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Ficha

Estado

Ficha con transcripción íntegra, sin destilar todavía: existe para que el grafo pueda citarla cuando las notas de trabajo se apoyen en ella con peso.

Transcripción

¿Qué es la religión? No nos interesa la política, nos interesa la religión. La religión para el Kali Yuga, para la edad oscura. Y ese interés es la actividad más política que hoy día puede pergeñarse. La nueva milicia, así se llama el segundo vídeo de la segunda etapa de este canal de la forja y la espada. El canal se abrió en la primavera del año 2020, durante el confinamiento por la pandemia de coronavirus. Después se apartó y ahora se ha retomado, con la intención de grabar un vídeo al mes. Este es el segundo y, no por casualidad, se graba justo durante la semana de la noche de Walpurgis.

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El vídeo se llama La nueva milicia, y efectivamente a la nueva milicia es a la que más le interesa la religión para el Kali Yuga. La nueva milicia se encardina, se construye y se forja alrededor de esta idea de que no nos interesa la política, nos interesa la religión, la religión para la medianoche del mundo. Y aquí, en esta religión para la medianoche del mundo, se afirma y se cultiva la idea de la existencia victoriosa y creativa en el mundo de lo que no es de este mundo. Se afirma y se cultiva la existencia victoriosa y creativa en el mundo, de lo que no es de este mundo, es decir, del espíritu, entendido este como un poder y una fuerza anterior y superior a cualquier instancia meramente material o simplemente humana. Estas son palabras del barón Julius Evola, del maestro Julius Evola: «afirmar y cultivar la existencia victoriosa y creativa en el mundo de lo que no es de este mundo, del espíritu, entendido este como un poder y una fuerza anterior y superior a cualquier instancia meramente material o simplemente humana». Efectivamente, la nueva milicia es la que va a hacer esta revolución del espíritu, que también podemos llamar revolución del Dharma. Fijaos, revolución etimológicamente significa volver al centro, al principio, al origen. La revolución del Dharma, la revolución del espíritu, es volver al centro, al principio, al origen, a la esencia. El árbol sin raíces muere, la rueda sin centro se desarma.

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En las redes sociales, con respeto pero con intención crítica, nos decían que la doctrina tradicional, que la tradición sapiencial, era una doctrina espiritualista, antimaterialista y gnóstica, y que en realidad detrás de ella se escondía la más antigua reacción, la más antigua reacción. Bien, no podemos estar más de acuerdo. Nos encanta que se nos diga que detrás de la doctrina tradicional está la más antigua reacción. Efectivamente, es así. Reacción contra el nihilismo, reacción contra la posmodernidad, contra el globalismo, contra el relativismo, contra todos los asuras, contra todos los demonios de la medianoche del mundo por la que transitamos, contra todos los fantasmas y demonios del Kali Yuga. Y aquí, fijaos, se dice, es una propuesta espiritualista, antimaterialista y gnóstica. Claro, es que no puede ser de otra manera. Cuando tienes conocimiento y experiencia del espíritu, cuando te abres a la experiencia y conocimiento del espíritu, no puede ser de otra manera. La doctrina tradicional es, efectivamente, la doctrina más antimoderna y antinihilista que se puede encontrar. Y en este sentido, para nosotros es un orgullo que con vocación crítica nos digan que detrás de nuestros argumentos está la más antigua reacción, porque efectivamente es así: estamos más cerca de las leyes de Manu y de la República de Platón que de cualquier otra cosa.

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Claro, también se nos decía con intención crítica en las redes que no nos interesa la política. Efectivamente, no nos interesa la política; la política es demasiado poco para lo que hay que hacer, para lo que hay que confrontar. Se nos decía que a nosotros lo que nos preocupa es la salvación de las almas. Bueno, es una manera muy teológica de hablar, y estoy de acuerdo: nos interesa la salvación de las almas, siempre y cuando pueda corregir la palabra y decir que lo que nos interesa es la victoria del espíritu sobre el alma. Lo que nos interesa es la conquista de nosotros mismos. La doctrina tradicional se basa en la conquista de uno mismo, en la libertad de quien es señor y gobernante de su soporte psicoemocional, de quien es auriga del carro de su persona y de su vida. La doctrina tradicional es una doctrina de poder, de poder y fuerza, de poder y fuerza sobre uno mismo, sobre nuestro cuerpo y, sobre todo, sobre nuestra mente. Es la doctrina de la autarca, del señor y gobernante de sí.

