascismo» y «El fascismo visto desde la derecha». Y, a día de hoy, hay que entender que tanto la reacción católica del tradicionalismo católico —cristeros, carlistas, jacobitas— como la del fascismo muchas veces han quedado convertidas en una especie de fetiche, de idolatría del pasado, que ni mucho menos sirve del todo para discernir y comprender el punto al que hemos llegado. Entonces, dos respuestas que, además, históricamente es fácil rastrear y seguir: la del tradicionalismo católico, y luego la del romanticismo, que genera nacionalismo, que genera los fascismos, que genera la idea del völkisch, y, a partir de ahí, el maridaje que se llegó a dar entre tradicionalismo y fascismo para confrontar capitalismo y bolchevismo. No resultó, no hubo ese maridaje: recordad, en este sentido, la unión que se pretende hacer en España entre el requeté y la Falange, una reunión más forzada que otra cosa.

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Y, sobre todo, yo siempre pongo de ejemplo la Operación Valquiria, cuando Claus von Stauffenberg trata de matar a Hitler, el famoso atentado contra Hitler, la Operación Valquiria, donde encuentras que Claus von Stauffenberg, el protagonista de dicho atentado, es discípulo del poeta Stefan George, uno de los grandes representantes de la revolución conservadora alemana, que no tiene nada que ver con la revolución conservadora de Thatcher o Reagan, y que suponía una especie de intento de reanclar a Alemania en la tradición. En realidad, ese atentado es un atentado de la tradición contra el nacionalsocialismo; no se termina a veces de entender qué cosa fue el poeta Stefan George, su discípulo Claus von Stauffenberg, y el intento de este de matar al mismísimo Hitler en la Operación Valquiria. Pero, bueno, en la misma línea se puede plantear acá la figura de Jünger o la figura de Heidegger. Entonces, por no aburrirnos, tradicionalismo católico y fascismos podrían haber sido un primer intento de frenar el despliegue moderno; el primero de ellos, afecto de güelfismo, y esa sería su tara, su autosabotaje, su limitación; y, por supuesto, el fascismo, claro, pues básicamente es una ideología moderna, es un nacionalismo. Se pretende, con el nacionalismo, que es el fetiche del völkisch, el fetiche de la idolatría del espíritu del pueblo, confrontar el despliegue moderno; bueno, pues no va a funcionar, y tratar de utilizar el fascismo como herramienta de la tradición, pues parece que no funcionó. Entonces, estas dos vías, estos dos vectores, habrían quedado ya atrás, derrotados, y a día de hoy funcionan casi, entre comillas, como una tribu urbana.

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Luego, una tercera opción sería la del ocultismo, ¿verdad? Esto no deja de ser interesante: la Golden Dawn, las masonerías, las nuevas espiritualidades, las nuevas magias, Crowley… y, bueno, pues todo esto, en realidad, es contrainiciático. Esto lo explica muy bien René Guénon a la hora de hablar del error espírita o el error espiritista, y, por supuesto, Julius Evola en su libro «Máscara y rostro del nuevo espiritualismo». Bueno, pues en realidad aquí no hay verdadera vía de respuesta, sino que hay una falsa vía, hay una subversión, hay una contrainiciación.

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Y, finalmente, quizás la opción que mejor recogió Antonio Medrano es la de saber mirar en la tradición, en los ejemplos eméritos de la tradición, saber mirarnos ahí como en un espejo, para reencontrar la vertical de la tradición eterna, el centro de la tradición absoluta. Es decir, la idea que está ya también en René Guénon, en Julius Evola, en Frithjof Schuon, que es una idea axial en toda la doctrina tradicional: saber mirarnos en el espejo, por decirlo así, del Sanatana Dharma, y tratar de actualizar para los tiempos que corren esas perlas absolutas, incontestables, de la doctrina tradicional. La vertical y el centro. Volver a la vertical y al centro en el Kali Yuga, y, conforme a la vía de la mano izquierda, convertir la noche en oportunidad y que la bestia del fin del mundo responda a tus espuelas. Es aquí donde se habla, pues, de actualizar para los tiempos que corren las leyes de Manu, el código de Licurgo, Ulises abandonando a la ninfa Calipso y el pequeño paraíso terrenal que era su isla, para meterse en el mar, arriesgar su vida, pero porque quiere volver a su tierra y a los brazos de su amada, de Penélope. Fijaos: Ulises abandonando a Calipso, el código de Licurgo, las leyes de Manu, el ciclo del Grial, la corte del rey Arturo, las enseñanzas de Krishna al guerrero Arjuna en la batalla de Kurukshetra, la República de Platón y el mito de la caverna, el cantar de la Völva de los vikingos, y la pasión de Cristo. Es decir, la idea, muy propia de Antonio Medrano, de que para responder a la posmodernidad, a la decadencia de nuestro tiempo, ni el tradicionalismo católico, ni el maridaje posible o imposible de fascismos y tradicionalismos, ni mucho menos los ocultismos decimonónicos de la Golden Dawn, de las masonerías, de Papus, de Éliphas Lévi, nada de eso ya sirve. Hay que saber mirarse en el espejo de las perlas de la tradición a lo largo del tiempo: actualizar las leyes de Manu, el código de Licurgo, Ulises abandonando a la ninfa Calipso para volver a su tierra y a su amada, el ciclo del Grial y la corte del rey Arturo, las enseñanzas de Krishna a Arjuna en la batalla de Kurukshetra, la República de Platón y el mito de la caverna, el cantar de la Völva de la tradición vikinga, y la pasión de Cristo. Es decir, ni Adam Smith, ni Carlos Marx, ni Fichte —los tres pilares, yo creo, filosóficos de las tres ideologías modernas, liberalismo, socialismo, nacionalismo—. Ni el liberalismo, ni el socialismo, ni el nacionalismo, nada de eso nos va a servir; solo la tradición, en su sentido eminente, nos puede salvar de esta posmodernidad.

