Topology
- Authored by: gonzalo-rodriguez-garcia
Ficha
- Autor: Gonzalo Rodríguez García
- Formato: vídeo, canal La Forja y la Espada (YouTube)
- Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=X-q4rq1mpB0
- Duración: 1:00:03
- Transcripción: cotejada entre subtítulos de YouTube, MacWhisper (whisper large-v3) y Deepgram Nova-3 (diarizado); corregida a mano el 2026-08-10.
Estado
Ficha con transcripción íntegra, sin destilar todavía: existe para que el grafo pueda citarla cuando las notas de trabajo se apoyen en ella con peso.
Transcripción
¡Veca a ti, nos tri, sáquen! ¡Sanque, potisaje! ¡Sanque! ¡Sanque!
Bueno, pues buenas a todos. Hemos vuelto a la capital espiritual de España, de nuevo, para reunirnos con nuestro maestro de la tradición, Gonzalo, si se ríe. De nuevo, para traer un tema que nos parece muy interesante, sobre el que hemos dado ya pinceladas en la anterior charla, y que él está desarrollando a través de sus libros y sus distintas conferencias: un tema que creemos que es encarecidamente necesario traer de nuevo al debate, para hacer quizá esa guerra contracultural que nos están haciendo a nosotros —pues tendremos que presentar batalla, quizá, y recordar quiénes fuimos—. Cuando echamos la vista atrás en el tiempo y miramos nuestra historia, vemos todos nuestros grandes hitos, ya no solamente los fundacionales, como el configurarnos como nación, como España, como lo que somos, nuestra patria: en todas esas grandes batallas que acontecieron sí que vemos un hilo conductor, y es esa —no fe absoluta, pero sí fe operativa— en la que la gente se echa al mar para evangelizar un nuevo mundo, en la que la gente se planta en el norte de Europa para combatir al protestante, en la que de nuevo nos echamos a la mar para combatir al turco. Y siempre se ha dicho, sí, habría quien, bueno, quizás como decía Arturo Pérez-Reverte, con esa forma tan materialista de verlo… pero quizá muchos estuvieran movidos por la fe y por esa guerra. Quizás te has atrevido a reflexionar hoy en día sobre la fe que movió a esa gente, y creo que nos puedes alumbrar mucha luz sobre ello.
Bueno, pues, efectivamente, creo que quien trate de entender el proceso de la Edad Media en España, lo que conocemos como reconquista —que quizás lo correcto sería llamar restauración de la cristiandad hispánica—, tiene que partir de una idea: se funda la cristiandad hispánica con el reino visigodo de Toledo, se pierde con la invasión musulmana, y el proceso medieval español es el de la restauración de esa cristiandad hispánica. Entonces, no se puede entender lo que llamamos coloquialmente reconquista —lo he llamado ahora restauración de la cristiandad hispánica— y, sobre todo, no se puede entender lo que llamamos el imperio español, que sería la cristiandad hispánica universal, si se saca de la ecuación el elemento cristiano. Es decir, los hombres que luchan con el rey Ramiro en la batalla de Simancas contra los moros son, ante todo, cristianos contra los moros. Los hombres que luchan en las Navas de Tolosa contra los moros son, ante todo, cristianos contra los moros. Entonces, hay que asumir que toda esa épica y toda esa hazaña de la reconquista deriva de la dimensión religiosa en la que se mueven los distintos reinos y pueblos de España en el medievo. Y esa misma dimensión religiosa es la que está presente, con carácter misional y cruzado, en el imperio. El imperio español no se puede explicar en términos puramente materialistas.