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Entonces, esta doctrina del poder y la fuerza se contrapone a la doctrina del esclavo, que es la doctrina de la modernidad, entendida aquí la esclavitud como el sometimiento y la alienación del sujeto a su propia mundanidad. Y enfrente a ese sujeto alienado a su propia mundanidad, el hombre de la raza del espíritu, el hombre de la tradición, conquistador victorioso de sí mismo. Y esta doctrina tradicional, efectivamente, y también se nos criticaba, se expresa con el lenguaje del símbolo y del mito. Efectivamente, se expresa con el lenguaje de la mirada poética, que mira al mundo y no solo ve materia, sino que ve la expresión simbólica y manifiesta de aquello que es anterior y superior a la materia. Ese mirar poético al mundo es la mirada más antigua, más profunda, que posee el ser humano, y es fundamental para el desarrollo de la doctrina tradicional, para la constitución del hombre, de la raza, del espíritu. Y esos son nuestros argumentos, esos son los planteamientos de la nueva milicia. Como he dicho al empezar, no nos interesa la política, nos interesa la religión, la religión para el Kali Yuga, la religión para la edad oscura, la religión de la nueva milicia. Y este interés en esta religión resulta que, sin embargo, será al final la actividad más política que pueda pergeñarse.

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A partir de aquí, fijémonos en que la tradición no es una pluralidad de filosofías, una pluralidad de doctrinas filosóficas en constante refutación dialéctica y progresiva hacia un horizonte de emancipación. La doctrina tradicional, la tradición sapiencial, no es una filosofía moderna, en el sentido cartesiano y en adelante, que ha sido la historia de la filosofía en Occidente. En realidad, lo que hay que plantearse es que en la doctrina tradicional la verdad no se inventa, la verdad se descubre, y tampoco es un mero objeto, no es simplemente fruto de un conocimiento dialéctico o dual. La verdad es nuestra esencia, se despierta a ella; es fruto de una intelección pura, y por eso es más fruto de una sadhana, de una ascesis, para entendernos, de una disciplina de autoconocimiento, que de una mera indagación en la realidad. De hecho, la indagación que es objeto de la sadhana, objeto de la ascesis, es la propia alma humana. A partir de aquí, claro, la tradición tiene más que ver con un recuerdo, con un redescubrimiento, con un reencontrarnos o despertar a la verdad. Más allá de la verdad, es fruto de un conocimiento dialéctico y dual. Es una verdad que se descubre y que llevas dentro, y solo se desvela por la disciplina del autoconocimiento y el autogobierno; solo se desvela cuando te conquistas a ti, más allá del ego, más allá de la identificación con nuestro soporte psicoemocional.

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En este sentido, lo he dicho hace un instante, lo vuelvo a subrayar: la historia de Occidente, la historia de la filosofía en Occidente, de Descartes en adelante, es casi la historia del olvido de la esencia, es la historia de la ofuscación, de la alienación del intelecto en su sentido superior. En realidad, la historia de la filosofía, como poco de Descartes en adelante, es la historia del olvido del espíritu y la tradición, del olvido de las vías de la raza del espíritu. Digo raza del espíritu porque estamos haciendo referencia a un sujeto, a un tipo humano, al que no le basta con ser feliz, al que no le basta con lo necesario. Estamos hablando de aquel que quiere la verdad, la verdad que te hace libre, y no la libertad que simplemente te hace verdadero, como plantea de manera perversa y subversiva la posmodernidad. La libertad que te hace verdadero es mero culto a la subjetividad, y a partir de ahí, mayor alienación, mayor esclavitud a tu propia mundanidad. La verdad que te hace libre es la vía de la tradición, es la vía de la raza del espíritu.