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Y estábamos diciendo que ni los liberalismos, ni los socialismos, ni los nacionalismos, ni Adam Smith y sus herederos, ni Carlos Marx y sus discípulos, ni Fichte, Schelling y los distintos próceres del romanticismo alemán y el nacionalismo, nada que tenga que ver con las ideologías modernas nos va a sacar del marasmo de oscuridad del mundo moderno, del globalismo y la posmodernidad contemporáneas. No nos hemos desviado del camino. ¿Hay que rectificar el liberalismo, implementar el socialismo, recuperar el nacionalismo? No. Solo la doctrina tradicional está realmente en las antípodas y es el antídoto a la decadencia y desviación de los tiempos que corren.

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Y fijaos que, al hacer referencia al planteamiento de Antonio Medrano, donde hay que mirarse en el espejo del Dharma, de la tradición eterna, y encontrar las perlas que, a través de distintas fuentes y tradiciones, nos reconducen a la vertical y al centro, a la tradición perenne, a aquello que no se pierde y que es siempre actualizable, hemos hablado de las leyes de Manu, del código de Licurgo, y hemos terminado diciendo la pasión de Cristo. Bien, no por casualidad: si ahondamos en los elementos fundamentales de la figura de Cristo, todo lo que surge, si lo llevas hasta el final, son auténticas palancas de contrapoder frente a la modernidad; es decir, en la tradición cristiana habría una profunda antimodernidad. Fijémonos en este sentido: uno, Cristo dice «Yo y el Padre somos uno», y por eso los fariseos le condenan a muerte. Cristo es crucificado, en primer lugar y ante todo, por haber dicho «Yo y el Padre somos uno», y los sumos sacerdotes, los fariseos del judaísmo en aquel momento, consideran que esto es blasfemia —el sumo sacerdote se desgarra las vestiduras— y le condenan a muerte. Cristo es crucificado por haber dicho «Yo y el Padre somos uno». Quedaos con esta idea, que si la continúas hasta el final te ubica en las antípodas de la modernidad. Y le crucifican y resucita: resucita en cuerpo glorioso, no atado a las contingencias de la materia, resucita en cuerpo espiritual, una idea que estará en el cristianismo y en todas las grandes tradiciones sapienciales. La muerte no es el final para quien es capaz de decir «Yo y el Padre somos uno». La idea que después encontramos en la tradición ortodoxa, ¿verdad?: Dios se ha hecho hombre para que el hombre se haga uno con Dios. Bien, este es un primer pilar fundamental que, si lo continúas y lo llevas hasta el final, te saca ya completamente del paradigma moderno.

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Pero hay más. «Yo y el Padre somos uno», «Dios se hace hombre para que el hombre se haga uno con Dios», le clavan en la cruz y resucita. Pero es que hay más: Cristo dice «Quien quiera salvar su vida, la perderá; quien no le importe perder su vida, la salvará». Cristo dice «Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja a que un rico entre en el reino de los cielos». Y después, a latigazos y sin contemplaciones, expulsa a los mercaderes del templo: «Habéis convertido la casa de mi Padre en una guarida de ladrones, en una casa de putas», expulsa a los mercaderes del templo a latigazos. Bien, todo esto son elementos radicales, axiales, de lo que sería el evangelio cristiano, la figura de Cristo: «Yo y el Padre somos uno», le crucifican y resucita, «quien quiera salvar su vida la perderá», «es más fácil que entre un camello en el ojo de una aguja a que un rico entre al reino de los cielos», expulsar a los mercaderes del templo, «habéis convertido la casa de mi Padre en una casa de putas». Bien, efectivamente, es que podemos encontrar elementos en las distintas tradiciones, y en la tradición cristiana, en la pasión de Cristo, que, si los hacemos nuestros y los llevamos hasta el final, nos ubican literalmente en las antípodas de nada que tenga que ver con la filosofía moderna, con los liberalismos, con los socialismos, con los nacionalismos.

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Es decir, luego lo vamos a comentar: cada ideología moderna apela a una verdad, pero la sobredimensiona hasta el punto de convertir eso en una falsedad. Esto es propio de la subversión: coges una verdad, la sobredimensionas y la conviertes en una espita de falsedad. Bien, pues el tradicionalismo católico, el romanticismo y sus epígonos en la ideología nacionalista, y la exponenciación de dicha ideología en los fascismos, los distintos ocultismos… todo ese ciclo ha terminado. No podía, por sí mismo, darle la vuelta a la tortilla y confrontar el despliegue moderno, el despliegue nihilista, y finalmente ha llegado, bueno, pues, la medianoche del mundo. Y en esta medianoche del mundo, ese mirar en el espejo de la tradición eterna, ese decir «actualicemos las leyes de Manu, actualicemos el código de Licurgo, reencontrémonos con el cantar de la Völva y con la pasión de Cristo, con “yo y el Padre somos uno”, “quien quiera salvar su vida la perderá”, con el ciclo del Grial y la corte del rey Arturo, con las enseñanzas de Krishna y Arjuna en la batalla de Kurukshetra». Y, a partir de aquí, esas ideas que hemos tratado en otros vídeos, de la nueva milicia, de la forja de la espada, del retorno del rey. Y esta es la tarea de nuestro tiempo: es decir, desde el ángulo del tradicionalismo, la tarea de nuestro tiempo es esa, forjar la espada, convocar al rey que vendrá, luchar con el dragón, como decía Antonio Medrano, cabalgar el tigre, como decía Julius Evola.