Y con esto quiero decir que, cuando Pérez-Reverte retrata al capitán Alatriste como una suerte de guerrero de la legión extranjera, un hombre descreído que solo cree en su orgullo, en su dignidad, en su honor y en su espada, está haciendo un retrato que no responde a la realidad. Cuando vas a las fuentes, cuando estudias a los personajes históricos que vivieron las hazañas de América con Hernán Cortés, o que participaron en la lucha de los tercios, o cuando conoces las vidas de los grandes autores del Siglo de Oro, que todos fueron soldados —Calderón, Lope, Cervantes—, todos ellos están imbuidos de una profunda religiosidad, una religiosidad que hay que llamar cristiana y española. El cristianismo es un fenómeno muy amplio, es universal, puede tener distintas variantes o grados, pero hay una forma concreta de expresarse la cristiandad hispánica; y esa cristiandad hispánica, en su concreción, es lo que está alentando ese Siglo de Oro, ese imperio, esa reconquista. Una cristiandad hispánica que yo creo que tiene su plenitud en lo que podríamos llamar la cultura del Barroco, la cultura del Barroco español, muy vinculada a la Contrarreforma y al Concilio de Trento, y que supone asumir —fijaos— que España tiene que seguir peleando contra los moros: se les ha echado de España, se ha restituido la cristiandad hispánica, pero siguen al otro lado del Mediterráneo los piratas berberiscos, sigue al otro lado del Mediterráneo, a oriente, el imperio turco, que amenaza Europa en Viena, donde acude España en rescate de Viena. Entonces, España sigue en cruzada contra el infiel, contra la falsa religión mahometana, que no reconoce en Cristo a Dios hecho hombre.
Pero no solo tienen que seguir luchando contra los moros, sino que han descubierto un continente, entre comillas, lleno de paganos —paganos que, además, son víctimas de la irracionalidad, pues practican la antropofagia, la tiranía antropófaga de aztecas e incas—. Deben ser rescatados y derrotados, derrotados y rescatados: derrotados en su irracionalidad, rescatados para esa racionalidad y esa fe que mueve a la cristiandad hispánica, donde el engarce entre la razón y la fe se da, desde la Edad Media, con Santo Tomás, y se continúa con la filosofía española de la Escuela de Salamanca. Entonces, contra el infiel mahometano, que sigue a Mahoma como hereje sin asumir al Dios uno y trino, se pelea; frente a esos paganos irracionales de las Américas y su antropofagia, se pelea. Y, al mismo tiempo que estás haciendo eso —que es casi un sentido del deber como cristiano; el sentido del deber nos lleva a hacer la reconquista, a hacer el imperio en las Américas y a luchar contra los turcos y berberiscos en el Mediterráneo—, al mismo tiempo que haces eso como sentido del deber, como cruzada, te surge a tus espaldas la puñalada: la puñalada luterana y calvinista, la traición a la cristiandad. El ecúmene de la cristiandad medieval… ya en la Baja Edad Media hay una serie de procesos, en lo que sería el llamado conflicto de las investiduras, el llamado conflicto entre güelfos y gibelinos —no lo voy a desarrollar ahora—, que ya suponen un problema interno en cuanto a la cosmovisión cristiana en el medievo; pero lo que realmente supone romper el ecúmene de la cristiandad medieval es Lutero, y lo que irá viniendo después: Calvino, John Knox, etcétera. Entonces, España se enfrenta contra la mal llamada reforma —es herejía, no es una reforma, es una herejía—. Hay que hacer la lucha contra el hereje, porque el hereje luterano-calvinista no es el antropófago pagano, no es el musulmán que niega al Dios uno y trino: el luterano acepta al Dios uno y trino, pero niega la gracia. Niega la gracia.
El imperio español es el imperio de la gracia: la bandera que se lleva es la gracia que trae Cristo al mundo, y por la cual los hombres y mujeres de este mundo, por las obras, todavía pueden merecer el cielo. Por miserable y contingente que sea su condición humana, por miserable, contingente y limitada que sea la experiencia humana de vivir, la gracia del Espíritu Santo, a través del sacrificio de Cristo en la cruz, está con nosotros mediante el bautismo como intermediación; y entonces esos hombres bautizados, por las obras, pueden merecer el cielo como héroes y como santos. Todavía merece la pena vivir aspirando a la santidad y al heroísmo si eres cristiano, católico, español. Claro, si eres hereje, no: los herejes niegan la gracia, y, como se niega la gracia, el camino a la santidad y al heroísmo queda cerrado, pues unilateralmente, sin que interceda la acción del hombre, es Dios quien escoge a los que se salvan y a los que no. Recordemos a Calvino y la predestinación, que ya está prefigurada —valga la redundancia— en Lutero: cuando Lutero nos dice eso de que Dios es un… —Lutero dice, lo he comentado muchas veces, que el hombre es una puta: a veces es follada, a veces la monta Dios, a veces la monta el diablo; él no tiene voluntad propia para ser—. Entonces, está inerme, está inerme frente a su bajeza, frente a su miseria, frente a su debilidad.