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A partir de aquí, claro, es que la tradición sapiencial lo que está planteando es una cuestión no menor, y es que al ser humano no se le refina mejorando sus circunstancias económicas y materiales, no se le refina mejorando la circunstancia biológica, genética o natural. Los hombres y mujeres de este mundo no somos animales de pedigrí, a los que una buena alimentación y unas cruzas correctas de macho y hembra permiten obtener un ejemplar perfecto de ser humano, como sí se puede obtener, a lo mejor, un ejemplar perfecto de pastor alemán mediante una buena alimentación y unas buenas cruzas. Bien, el hombre no es así: la circunstancia material, la circunstancia natural, la circunstancia biológica no es lo que le va a refinar. El hombre no empieza ni termina en su circunstancia económica, en su circunstancia biológica, en su circunstancia genética, en su circunstancia material y natural. Todo eso hace parte de la ecuación, y bien está que sea la circunstancia material, económica y natural la mejor posible, bien está, pero no es condición sine qua non. En el hombre, esa dimensión de la realidad es secundaria respecto de la consecución de su más alta posibilidad, de su conversión en hombre y mujer de la raza del espíritu, porque lo decisivo en el hombre, lo decisivo en el ser humano, es la acción sobre uno mismo, es la acción propia sobre ti mismo, acción desde la cual después se actúa en el mundo y se procesa y metaboliza todo lo que nos pueda pasar. Ese accionar sobre nosotros mismos es lo decisivo, eso es lo único que refina al sujeto. No son las peores o mejores circunstancias económicas, materiales, biológicas, genéticas, naturales; no es eso lo que nos refina ni nos mejora. Todo eso es solo la arcilla, son los materiales de trabajo. Lo importante es la acción que ejercemos, a partir de esos materiales, sobre nosotros mismos. Lo importante no es el lienzo, los pinceles y los óleos; el mejor lienzo, los mejores pinceles, los mejores óleos no son suficientes: lo que cuenta es lo que vas a hacer con ello.

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Por eso, en la raza del espíritu, el ser humano se caracteriza por ese accionar sobre sí mismo. Es lo que nosotros, tomando el término de la tradición grecolatina, llamamos la areté, la conquista de uno mismo más allá de toda circunstancia natural, material, económica, biológica o genética. La conquista de uno mismo es fruto de la areté, verdadero motor de toda ascesis, de toda disciplina, de toda sadhana, de todo autoconocimiento, realización y despertar. Esta acción propia, formativa, forjadora de uno mismo, esta acción propia del areté, es la que genera a los aristoi, a los mejores, a los autarcas, a los señores de sí, a los hombres y mujeres de la raza del espíritu, a los hombres y mujeres de la arianidad, entendida la arianidad en su sentido originario, superior y espiritual. Simbólicamente, la rueda solar: el centro inmóvil y la manifestación en torno suyo. Nosotros tenemos que saber ser el centro inmóvil y el movimiento armonioso alrededor de ese centro inmóvil. Lo diremos una vez más: lo decisivo en el hombre es la acción propia sobre uno mismo, más allá de todo lo que es apego, afectación, temor, herencia, pasión, compulsión. La vara de medir en la doctrina tradicional, la vara que mide a un hombre, es cuánto ese hombre es capaz de ser señor de sí. Los principios de autoridad, jerarquía y orden… los principios, la medida según la cual sabemos si estamos en presencia de un hombre o de un medio hombre, tienen que ver con cuánto es capaz dicho sujeto de ser señor de sí. Pero a partir de aquí, obviamente, la política es demasiado poco, ¿verdad? La política tal como la entiende la modernidad es demasiado poco.

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La raza del espíritu es, entonces, la que señala al tipo humano que se ha adueñado, la raza del espíritu es la que señala al tipo humano que se ha adueñado totalmente de su cuerpo y de su mente. Ha convertido su cuerpo y su mente en la expresión viviente de su esencia. Es al reino del espíritu victorioso sobre la naturaleza, sobre la economía, sobre la materia. A partir de aquí se puede hablar de civilizaciones del espíritu y la areté, civilizaciones del ser, civilizaciones de lo importante, y civilizaciones del ego, de lo necesario, del nihilismo y la decadencia: la civilización contemporánea. Esta forja del tipo humano del areté, esta forja del tipo humano de la raza del espíritu, es la piedra de toque de toda la doctrina política de la tradición sapiencial. La tradición eterna se basa en decantar y refinar, no por la economía, no por la biología, no por la materia, sino desde el espíritu, decantar y refinar a esos hombres que son hombres en la medida en que son señores de sí mismos. Todo esto ha sido sacado de la ecuación por el mundo moderno. El mundo moderno confunde lo necesario con lo importante, y no es capaz, entonces, de distinguir la esfera de aquello contingente y necesario que hace parte fundamental de nuestra vida, de aquello en lo que nos jugamos el ser o no ser. La doctrina tradicional se basa en aquello en lo que nos jugamos el ser o no ser, como he dicho antes, en la forja del tipo humano del areté, en la forja del tipo humano de la raza del espíritu.