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Pero hay más, sigamos tirando del hilo de esta cartografía del Kali Yuga. Decía que continuamos con esta cartografía del Kali Yuga, y fijémonos que, desde el ángulo de la doctrina tradicional, el despliegue moderno habría sido regresivo, habría sido un proceso involutivo. En lugar de avanzar en emancipación, conocimiento y libertad, habríamos avanzado, en realidad, en alienación, ignorancia, esclavitud, y, al fin y al cabo, llegado el tiempo moderno, casi desespero. Fijémonos: el progreso moderno es un progreso decadente, como decía Luis Racionero, que podemos poner en relación con el simbolismo tradicional del brahmán, el satriya, el vaisia, el sudra y el paria, las categorías de la tradición sapiencial respecto del distinto tipo humano que podemos llegar a ser o encontrar. Entonces, el proceso moderno es un proceso de progreso decadente, de desarrollo económico, técnico y científico, y bancarrota espiritual, que podemos entender con ese simbolismo de regresión, entre comillas, de las castas, del brahmán al paria. El brahmán, como autoridad espiritual; el satriya, como autoridad política y militar; el vaisia, como gestor y organizador del mercado, la producción, el trabajo; el sudra, como pura fuerza de trabajo. Esto es todo un sistema orgánico, el que constituye el orden tradicional; un sistema orgánico que tiene jerarquía, pero es una jerarquía orgánica en la que todas las partes configuran un cuerpo, con la cabeza de la sabiduría y la tradición en el brahmán, con la fuerza del político y el militar, guardián y protector, y con las fuerzas de la economía, de lo necesario, de lo contingente, distribuidas en el vaisia y el sudra: en el logista que organiza el trabajo, y en el sudra que pone el músculo, la fuerza de trabajo.

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Bien, pues lo que ha pasado es que ha habido una regresión: la autoridad espiritual decae y se ve suplantada por una autoridad puramente política y militar; la autoridad política y militar decae y se ve sustituida por una política puramente de mercado, de economía, de producción; y, al mismo tiempo, la autoridad de mercado, de economía, de producción, se ve sustituida por una fuerza ya de puro trabajo. Es casi el viaje de las ideologías hasta llegar a las últimas ideologías modernas, al conflicto de liberalismo y socialismo: el liberalismo sería el vaisia, pretende una democracia liberal burguesa; el socialismo, bueno, pues la revolución marxista, la revolución proletaria. Pero, en realidad, esta pelea que tienen entre ellos es falsa, porque todo el orden tradicional, toda esta pirámide orgánica del brahmán, el satriya, el vaisia, el sudra —el druida, el guerrero, el campesino, el villano—, todo este orden tradicional al que hemos hecho referencia aquí a través de la terminología propia del hinduismo, pero que encontramos en la República de Platón, que encontramos en la llamada trifuncionalidad indoeuropea —las tres funciones del mundo indoeuropeo: autoridad espiritual, autoridad político-militar, autoridad económica—, que encontramos en el orden estamental del medievo, es como una especie de a priori de organización humana. En el mundo tradicional, todo esto existía para frenar lo que subyace al mundo: el caos, el samsara, la pura carencia, el puro devenir, sin ningún centro de gravedad que le dé eje, que le dé norte. Y esto viene simbolizado por el tipo humano del paria.

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Bien, hay que hacerse cargo de que, en realidad, el Kali Yuga no es la edad de los vaisias ni de los sudras, ni de liberales ni de socialistas, ni de burgueses ni de proletarios: estamos viviendo ya la era del paria. El paria está fuera del sistema de castas, porque en sí mismo simboliza lo que es pura carencia, pura pulsión, puro apetito, la ausencia total de centro. Si el brahmán, el sabio, el maestro, la autoridad espiritual y sapiencial, simboliza el centro, el paria simboliza la pura fuga, el puro devenir, la pura carencia, el samsara que no para de girar y no puede nunca dejar de buscar, de estar en estado de ansiedad, de necesidad de desahogo. Lo opuesto total al liberado, al realizado, al que dice «soy señor de mí mismo», sería el paria: «soy esclavo de mí mismo». Bien, pues hay que entender que, en la regresión de castas, la última no es el sudra —esto es un error, no es la fuerza de trabajo la última que tiene que llegar—, no, es la mera pulsión, y a día de hoy estamos ya en la era del paria. Se han ido rompiendo todas las autoridades del mundo tradicional —la autoridad espiritual, la autoridad político-militar, la autoridad económica, la autoridad del trabajo—, toda esa se va desplazando para que finalmente se imponga la mera pulsión. La era del paria, los tiempos en los que vivimos. El conflicto que sigue dándose entre liberales y socialistas, democracia liberal burguesa, socialismo filomarxista o socialdemocracia progresista, da igual, es un debate que no se está haciendo cargo del tipo humano que ya tenemos acá, es decir, de la antropología del hombre del Kali Yuga. El hombre del Kali Yuga no es un brahmán, no es un druida, no es un satriya, no es un guerrero, no es ni un vaisia ni un sudra, no es ni siquiera un empresario y un trabajador: es meramente un paria, alguien en un estado constante de carencia que nunca se acaba, que siempre necesita nuevo consumo, nuevo desahogo, nueva satisfacción.