Bien, pues la antropología que subyace a Lutero, a Calvino, a los presbiterianos, a John Knox, etcétera —la antropología que subyace a la Europa protestante— es antieuropea. Ni en la Grecia de la areté, de la aristeia, ni en la Roma de la virtus, la virtus romana, ni, por supuesto, en el culto al héroe de celtas y germanos, por hablar de la Europa pagana, ni por supuesto en la cristiandad medieval, se planteó jamás que estuvieras en ausencia de gracia. Si hay areté en Grecia es porque, en términos cristianos, hay gracia suficiente y eficiente: hay algo en ti de lo alto, y, como hay algo en ti de lo alto, más allá de tus miserias y de tus bajezas, el heroísmo y la santidad hacen parte del camino de la vida; de hecho, son el horizonte más alto al que puedes aspirar. Recordemos que es con Lutero y con Calvino que aparece la idea de que la máxima aspiración que tú puedes tener es una aspiración mundana: Calvino dice, ser rico. ¿Lo recordáis? La máxima aspiración calvinista, ser rico. La máxima aspiración en Grecia, en Roma, en la antropología heroica de celtas y germanos, por supuesto en los cantares de gesta medievales, y luego en el Siglo de Oro español, es la santidad y el heroísmo. Entonces, al imperio español lo mueve la fe de la cristiandad hispánica, una fe que tiene especialmente subrayado ese nivel de la gracia.
Frente a los mahometanos, que están obligados a ser sumisos a la palabra revelada —recordemos que el islam es una religión unilateral: se produce un depósito de revelación, y el depósito de revelación es algo a lo que te tienes que someter sumisamente, de tal modo que no hay libre albedrío que permita al hombre decidir hasta la más mínima cosa; en el Corán está explicado hasta la más mínima cosa, hasta qué tienes que comer y cómo tienes que vestirte—, técnicamente diríamos que, para el musulmán, para la religión islámica, hay un abismo ontológico, un abismo esencial, entre el Creador y la criatura. Frente a eso está el Dios uno y trino: el abismo ontológico entre el Creador y la criatura se rompe con Cristo, que se hace hombre como nosotros. ¿Cómo vas a rezar a un Dios que no ha sido hombre como nosotros, que no ha pasado lo que ha pasado en la vida humana? Cristo sufre, le golpean, le crucifican, duda: fijaos qué momento más duro cuando, en el Evangelio, clavado en la cruz, dice «Señor, Señor, ¿por qué me has abandonado?», o cuando muere su amigo Lázaro y llora desconsolado por la muerte de su amigo. El cristianismo tiene esa superioridad en su antropología: el Dios supremo, en el que pones toda tu esperanza, ha estado contigo aquí abajo; y, por eso que ha estado contigo aquí abajo y ha sido víctima de las flaquezas y sufrimientos humanos, por eso que llora sangre en el huerto de los olivos, por eso que ha hecho ese sacrificio, tú estás entonces también habitado de esa gracia que te permite, más allá de tus miserias y de tu vía crucis personal, por las obras, por la actitud, por pensamiento y palabra, merecer el cielo. Eso es lo que niega completamente el mundo mahometano, que simplemente te da un decálogo de normas al que te sometes unilateralmente, y lo que, por supuesto, tampoco está presente en la irracionalidad pagana y antropófaga de aztecas e incas, capaces de comerse a la gente, ni, por supuesto, en Lutero y Calvino. Entonces, el imperio español es el imperio de la gracia, de la gracia cristiana, de la gracia subrayada como cristiandad hispánica; y no se pueden entender las hazañas y el heroísmo de ese imperio español sin esa dimensión.