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Pero la caída fue ya hace mucho tiempo. No se llega al nihilismo posmoderno sin pasos previos, como una concepción puramente confesional, devocional, meramente, entre comillas, «religiosa», de las vías de la raza del espíritu. Entonces, el proceso de decadencia es largo, pero ya se consuma en los tiempos que corren, en la medianoche del mundo: la civilización del progreso decadente, del máximo desarrollo económico-técnico que jamás pudo haber, acompañado de la mayor bancarrota espiritual que jamás pudo haber; los hombres y mujeres más debilitados, ofuscados, necios, alienados, ansiosos, depresivos e insomnes de la historia de la humanidad.

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Pero la doctrina tradicional no es una filosofía ni una ideología, no es un pensamiento sobre las cosas: es la verdad del hombre y de las cosas. Y en la tradición eterna no hay abismo ontológico entre el principio y la manifestación, entre el creador y la criatura, entre Dios y el hombre, entre el espíritu y el alma humana. No hay abismo ontológico; hay una distancia que puede salvarse, pues el espíritu estaría en estado de potencia, inserto, aletargado, en estado de semilla latente en el corazón del hombre. Por eso el ser humano, para la tradición sapiencial, no está capado, no está emasculado espiritualmente. No somos solo fruto del mundo y nuestro destino se resuelve en el mundo, sino que el mundo es solo palanca y soporte para despertar algo que es anterior y superior al mundo: esa idea que hemos dicho al empezar de la presencia creativa y victoriosa en el mundo del espíritu. Bien, pues hacer manifiesta esa presencia en nosotros mismos es el argumento de la vida, el argumento de la vida para la doctrina tradicional, el argumento de la vida para la raza del espíritu.

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A partir de aquí, podríamos decir que el mundo moderno se basa, en cierta medida, en dominar las cosas de la realidad. La modernidad se basa en dominar las cosas del mundo, y la doctrina tradicional se basa en dominar las cosas del alma y, a partir de ahí, relacionarse con el mundo. En todo caso, estas cuestiones, a día de hoy, mayormente se desarrollan en un ámbito de profunda decadencia, es decir, son cuestiones que son tratadas desde una perspectiva profundamente espuria, como si fueran temas que solo pueden interesar a señoras teósofas, a hippies orientalistas fumadores de marihuana, a tipos sesudos en logias ocultistas. Vaya decadencia. Y claro, frente a estas señoras teósofas y estos hippies orientalistas fumadores de marihuana, enfrente tenemos a los hombres y mujeres de las cosas serias, ¿verdad? Esos hombres y mujeres que no se andan con tonterías, que solo hablan de cosas serias, de política, de economía, de ingeniería financiera, de cómo funciona el motor de un coche, de cómo funcionan nuestros cachivaches tecnológicos. Hay personas que en realidad están convencidas de que esa es la única materia seria a la que pueden dedicarse. Bien, pues los don importantes de las cosas serias —economía, política— y los decadentes de la teosofía y el orientalismo hippie: bien, unos y otros nos importan un bledo. Unos y otros son manifestaciones fosforescentes de un cadáver, el cadáver de la civilización occidental, que está en estado de putrefacción espiritual: desarrollo económico-técnico y bancarrota espiritual.

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Bien, pues más allá de unos y otros está la nueva milicia, los hombres y mujeres que están forjando ya la espada que cortará el nudo gordiano del nihilismo, la nueva milicia, los hombres y mujeres de la raza del espíritu. Esta nueva milicia es la mayor amenaza que se cierne sobre la decadencia posmoderna. Para este mundo del progresismo posmoderno no hay mayor amenaza que la nueva milicia. La nueva milicia de los hombres y mujeres de la raza del espíritu, esa es la amenaza verdadera que se cierne sobre el mundo moderno. Por eso la nueva milicia es nuestra más alta esperanza.

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DUDAS RAZONABLES

  • 21:22 — «no hay mayor amenaza que la nueva milicia» / posible «no hay mayor amenaza, háganse cargo, no hay mayor amenaza que la nueva milicia»: Deepgram intercala la expresión «háganse cargo» entre dos repeticiones de «no hay mayor amenaza», mientras que YouTube y MacWhisper no recogen esa expresión en ningún punto del pasaje. No puede determinarse con seguridad si el hablante pronunció ese inciso o si es un artefacto de la diarización de Deepgram; se ha optado por la lectura más simple, respaldada por dos de las tres fuentes.