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Entonces, claro, es el mundo de la gran alienación: este mundo de globalismo y posmodernidad es la edad del paria, es la era del último tipo humano. Decía Nietzsche: «Ha llegado el último hombre», ese que solo quiere ser feliz. En cierta medida estaba hablando de la era del paria, porque, en lo opuesto a ese último hombre que solo quiere ser feliz, está el tipo humano de la tradición: ya no le importa la felicidad, porque lo que le preocupa es la conquista de sí, la fuerza interior. Llega a ser quien estás llamado a ser, conócete a ti mismo, el logos de Apolo, la vertical del ser. El mundo moderno es la pura horizontal, sin cesar de girar y de moverse, del puro devenir. El tipo humano del puro devenir es el paria. El orden tradicional trata de tener sometida la pulsión del paria; el tipo humano paria no puede emerger y tener hegemonía antropológica. Bien, eso es lo que a día de hoy está pasando: hemos llegado a la era del paria, y en realidad las discusiones y peleas de tipo ideológico entre izquierdas y derechas se quedan cortas para hacerse cargo de la problemática de nuestro tiempo, que es la llegada de un tipo humano en estado completo de carencia. Es decir, siempre está en carencia, siempre está en anhelo, no descansa: es neurosis, insomnio, depresión, ansiedad, alienación. Y, aun así, lo celebra: dice «este es mi mundo, debemos seguir avanzando en esta dirección», aun a costa de su propia autodestrucción. Bien, pues este sería un simbolismo propio del mundo tradicional para entender el carácter regresivo de la modernidad: la modernidad habría sido regresiva, nos habría desarticulado. El mundo tradicional articula la personalidad y la sociedad con esa jerarquía, desde la autoridad espiritual hasta la mera pulsión, sometida; bien, pues el mundo moderno es al revés, hace una perversión y coloca arriba la pulsión, y la autoridad espiritual, fuera de la ecuación.

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Abundando en lo que hemos comentado antes del carácter regresivo de la modernidad, y a la hora de entenderla, de cartografiarla, de saber qué paisaje es el que nos rodea, por dónde nos movemos —igual que hemos hablado de ese carácter regresivo a partir del simbolismo de las castas, de la trifuncionalidad indoeuropea, autoridad espiritual, autoridad político-militar, autoridad económica, y finalmente la era del paria, los tiempos que corren, la era de la pulsión y la carencia—, bien, otro simbolismo que podemos traer a colación es el simbolismo teológico, en este caso extraído, obviamente, de la teología de tradición cristiana, del catolicismo, donde vamos a ver de nuevo el carácter regresivo de la modernidad. Vamos a usar el simbolismo de la subversión y la perversión que maneja la tradición cristiana, la teología cristiana, con la idea de lo luciferino, lo diabólico y lo satánico. Fijaos: se podía decir que el proceso de la subversión, del nihilismo, es un proceso que va de lo luciferino a lo diabólico, y de lo diabólico a lo satánico. Estamos usando estas imágenes por su valor simbólico. Bien, lo luciferino es aquello que ofrece la oscuridad como si fuera luz, lo que ofrece la falsedad como si fuera verdad, lo que ofrece la esclavitud como si fuera libertad, lo que ofrece las cadenas como si fueran liberación, lo que ofrece la ignorancia de sí, la ignorancia total de quién eres, como autoconocimiento. El luciferismo, en el sentido teológico, es ese darle la vuelta a las cosas para que lo falso parezca verdadero y lo verdadero parezca falso. Entonces, hay una etapa luciferina en el proceso moderno: se te ofrece como liberación lo que no va a ser sino alienación.

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Seguidamente, la etapa diabólica. Diábolo, etimológicamente, es lo que separa, lo que fragmenta, lo que desune; símbolo es lo que une, lo que reencuentra las partes separadas; diábolo es lo que separa aquello que debería estar encontrado y unido. Entonces, a la etapa luciferina le sigue la etapa diabólica, porque la confusión luciferina genera ya la separación diabólica: es la etapa de la confrontación, de la polarización, de la desorientación, del no saber, al final, ni quién soy, ni a dónde voy, ni lo que quiero, o del dudar de quién soy, a dónde voy o lo que quiero. Es decir, a la etapa luciferina, al engaño luciferino, le sobreviene después la confusión, desorientación, fragmentación, enfrentamiento y polarización diabólicos, el estado de neurosis. Y, finalmente, a la etapa diabólica le sobreviene la etapa satánica, que es la autodestrucción: finalmente, la autodestrucción, la destrucción de la persona, la destrucción de su entendimiento, la destrucción de su libertad. Al engaño luciferino —la oscuridad como luz, la falsedad como verdad, la esclavitud como libertad—, le sigue la etapa diabólica —desorientación, confusión, enfrentamiento, separación, polarización, neurosis—, y a esta etapa diabólica le sobreviene la etapa satánica, la autodestrucción: el sujeto ya pierde el ancla con cualquier principio de conocimiento y de sabiduría y de conquista de sí, y solo le queda autodestruirse. En paralelo, se podrían poner estas distintas etapas —luciferina, diabólica y satánica—, que son las etapas en las cuales se va desplegando la regresión moderna; el mundo moderno es un proceso regresivo que manejaría estas categorías luciferinas, diabólicas, satánicas. En paralelo, de un amigo psicólogo, mi amigo Alejandro, podríamos hablar de la adicción a las drogas: en el mundo, por ejemplo, de la heroína, donde hay una etapa luciferina en la que se te ofrece lo que va a ser esclavitud como nirvana, se te ofrece lo que va a ser alienación como liberación, lo que va a ser malestar profundo como bienestar. Es decir, en la adicción a los opiáceos, en la adicción a la heroína, hay una etapa luciferina de engaño, donde aquello que parece nirvana es, en realidad, alienación profunda. De hecho, es tan profunda esa alienación que a esa etapa luciferina le sobrevendría la etapa diabólica, la confusión y desorientación del adicto, donde el centro de su vida ya no es el nirvana, sino el elemento que debe consumir para obtener ese falso nirvana. A partir de ahí, la adicción ya produce una ruptura interior en el sujeto, una ruptura diabólica: lo que debe estar unido se fragmenta, y el sujeto ya pierde pie en lo que sería su propia conciencia de sí, el propio manejo de su situación. Y, finalmente, la etapa satánica, donde realmente la adicción se apodera del sujeto y lo termina de destruir. Se puede poner en paralelo porque estas imágenes de la teología sirven para comprender muchos procesos de alienación; la alienación se maneja mayormente a través de estas etapas de lo luciferino, lo diabólico y, finalmente, lo satánico. Traigo a colación este simbolismo porque creo que es interesante, ayuda a un ejercicio de discernimiento.