No ya el milagro de Empel, ¿verdad? No ya el milagro de Empel. Fijémonos —a mí me encanta— en el «vengan cuando quieran» de la batalla de Castelnuovo. Esa chulería, ese orgullo de decir «vengan a matarnos, vamos a pelear hasta la muerte», ese heroísmo de morir espada en mano, es posible porque en ellos está operativo, en su alma, no a nivel doctrinal: no me imagino a esos soldados haciendo disquisiciones teológicas sobre la gracia suficiente y eficiente, no los imagino teorizando sobre la distancia teológica que hay entre la antropología católica española y la antropología subversiva luterana; ellos no hacen ese cálculo, no están en esa filosofía. Pero la antropología católica hispánica está operativa en ellos, y por eso está operativa en ellos, pues, maldita sea, Santa Teresa puede decir «nada te turbe, nada te espante, quien a Dios tiene, nada le falta», y, en esa misma dinámica, los soldados de Castelnuovo dicen «vengan cuando quieran, ¿qué nos vais a hacer, matarnos? Nos vais a matar peleando, ¿y eso qué significa? Quien a Dios tiene, nada le falta: lo más que puedes hacerme es matarme; para todo lo demás no puedes tocarme un pelo, para lo único que cuenta, que es merecer el cielo en santidad y heroísmo, los turcos, en Castelnuovo, no pueden hacerme nada». Entonces, en esas conductas es donde se refleja eso que llamo la España del Barroco, que es una maravilla, que es un tesoro, y que debería ser recuperada, actualizada, para confrontar la puta mierda posmoderna, globalista y deconstructiva degenerada que tenemos a día de hoy. Podéis preguntaros, en un momento dado, ¿qué elijo, la antropología posmoderna de la deconstrucción y el globalismo, o el «vengan cuando quieran»? Bueno, pues hay que elegir el «vengan cuando quieran», coño, y si no, vete a la mierda. Hablo claro, ¿verdad? No hace falta más. ¿Qué eliges, la antropología deconstruida o el Dios que se hizo hombre y que, en virtud de su sangre, te permite —entre comillas, lo digo así— hacerte Dios, merecer el cielo?
Está claro, Gonzalo, que estos arquetipos de nuestra tradición, evidentemente, como españoles que somos —incluso nuestros hermanos hispanos, que son herederos de esas grandes hazañas—, encontramos en ellos un ejemplo de inspiración, tanto espiritual como en nuestra acción diaria. Pero, claro, vivimos en un siglo XXI en el que ya no tenemos, nos falta a veces una gran cruzada; a los jóvenes, a los no tan jóvenes, no nos quedan esos duelos de espada. Entonces, además de necesitar esa gracia —en la que quizás uno acude a la iglesia católica de hoy en día y también se lleva ciertos sustos, vamos a decirlo así, para no acumular materia de confesión—, ¿cómo puede un individuo que vive en esta edad oscura, en este Kali Yuga, actualizar aquello que vale para siempre, que es lo tradicional, que no tiene tiempo, que es totalmente perenne, presente absoluto? ¿Cómo puede hacerlo?
Pues mira, yo creo que puede hacerlo, especialmente si eres español. Puedes hacerlo especialmente si eres español, porque, mirad, si nos quitamos de la cabeza todas las gilipolleces ideológicas de la modernidad y observamos las cosas tal como fueron, el motor que anima la idiosincrasia española ha sido la cruzada. Mirad, en la Edad Media, la restauración de la cristiandad hispánica se vive como cruzada, y así aparece recogida en las fuentes primarias, en las crónicas de los reyes de Asturias o en el Poema de Fernán González. Entonces, hay una cruzada fundacional en la lucha contra el islam para restaurar la cristiandad hispánica. Pero es que luego el imperio, el imperio como cristiandad hispánica universal, se mueve como evangelización y cruzada: lo hemos dicho, contra los turcos y los berberiscos en el Mediterráneo, contra los protestantes que a tu espalda están apuñalando la cristiandad con una antropología falaz, contraria a Europa —Europa es la areté griega, la virtus romana, la gracia cristiana; eso lo apuñalan Lutero, Calvino y sus herederos—; hay, entonces, una cruzada contra la herejía. Pero es que, al mismo tiempo, hay una cruzada y una evangelización cuando llegas a las Américas, y no es que encuentres, sin más, unos inocentes indígenas en estado de naturaleza —que también los había—, sino que había una tiranía monstruosa en el actual Perú, en México, incas, aztecas, una tiranía monstruosa basada en el despotismo y la antropofagia, una cosa horrible. Hernán Cortés es libertador de México, no conquistador: es libertador de México, le libera de la tiranía azteca, y le libera porque le da la herramienta que conduce a la libertad, que es el cristianismo de la gracia española, de la cristiandad hispánica, el imperio de la gracia.
