Topology

El desacuerdo

el-neoceltismo recoge que El poder del mito distingue un esencialismo celtista legítimo —búsqueda de «raíces, pureza, sentido y fortaleza» frente a la modernidad árida— de tres derivas que el propio libro llama «un auténtico cáncer»: «la romántica e idealista, la nacionalista y política, y la seudoespiritual y nueva era» (pp. 80-81). El origen de esas derivas, en la misma cita: «una falta de estudio, lectura y comprensión del pasado propiamente histórico».

En «La forja de Gon: El legado de Miguel de Cervantes», el mismo autor hace con Numancia precisamente el segundo de esos usos —el nacionalista y político— que el libro condena por nombre. De los celtíberos numantinos, vía la lectura de Cervantes, dice: «la España celtíbera de Numancia, era, por decirlo así, la primera España, el Urvolk, Urheimat de los españoles, la patria originaria o pueblo originario de los españoles» (00:00:08–00:01:36). Ese Urvolk se arma de inmediato contra la política del presente, con nombres propios: «Prefiero pensar España desde las coordenadas de Cervantes y su cerco de Numancia y la profecía del Duero, que desde nada que tenga que decir de España Pablo Iglesias, joder. Pero no solo Pablo Iglesias y Gabriel Rufián.» (00:01:37–00:02:38). Minutos después repite la fórmula genealógica —«hay un Urvolk, un pueblo originario español, del cual descendemos»— y la opone de nuevo a un nombre contemporáneo: «no pensar España desde los ojos de Jordi Évole, joder, o de ese centroizquierda a centroderecha acomplejado de la patria española, sino desde Cervantes.» (00:07:01–00:08:09). Y cierra con la forma más explícita: «hagamos caso a Miguel de Cervantes, no a Gabriel Rufián. Hagamos caso a Miguel de Cervantes, no a Irene Montero.» (00:09:13–00:10:25).

En el corpus

No hay aquí una contradicción declarada ni consciente: la charla no cita ni discute la autocrítica de El poder del mito, y el libro no se refiere a esta charla ni a ningún uso posterior de Numancia. Es una tensión de facto entre la teoría metodológica del corpus —policiar el propio campo, exigir «estudio, lectura y comprensión del pasado propiamente histórico» antes de nacionalizar un pueblo prerromano— y la práctica retórica del canal, donde el mismo autor convierte a Numancia en Urvolk y la arma nombre por nombre contra Pablo Iglesias, Gabriel Rufián, Jordi Évole e Irene Montero. Que la deriva «nacionalista y política» descrita en el libro sea la que se ejecuta en la charla es un paralelo que establece esta nota; ni el libro ni la charla lo formulan así.

Conviene registrar también una asimetría de registro: una charla de YouTube no tiene el aparato, la edición ni la revisión de un libro, y pedirle el mismo estándar de «estudio histórico» que el propio autor exige al celtismo ajeno podría ser injusto con el formato. Esa es una cautela real, no una razón para no documentar el hecho: el uso político del símbolo numantino ocurre, con nombres propios de la actualidad, en el mismo canal donde en libro se sostiene la autocrítica.

Cautelas y límites

La crítica de El poder del mito apunta al celtismo contemporáneo como campo —el «esencialismo» ajeno que examina el bloque I—, no a la propia retórica del autor sobre Numancia; ningún pasaje citado del libro se autoseñala. El paralelo entre esa crítica y esta charla es un juicio de esta nota, no una afirmación del corpus.

El «Urvolk, Urheimat de los españoles» de la charla se apoya en la lectura que Cervantes hace de Numancia en su obra de teatro (1585), no en arqueología ni en historiografía de la Hispania prerromana: es una genealogía literaria presentada con vocabulario de genealogía étnica. El propio El poder del mito pedía exactamente lo contrario para librarse del «auténtico cáncer»: «estudio, lectura y comprensión del pasado propiamente histórico».

Por último, el formato importa: once minutos de intervención oral en un canal de YouTube no son un ensayo con aparato crítico, y exigirle el rigor de un capítulo académico sería una medida injusta. Documentar la tensión no equivale a pedirle a la charla lo que no pretende ser; equivale a constatar que, en la práctica del canal, se ejecuta sin citarla la deriva que la teoría del propio corpus había nombrado y condenado.