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Bien, la modernidad tiene ese elemento regresivo: regresión de castas, pasamos del druida al paria, del brahmán y la autoridad espiritual, de la sabiduría, a la carencia y la ignorancia; y, en el ámbito del simbolismo teológico, la etapa luciferina, la etapa diabólica y la etapa satánica. Bien, pues este sería, un poco, también, el proceso regresivo que ha caracterizado los últimos tiempos hasta llegar al día de hoy, con todo lo que es el disparate de la poshumanidad mutante que ha generado la época contemporánea, este Kali Yuga de nuestros pecados.

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Claro, frente a esta situación hay, obviamente, unos próceres o palmeros de la posmodernidad. Hay un tipo humano perfectamente feliz con los tiempos que corren, que se entrega encantado a la autodestrucción, y dice «avancemos, avancemos hacia la negrura; todo lo que nos frena nos impide avanzar en la emancipación, todo lo que nos frena es un regreso del fascismo, de la más antigua reacción; todo lo que no sea posmodernidad es regresivo, todo lo que no sea posmodernidad es regresión antidemocrática». Son muchos los políticos, autores, periodistas… bueno, el común, yo creo, de la opinión pública se mueve en este paradigma. Pero, claro, surgen personas que, desde la doctrina liberal, desde los socialismos, se espantan por lo que está pasando, lamentan lo que está ocurriendo; entonces se plantean si no será que nos hemos desorientado de la doctrina liberal, o no hemos implementado correctamente la doctrina socialista, y que este mundo de globalismo y posmodernidad se puede corregir enderezando las herramientas liberales e implementando las herramientas socialistas. Bien, lo hemos señalado antes, esto no es así: la libertad hegeliana, la libertad individual entronizada, la libertad sin apelar a la verdad —no «la verdad te hace libre» sino «la libertad te hace verdadero»—, todas estas ideas subyacen a las ideologías modernas, son como su placa base y nos traen hasta acá. Era inevitable que, de algún modo, las ideologías modernas nos trajeran hasta el momento en el que estamos ahora, entre el hormiguero rojo y el aquelarre de colores de Occidente. Si se llevan hasta el final las ideologías modernas —liberalismos, socialismos, nacionalismos—, tarde o temprano nos conducen a algún disparate contemporáneo, del hormiguero rojo al aquelarre de colorines de Occidente.

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Y aquí se incluye la propia ideología nacionalista, que hace una especie de fetiche e idolatría de la dimensión antropológica, etnológica, cultural, colectiva de lo humano, a través de ese völkisch del romanticismo alemán —que nosotros no negamos su existencia, pero que no entronizamos: no se puede hacer un fetiche, un ídolo, entre comillas, del «espíritu del pueblo», porque la consecuencia de esta siempre será ni galvanizar ni integrar, sino fragmentar, polarizar, atomizar, y luego, desde dichas atomizaciones y fragmentaciones, desbordarse sobre los demás con la intención de hacerlos suyos; es decir, el nacionalismo vive en un estado constante de fragmentación e invasión, es así como acaba cursando—. Entonces, la ideología nacionalista, efectivamente, también es falsa, como lo es el liberalismo y como lo es el socialismo. Cada una de estas ideologías parte de una verdad: el liberalismo parte de una verdad propia de la doctrina tradicional, que es el carácter radical de tu responsabilidad individual en la consecución de tu destino, en llegar a ser quien estás llamado a ser —ese «conócete a ti mismo» que nos ordena Apolo, que te interpela a nivel individual y te dice: esta es una tarea que solo es tuya y que no puedes delegar, tienes responsabilidad radical con ella—; bien, pues esa responsabilidad individual, propia del mundo de la tradición, sacada de quicio y desanclada de la doctrina tradicional, se puede convertir en el disparate neoliberal. El socialismo apela a otra realidad de la tradición, que es el carácter comunitario del ser humano, el carácter comunitario, de manada, del ser humano, de colectivo, de sociedad, que, de nuevo aquí, a través de la subversión ideológica de la modernidad —la lucha de clases, el sudra contra el vaisia, el vaisia contra el sudra—, acaba derivando en disparates propios, que hemos visto a lo largo del siglo XX con las distintas maneras en que la doctrina filomarxista ha llegado a implementarse. Y luego el nacionalismo, que de nuevo bebe de una realidad, la dimensión antropológica y etnológica del humano: el ser humano no existe sin mochila antropológica, sin mochila antropológica y etnológica, sin völkisch —vaya, no existe así, eso es falso, existe siempre con ese condicionamiento—; claro, pretender hacer de eso un fetiche, una especie de dios, porque el nacionalismo acaba haciendo una especie de idolatría enloquecida de esa dimensión. Entonces, claro, el resultado acaba siendo los disparates que también llegamos a ver con la ideología nacionalista. En España llega a ser lacerante el carácter completamente disparatado que adopta el nacionalismo separatista.

