Topology
- Authored by: gonzalo-rodriguez-garcia
Ficha
- Autor: Gonzalo Rodríguez García
- Formato: vídeo, canal La Forja y la Espada (YouTube)
- Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=r9N3h8HztoM
- Duración: 15:35
- Transcripción: cotejada entre subtítulos de YouTube, MacWhisper (whisper large-v3) y Deepgram Nova-3 (diarizado); corregida a mano el 2026-08-10.
Estado
Ficha con transcripción íntegra, sin destilar todavía: existe para que el grafo pueda citarla cuando las notas de trabajo se apoyen en ella con peso.
Transcripción
Fijaos, al calor del último vídeo que se cargó aquí en la forja de Gonzalo, al calor de dicho vídeo, una suerte de coda, de comentario que sirve de complemento y desarrollo a lo que ya en ese vídeo se planteó. Entonces, fijaos, estas son cuestiones ya, de hecho, que son empíricas, que podemos experimentar todos. Fijaos, no basta, no sirve con ahorrar, no basta ya con lo difícil que es ahorrar, ahorrar, sino que, además, a día de hoy, hay que saber invertir en acciones, bitcoins, fondos. Hay que saber mover tu dinero. No basta con formarse, no basta con trabajar, esforzarse, y al mismo tiempo que trabajamos y esforzamos encontramos espacios de esparcimiento y disfrute. No, no basta con hacer esa vida, no. Ahora también hay que saber de finanzas. Incluso parecería que basta con saber de finanzas, que nada hay más importante que saber invertir y mover nuestros ahorros en acciones, bitcoins, fondos, lo que fuera, porque ahorrar por sí mismo no solo es muy difícil, sino que ya no sirve. La inflación te come los ahorros, el dinero que ahorres nunca te llega, o lo engordas invirtiendo o apenas te sirve para gran cosa. De hecho, la situación está en un punto donde alguien puede cumplir 30 o 35 años, llevar trabajando desde los veintipocos, haber estudiado, haberse formado, tener incluso un sueldo o unos ingresos decentes, pero no le da para comprarse una casa. A duras penas se puede pagar un alquiler en según qué ciudades, Madrid o Barcelona, y lo poco que ahorre, mejor que lo invierta, porque la inflación se lo come, o con ese dinero, aparte de algunas vacaciones por ahí que se pueda disfrutar, para poco más le sirve. Bien, obviamente, esto es un escenario disfuncional: nos hemos organizado mal, algo estamos haciendo mal si no basta con ahorrar, si ahorrar es casi imposible y si el ahorro no te da para nada, y te dicen, entonces, que aprendas a invertir en acciones, bitcoins, fondos, que está muy bien, bien está que todos sepamos qué hacer con el dinero que ahorramos, pero es que ya no es una opción, parece que estás obligado a saber también, decíamos, de finanzas.
Entonces, claro, mira, al calor de otros vídeos, y especialmente del último vídeo que se colgó aquí en la forja de Gonzalo, el mundo en el que vivimos, el de la llamada modernidad contemporánea, fruto del proceso histórico del XVIII al XIX y que parece que termina de asentarse en el siglo XX, y sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, ha llegado hasta aquí. Y este, este mundo que estamos viviendo ahora, este mundo donde ahorrar no sirve o apenas se puede ahorrar, bueno, este mundo no, como me gusta decir, es su parada final. No nos hemos desviado, no nos hemos equivocado, no hemos manejado erróneamente las categorías filosóficas y políticas del XVIII y del XIX. Lo hemos conseguido. Se impuso la modernidad contemporánea, se pasó página de las sociedades anteriores, y ahora sí hemos llegado al fin de la historia, cuya parada final resulta que es el absurdo nihilista de la modernidad contemporánea que padecemos. Lo que despectivamente llamo yo el pensamiento boomer, ¿verdad? El boomerizado, ese que debe ser destruido, su pensamiento. Esta es su parada final, donde parece que nos queda o ser un charo, convertirnos en un charo, ¿verdad?, o ser un liberal desarraigado, ciudadano del mundo, cosmopolita, que no tiene ningún problema con el globalismo, con la inmigración masiva, o con este problema de que el dinero hay que estar aprendiendo a invertirlo y a moverlo, que el ahorro por sí mismo no basta.
Bien, esta idea del ahorro, esta idea de la vivienda, en realidad no es más que la punta de un iceberg desde la cual, tirando a su raíz, al origen del problema, nos conduce a esa idea, para mí fundamental, ahora volveré sobre ella, de que la modernidad contemporánea, fruto del siglo de las luces, de las revoluciones del XIX, del proceso histórico desgarrador de las dos guerras mundiales del siglo XX y, finalmente, de los felices años 50 y 60, bien, maldita sea, ese mundo nos trae hasta aquí. El mundo que practica el culto religioso a la democracia, a los derechos humanos y al progreso nos trae hasta aquí. Y, como suelo decir, no nos hemos desviado del camino: este es el lugar al que había que llegar. El lugar en el que no basta con ahorrar, hay que saber invertir. Y puedes tener 35 años, haberlo hecho todo bien, haber trabajado, haber ahorrado, y verte incapaz de tener una vivienda propia que poder legar a tus hijos, si es que eres capaz de mantener hijos, que esa es otra. Vamos a ella.
Fijaos, ha sido, básicamente, en los últimos 60 años que se ha producido una paulatina incorporación masiva, no ya del hombre, también de la mujer, al mundo del trabajo. Una incorporación masiva del hombre y la mujer al mundo del trabajo en dinámicas de producción-consumo, en dinámicas de producción-consumo, porque la mujer siempre ha trabajado, y el hombre también; es ahora que se entra en una dinámica de producción-consumo, en esa economía de la modernidad contemporánea, que absorbe masivamente también la fuerza de trabajo de la mujer. ¿Y el resultado cuál ha sido? Bueno, pues no podemos evitar pensar si no será que hay una conexión, ¿verdad?, entre la incorporación masiva del hombre y la mujer al trabajo y la dinámica de producción-consumo de la economía contemporánea. No sé si habrá una línea de continuidad, parece que sí, entre eso y el derrumbe de la natalidad, el invierno demográfico, la situación regresiva desde el punto de vista demográfico que vivimos, 60 años después, como quien dice, ¿verdad? Desde mediados de los 60 del siglo XX hasta día de hoy hemos llegado a este punto: las sociedades del invierno demográfico y el derrumbe de la natalidad. Y, claro, esta idea de un invierno demográfico, de un derrumbe en la natalidad, pudiera ser que pensáramos del siguiente modo: que es cuestión de tiempo, es cuestión de tiempo, que si se genera una sociedad que absorbe masivamente a la mujer en un mercado laboral de producción-consumo, que la fuerza de trabajo queda siempre enmarcada en esas dinámicas de producción-consumo, maldita sea, pareciera que es cuestión de tiempo que lo que nos espera, tarde o temprano, en 50, 60, 70 años, es llegar a donde estamos ahora: al invierno demográfico, al derrumbe de la natalidad.
¿Es esto inevitable? ¿Es realmente inevitable que si nos organizamos de esta manera se genera invierno demográfico? Y si es inevitable, ¿qué pasa? Que entonces nos hemos organizado mal, ¿verdad? Porque, sea cual sea el estándar de prosperidad que hemos alcanzado, si el precio que se paga es una sociedad que invierna demográficamente, que se repliega en la natalidad hasta el punto de no tener nacimientos de reposición, maldita sea, eso ya está mal organizado. Una sociedad así no perdura, no persevera en el tiempo.
Y, claro, siempre habrá alguien que diga: «Bueno, no pasa nada, no pasa nada, ¿verdad? Invierno demográfico, derrumbe de los nacimientos, no pasa nada, porque tenemos la inmigración». Si masivamente se dejan de tener hijos, si la incorporación masiva de mujeres y hombres a la producción-consumo de la economía de la modernidad contemporánea nos vacía de personas, nos aboca a una sociedad de viejos, no pasa nada, tenemos la inmigración para compensar. Aunque, claro, estos inmigracionistas, estos defensores de una suerte de globalismo inmigracionista, afirman lo que tengan que afirmar, pero lo hacen sin tener en cuenta la dimensión antropológica y etnológica del ser humano. Y esta dimensión antropológica y etnológica del ser humano no es ideológica, no es de la izquierda, no es de la derecha, y no se puede discutir: el ser humano está hecho así, no existe sin ecuación antropológica y etnológica. Y la inmigración masiva, entonces, desfigura la ecuación antropológica y etnológica de las sociedades que la recibe. Vamos, que hacemos un pan con unas tortas. Por un lado, generamos derrumbe demográfico, invernamos demográficamente, y para compensarlo generamos una inmigración masiva que puede hacer saltar los quicios mismos de la convivencia en cuanto a la proximidad antropológica y etnológica, sin la cual es imposible la convivencia. ¡Coño!
Vamos, que, efectivamente, el mundo del XVIII, el XIX, el siglo de las luces, la Ilustración, la modernidad, nos ha traído hasta este punto, a este punto en el que se van juntando distintos elementos realmente absurdos, ¿no? El ahorro, la inversión, aprende a invertir, el invierno demográfico, la mujer incorporada al mercado laboral, 60 años después de esto estamos en invierno demográfico, la inmigración masiva para compensar, la inmigración masiva en la que parece que no podemos hacer cuenta del hecho real, empírico, de que el ser humano va con mochila antropológica y etnológica, y que esa mochila condiciona la convivencia, pues tiene que haber proximidad antropológica y etnológica para que realmente haya comunidad. Joder, es que estas cosas no son ni de izquierda ni de derecha. Es que es la realidad. Es que a la realidad le importa un bledo nuestras opiniones. Al orden natural, a la realidad, a la verdad del ser, como queramos llamarlo, al orden del ser y la verdad de las cosas, como me gusta a mí decir, le importa un bledo tu ideología, le importan un bledo tus sentimientos, tus opiniones, tu punto de vista, eso no cuenta. Lo que cuenta es que la realidad opera por sí misma y te acaba desbordando.