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Entonces, bueno, pues frente a los liberales que se espantan y horrorizan con lo que está pasando, frente al socialismo marxista que se espanta y horroriza con lo que está pasando, frente a personas vinculadas a paradigmas modernos que, sin embargo, no quieren seguir avanzando en la línea de la posmodernidad y el globalismo, hay que decirles que está pasando lo que cabía esperar que ocurriera. No nos hemos desviado. Ha pasado exactamente lo que cabía esperar que ocurriera. Desde el ángulo de la doctrina tradicional no ha habido desviación; desde el principio sabíamos que el antropocentrismo renacentista nos podía traer hasta acá. Frente a «la verdad nos hace libres», «la libertad te hará verdadero», al disparate de la autodeterminación de la subjetividad que está detrás de muchas de las locuras que a día de hoy vemos alrededor nuestro. Entonces, hagámonos cargo: quien realmente es antítesis y antídoto al disparate contemporáneo no son las herramientas modernas gestadas entre la Ilustración, la revolución americana, la revolución francesa —liberalismo, socialismo, nacionalismo—; han peleado entre ellas, unas son hegemónicas sobre otras, unas pretenden hegemonía socioeconómica, otras creen haber alcanzado hegemonía sociocultural. Déjense de historias. Ni vaisias, ni sudras, ni burgueses, ni proletarios: a día de hoy, sea cual sea el lugar que ocupes en el sistema de producción, estás imbuido de la era del paria, que es lo más contrario a cualquier forma de liberación, sabiduría y conocimiento. Así que hemos arribado a donde cabía esperar que llegáramos: a la era del paria, de la pulsión, de la carencia, del anhelo, de la neurosis. La sociedad descompuesta que nos asola y que, sin embargo, ahora lo vamos a ver, es, bueno, pues, vanguardia de progreso y emancipación para aquellos que, completamente imbuidos del paradigma posmoderno, funcionan como nuevos inquisidores y puritanos de ese globalismo y posmodernidad.

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Y, al grito de «facha, fascista, reaccionario», tratan de anatematizar a cualquiera que se oponga al avance de su buque, de sus barcos, hacia las costas negras del nihilismo. Y, claro, surge una nostalgia; es interesante el fenómeno de esa nostalgia que a veces es retronostalgia, de personas que no vivieron determinadas épocas y apelan a ellas como si fueran su hogar, su infancia, aunque nunca tuvieron ni hogar ni infancia realmente diferente del posmoderno. Entonces, claro, la juventud que se siente vulnerable, que se siente desbordada, que se siente afectada, que se quiere apear del mundo, que dice «yo me bajo del carro»; la juventud que no sabe lo que le pasa, que quiere bajarse del carro pero al mismo tiempo cree que debe emanciparse y seguir apostando por el disparate, y que entra así en toda esa desorientación que tanto afecta a jóvenes y no tan jóvenes respecto del proceso posmoderno y la globalización. Claro, estos inquisidores son los verdaderos próceres, son los verdaderos guardianes de la ley de los tiempos que corren, y lanzan esa anatema contra cualquiera que se oponga a ellos, normalmente al grito de fascista. Y, sin embargo, bueno, pues hay una juventud que se siente extrañada, desbordada, desubicada, y a veces confrontada con el disparate; es lo que cabía esperar. Por un lado, estarán los no tan jóvenes, que se criaron a lo mejor en los ochenta y los noventa, y ven que el mundo que se les prometió, al que llegarían llegada la edad adulta, no ha tenido lugar, y que hemos partido de unas costas que se dirigían a otras costas, y que a mitad de camino parecen haberse desviado hacia un océano negro que, para algunos, no es negro sino luminoso, un océano turbulento que, sin embargo, para otros parece de paz. Es ese golem que hemos mencionado anteriormente, del relato de Gustav Meyrink: creamos un monstruo para protegernos y liberarnos, y al final el monstruo nos destruye; y, mientras nos destruye, unos quieren defenderse de él y otros dicen «no, no, no, su destrucción es progreso», y en realidad este golem es nuestro nuevo dios.

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Todas estas son ideas que traigo a colación para tratar de poner sobre el tapete hasta qué punto la época actual es una época de confusión, de desorientación, un verdadero desastre espiritual. Claro, no podíamos esperar otra cosa de una civilización que, consciente de ello o no, está asentada en un paradigma nihilista. Claro, y todo esto ocurre, además, en este escenario de clima, pandemia, guerra, tecnología desbordada, debacle de la salud mental, inmigración, integrismo religioso… no vamos a hablar de ello ahora en este vídeo, pero fijémonos que al otro lado de la línea de Occidente tenemos a los obsesos de Dios, al fanatismo religioso, a ese salafismo que me recuerda a la imagen de las hordas de Gog y Magog del Apocalipsis. La verdad es que son tiempos realmente convulsos, en los que da la impresión de que solo hay progreso en el ámbito digital; solo hemos progresado en lo digital, porque en todo lo demás, en el resto de categorías humanas, parece que nos hemos precarizado, empobrecido, confundido y desorientado. Pero, vaya, el futuro era esto: no lo supimos ver, pero el futuro era esto, y en los últimos 15 o 20 años, gracias a las nuevas tecnologías, se ha acelerado. Se ha acelerado y nos deja a todos con una sensación un poco de perder pie; parece que perdemos pie y que realmente avanzamos hacia un lugar que no tenemos claro cuál es y que a muchos no nos gusta.

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Y son muchos los que dicen «ostras, esto va a colapsar», y otros dicen «no, colapsa, pero podemos reorientar; no, no va a ser colapso, tú eres el colapso porque lo quieres frenar»; y otros dicen «no, pero es por acá, a la izquierda; no, es por acá, a la derecha». Bien, la era del paria funciona de otra manera: el tablero se ha roto. En realidad, ese tablero de izquierda y derecha se ha roto, y el ciclo moderno llega a su punto de madurez. La era del paria, la era de la carencia, la era del estado espiritual de carencia y de pulsión, el estado de desorientación, confrontación y neurosis individual y colectiva: el mundo de la posmodernidad, el globalismo, y en España el cáncer del separatismo. Entonces, el futuro era esto. Tuvimos un ciclo pagano, tuvimos un ciclo cristiano, y ahora un ciclo moderno. El ciclo pagano y el ciclo cristiano van juntos, es todo un mismo ciclo tradicional; el ciclo moderno ya es otra cosa, y su plenitud, su medianoche, es el punto en el que estamos ahora. Su medianoche, para los próceres de esa inquisición posmoderna, es su gran mediodía.

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Bien, pues frente a eso, lo hemos dicho: los liberalismos, los socialismos, los nacionalismos, los comunismos, los anarquismos, los fascismos no van a servir. Ninguna ideología moderna puede dar marcha atrás al proceso de descomposición, de degeneración y decadencia en el que estamos, que avanza cada vez más hacia su lugar último, que entiendo que es una suerte de feliz esclavitud, esclavitud feliz de nuestra propia pulsión, de nuestra propia neurosis colectiva e individual. Las cosas no van a ir a mejor conforme se siga avanzando de acuerdo a los paradigmas que nos han traído hasta aquí; las cosas no van a ir a mejor, y de hecho no tienen marcha atrás. La putrefacción no tiene marcha atrás: el árbol putrefacto es mejor empujarlo y dejarlo caer, y con las semillas de la tradición sembrar el árbol blanco de Gondor. El árbol putrefacto es mejor empujarlo y dejarlo caer, y con esas semillas de la tradición absoluta sembrar el árbol blanco del retorno del rey.

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Vamos a ir terminando ya, que nos hemos alargado de más, y creemos, nos da la impresión, de que hemos divagado y quizás no nos hemos explicado como nos gustaría. La actualización de la raza del espíritu y la tradición absoluta contra el mundo moderno, contra el globalismo, contra la posmodernidad, contra el separatismo: la actualización de la raza del espíritu y la tradición absoluta, la nueva milicia, los lobos para matar al lobo del Ragnarök, la Tierra Baldía, la corte del rey Arturo, la búsqueda del Grial, la forja de la espada y el retorno del rey, el regreso de la primavera… son todo imágenes, ideas-fuerza, imágenes poéticas extraídas del lenguaje mítico y legendario de la doctrina tradicional. Hemos dicho antes, ¿verdad?, actualizar las leyes de Manu, actualizar el código de Licurgo, las enseñanzas de Krishna y Arjuna, el cantar de la Völva, Ulises abandonando a la ninfa Calipso, la República de Platón y el mito de la caverna, el ciclo del Grial y la pasión de Cristo. Y en la pasión de Cristo recordar: «Yo y el Padre somos uno», «habéis hecho de la casa de mi Padre una casa de putas». En realidad, lo que más se necesitaría es, conforme a ese regreso de la raza del espíritu y actualización de la tradición absoluta, entre comillas, unos nuevos bárbaros. Uso la imagen del bárbaro que destruye una civilización decadente, una civilización decadente y en descomposición, destruida por la pureza primordial de lo bárbaro. Bien, pues esta imagen simbólica, traída a colación para reivindicar que, en la actualización de esas leyes de Manu y de ese código de Licurgo, estarían los nuevos bárbaros que pueden darle la vuelta a la tortilla y, como hemos dicho antes, empujar el árbol putrefacto y sembrar las semillas del árbol blanco de Gondor.

01:06:10–01:08:09

Entonces, la idea de ciudadela y forja: primero, apartar y cultivar dentro de uno mismo aquello que es antitético al mundo moderno; desde dicha ciudadela y forja, siembra y cosecha, acelerar aquellos procesos disolutivos que bien está que terminen de avanzar hacia su consecución final, salvando y decantando aquello que es justo lo contrario. Y, mientras tanto, saber aguantar. Saber aguantar, porque no sabemos ni podemos decretar, con lo que a día de hoy tenemos, cuál será la forma concreta que adoptará el retorno de la tradición. Es decir, el ciclo moderno terminará —háganse cargo los modernos que puedan vernos—, el ciclo moderno terminará, el ciclo inspirado en las ideologías modernas se agotará y se cerrará, y, terminado el ciclo moderno, volverá un ciclo tradicional. Y cuanto más avance el paroxismo del globalismo y la posmodernidad, más cerca estará el fin del ciclo moderno; y cuanto más cerca esté el fin del ciclo moderno, más emergerá el regreso de la tradición, el regreso de la raza del espíritu. En este sentido, los que estamos por ese regreso de la raza del espíritu, los que estamos por hacer avanzar el ciclo tradicional hasta su paroxismo y así sembrar el regreso de lo que es su antítesis, el ciclo de la tradición, vaya, pues tenemos que ser duros, pero tenemos que ser duros con nosotros mismos.

01:08:09–01:09:35

El hombre de la tradición no pretende ser feliz, nos importa un bledo ser felices. Eso es una cosa del hombre moderno, ¿verdad?: el último hombre, que decía Nietzsche, solo quiere ser feliz. Bien, nosotros somos el primer hombre, al que no quiere ser feliz le importa un bledo; lo que quiere ser es sabio y fuerte. Quiere conquistarse a sí mismo, quiere apropiarse totalmente de lo que es, quiere aplicarse el logos de Apolo, la luz del norte, derrotar a la serpiente Pitón y conocerse a sí mismo, el logos de Apolo. Efectivamente, nos interesa la religión, no la política; nos interesa un nuevo hombre para un nuevo tiempo, o mejor dicho, nos interesa un nuevo hombre que da lugar a un nuevo tiempo. Y ese nuevo hombre que da lugar a un nuevo tiempo termina el ciclo moderno, regresa al ciclo tradicional; ese nuevo hombre que trae un nuevo tiempo acelera la disolución, y siembra y prepara el retorno del rey. Nos interesa la religión, no nos interesa la política.