Tan nos parece que va desbordándonos que, joder, no se dice suficiente, yo lo subrayo siempre que puedo, se produce un aumento desaforado de la depresión, la ansiedad y el insomnio. La modernidad contemporánea genera una sociedad que está enferma del alma, o débil del alma, está debilitada en el alma. La depresión, la ansiedad y el insomnio, una auténtica plaga de nuestro tiempo.
Y, a todo esto, ese mundo de los dioses débiles que yo llamo democracia, derechos humanos, progreso, esa es la religión de la Ilustración, la religión de la modernidad contemporánea. Hemos llegado a los verdaderos dioses: todos los demás eran oscurantistas, pero el liberalismo, el socialismo, el nacionalismo, la democracia, los derechos humanos y el progreso, esos sí son los verdaderos dioses. Bien, pues ese mundo que parece que nos ha conducido a la depresión, la ansiedad y el insomnio, encima resulta que su democracia cada vez más funciona como demagogia, como demagogia en torno a ciudadanos que funcionan como clientelas políticas, de banderías que parecen más equipos de fútbol que partidos políticos, con los cuales nadie tendría que casarse. Y todos ellos tendrían que estar sometidos a un escrutinio radical, puramente racional, ecuánime, desapasionado.
Entonces, claro, maldita sea, yo no puedo evitar pensarlo de otra manera. La modernidad contemporánea, cuando yo digo destruir el pensamiento boomer, cuando yo digo pasar página del boomerato, abajo la charocracia, viva España, coño. Bien, pues todas esas afirmaciones, que se hacen también con ganas, un poco, de meter el dedo en el ojo, no son gratuitas. De verdad que la idea de que no basta con ahorrar, vas a tener que aprender de bitcoins y acciones, no vas a poder comprarte una casa aunque ahorres y trabajes y lo hayas hecho todo bien; la idea del invierno demográfico, la incorporación masiva de hombres y mujeres en una dinámica de trabajo, porque hombres y mujeres siempre han trabajado, pero no han trabajado siempre como se hace ahora, en lo que he llamado producción-consumo, el círculo de producción-consumo, pues nos lleva, parece que, tarde o temprano, es cuestión de tiempo, 50, 60, 70 años, a la regresión demográfica, natalicia.
Y, entonces, bueno, no pasa nada, que vengan los inmigrantes, sin hacer cuenta de que el ser humano no existe en abstracto, no existe en los seres humanos, existe en los seres humanos concretos, con esa mochila antropológica y etnológica que otras veces hemos señalado. Y si criticas esto, si pones el dedo en la llaga y dices: «Oye, que eso que tú llamas ser humano no existe, que la cosa es mucho más concreta, que se le puede poner nombre, que tiene forma antropológica y etnológica, que a veces es antitética a la sociedad que la recibe», si hablas así te llaman nativista. Nativista, no, eso son teorías nativistas. Coño, nativista, estamos hablando de los nativos de cada región. Bueno, ¿y qué problema hay en eso? ¿Cómo no vamos a tener como base de la sociedad a los nativos que están construyendo esa sociedad? Joder.
Entonces, sí, ciertamente, creo que estamos con estas cuestiones frente al debate filosófico, político, espiritual de nuestro tiempo. Pasar página de la Ilustración, el siglo XVIII, el siglo XIX, las ideologías de la modernidad. Salir de esa caja. Pasar página de la Ilustración, del liberalismo, del socialismo, del nacionalismo, del siglo XIX, del siglo XX, pasar página ya de la modernidad contemporánea. Y no es fácil hacerlo. Vamos a necesitar, efectivamente, de una suerte de… de trabajo filosófico, espiritual, político, que está ayuno todavía; se estaría preparando o sembrando ahora, y que ni siquiera sabemos a ciencia cierta cómo se puede articular, pero, de algún modo, hay que ponerse con ello. Creo que estamos llamados a esa acción. Estamos llamados a esa acción filosófica, política, espiritual, antropológica. Hay que convertirse en un ser humano distinto, diferente al que propone la modernidad contemporánea, y hay que ponerse con ello ya. Esa es la forja de la espada que corta el nudo gordiano de esta modernidad contemporánea.
DUDAS RAZONABLES
- 04:09 — «convertirnos en un charo» / posible «convertirnos en una charo»: al referirse a este término coloquial de internet, las fuentes vacilan entre masculino y femenino y entre singular y plural («o ser unas charos, convertirnos en una charo» en Deepgram; «o ser unas charos, convertirnos en un acharo» en YouTube/MacWhisper). No puede fijarse con seguridad el género y número exactos pronunciados por el hablante; se ha optado por la forma masculina singular «un charo», la lectura más natural y gramaticalmente coherente en el contexto de la frase.