01:09:35–01:10:30

Entonces, para terminar, simplemente: la doctrina tradicional, la tradición sapiencial, el logos de Apolo, la luz del norte, matar a la serpiente y conocerse a sí mismo. Enfrente, los tiempos que corren, globalismo y posmodernidad, es el logos de Hécate, de la hecatombe, de la oscuridad. Y aquí, los súbditos de Kali, los súbditos de esta diosa de la destrucción, que pretenden que toda la alienación y ofuscación que nos asola es emancipación, y que el problema es que todavía hay gente que lo frena. Fijaos que, para el progreso posmoderno, todo el que se opone a ese progreso es el verdadero problema; si nadie les lastrara, bueno, habríamos llegado ya a una especie de paraíso terrenal. Bien, frente a este disparate hay liberales, hay gente socialista, hay gente incluso nacionalista que dice: «Pero, bueno, ¿qué está pasando aquí? ¿Nos hemos vuelto locos?». No, no nos hemos vuelto locos, está pasando efectivamente lo que cabía esperar que ocurriera. No nos hemos desviado. Si en lugar de «la verdad nos hace libres» tenemos «la libertad nos hace verdaderos», pensad en esa libertad hegeliana, maldita sea, pues llegamos a donde hemos llegado. Bueno, pues frente a eso está la doctrina tradicional. Está la forja de la espada y el retorno del rey. Está el reencontrarnos con esa pasión de Cristo que dice «Yo y el Padre somos uno», «quien quiera salvar su vida la perderá», «es más fácil que entre un camello por el ojo de una aguja a que un rico entre en el reino de los cielos».

01:10:30–01:11:58

Y desde aquí el tradicionalismo católico podría decir: «Oye, pero tú estás aquí con cosas paganas, con cosas heréticas, con cosas esotéricas». Bien, no pasa nada, no voy a discutir contigo: lleva hasta el final los vectores más verticales y centrales del tradicionalismo católico, y al final del camino nos encontraremos en el mismo frente, en el mismo vórtice y frente al mismo enemigo. Y si alguien, desde una especie de neopaganismo que pretende actualizar la tradición pagana, me viene a decir lo mismo, le diría también yo lo mismo: oye, busca los elementos troncales, los elementos centrales de eso que persigues, y al final del camino nos encontraremos en el mismo vórtice, en la misma trinchera y frente al mismo enemigo. Incluso si hay liberales o socialistas desencantados con lo que pasa, bien, si son capaces de ir hasta el final de ese desencanto, saldrán del liberalismo y del socialismo y se acercarán a donde estamos nosotros. Incluso si hay neofascistas, fascistas, neonazis, bien, yo les digo: ahondad en esa idea y decantad aquello que es propiamente fascista de aquello que no lo es, aquello que simplemente tiene que ver con la ideología fascista, y de aquello que pudo ser anterior o superior y se vehiculizó a través del fascismo. Si eres capaz de hacer este ejercicio de discernimiento y separar el grano de la paja, saldrás del fascismo, que no es sino estar en el círculo de la modernidad, y al final del camino, y frente a la oscuridad del Kali Yuga, nos encontraremos todos los que, de una manera u otra, habremos encardinado en la raza del espíritu y la tradición eterna. Es decir, forjar la espada, el retorno del rey; recordad, en la Tierra Media, los montaraces que acompañan a Aragorn durante su vida vagabunda preparan el retorno del rey. Bien, pues, de algún modo, estamos en esa Tierra Baldía de las leyendas del Grial, en esos montaraces de la Tierra Media, en esa vida vagabunda que prepara, sin embargo, la forja de la espada y el retorno del rey. Los tiempos que corren son tiempos de montaraces en la Tierra Media, los tiempos que corren son tiempos de forjar y de preparar el ecosistema, por decirlo así, que trae «el rayo que lo gobierna todo», como decía Heráclito.

01:11:58–01:14:12

DUDAS RAZONABLES

  • 41:20 — «vaisia» / posibles «vaisa», «vaishya»: la casta de mercaderes y productores es el término más inestable de las tres fuentes en todo el vídeo. MacWhisper alterna entre «Baisa» y «vaisa» dentro del mismo pasaje; Deepgram oscila entre «satriya», «vaisa», «baisa» y «Weiser», con confianzas que van de 0,43 a 0,90; los subtítulos de YouTube tampoco son uniformes. Se ha optado por la grafía «vaisia», próxima a la transliteración habitual del sánscrito vaishya y a la pronunciación mayoritaria en las fuentes, pero la ortografía exacta que emplea el hablante no puede fijarse con seguridad.

  • 74:10 — «como decía Heráclito» / lectura no resuelta: en la frase final del vídeo, que corta de forma abrupta, Deepgram transcribe «que decía Araclita» (confianza 0,80), mientras que los subtítulos de YouTube y MacWhisper coinciden en «que decía la clica», una lectura sin sentido. Dado que la frase inmediatamente anterior parafrasea el fragmento de Heráclito sobre que «el rayo gobierna todo», se ha fijado el nombre como «Heráclito» por ser la lectura contextualmente más razonable, aunque ninguna de las tres fuentes lo transcribe de forma reconocible y el vídeo termina en ese mismo punto, sin posibilidad de contrastarlo con más audio.