Entonces, si la idiosincrasia española es reconquista e imperio, ese es el rasgo característico de la identidad histórica nacional; el rasgo característico de la identidad histórica nacional española no son los celtíberos de Numancia, aunque me encante Numancia; no es Séneca, aunque me encante el estoicismo de Séneca como hispanorromano; ni tampoco es el reino visigodo, que me encanta, pero que es el momento fundacional —Recaredo se hace católico en Toledo, eso sería el ciclo fundacional—. Pero al final lo que acaba subrayando la idiosincrasia, la identidad histórica nacional española, es el proceso que hemos llamado reconquista, es el proceso que hemos llamado imperio. Bien, pues esa reconquista, ese imperio, es una cruzada: es la cruzada del imperio de la gracia, de la restauración de la gracia, frente a los que la niegan. Bien, pues lo trasladamos a día de hoy: el mundo moderno es la negación más total que puedas encontrar de la gracia, es la vida completamente sesgada, la vida humana sesgada de cualquier anclaje o amarre a la dimensión de la trascendencia, es una vida que pone el foco de manera total en lo meramente mundano y terrenal. Bien, pues la cruzada es justo la contraria.
A mí me habéis oído hablar a veces de distinguir lo importante de lo necesario. Lo necesario: pues habrá que trabajar, ganar dinero, prosperar, tener una casa, un coche, comprarse una cámara para grabar esto, eso es lo necesario. Pero lo importante es merecer el cielo cuando te mueras. Lo siento, ¿eh? Es así: desde la antigüedad hasta casi la Revolución francesa ha sido así. Los españoles tenemos que volver a ser aquellos que diferencian lo importante de lo necesario, y por eso pueden decir «vengan cuando quieran»: si no distingues lo importante de lo necesario, ese día los héroes de Castelnuovo no son héroes y dicen «nos rendimos»; pero los que saben que lo necesario y lo importante no son lo mismo, y que, llegado el momento final, hay que aspirar a lo importante, a merecer la gloria en el cielo, dicen «vengan cuando quieran, aparte de matarme no podéis hacerme nada». Diferenciar lo importante de lo necesario, como rasgo fundamental de la actualización de la cruzada hispánica. Claro, actualizar esa diferencia entre lo importante y lo necesario implica una ética: a partir de ahora todo lo voy a hacer poniendo la mirada en Dios. Ostras, qué loco, claro, claro, ¿en qué coño voy a poner la mirada, si no? Yo no soy un moderno, yo pongo la mirada en Dios; espero entregar mi alma mínimamente digna para merecer el cielo cuando muera, aun sabiendo de mis miserias y mis bajezas, aun sabiendo de la debilidad de la carne, que ya la experimenta Dios siendo Cristo, cuando es torturado, azotado y sufrido. Bien, pues yo, a pesar de mis miserias, aspiro, cuando muera, a merecer el cielo; hasta tal punto es así que, al modo de Santa Teresa, «tan alta vida espero, que muero porque no muero». Toma ya, ¿eh? ¿Os acordáis de Santa Teresa de Jesús? «Tan alta vida espero, que muero porque no muero». Toma ya: se me queda pequeña la vida, que yo quiero la gloria; y, por tanto, cultivaré lo necesario —vaya, necesitaremos el dinerito y habrá que trabajar—, pero lo importante es la ética, el estilo y la actitud que me permite decir «nada te turbe, nada te espante, quien a Dios tiene, nada le falta, solo Dios basta», que me permite decir «tan alta vida espero, que muero porque no muero». Entonces, claro, ¿qué es España? ¿La adaptación de España a las ideas de Adam Smith? ¿Qué es España? ¿La adaptación de las ideas de España a Carlos Marx? ¿Qué es España? ¿La adaptación de las ideas de España a Fichte? ¿Es la adaptación de España al liberalismo, al socialismo, al nacionalismo? Una mierda. Esas tres ideologías de la modernidad son ajenas a la idiosincrasia española. Actualizar la identidad española es actualizar la cruzada española; actualizar la cruzada española es actualizar la cruzada de la gracia, la cruzada de la gracia contra quien la niega. ¿Quién la niega a día de hoy? El mundo moderno. Entonces, con más razón, diferenciar lo importante de lo necesario, y aplicarte esa ética de «tan alta vida espero, que muero porque no muero».
Claro, a partir de aquí se produce, por decirlo así, una búsqueda de herramientas que te lleven por ese camino. ¿Qué herramientas cojo? La tradición. ¿Cuál es el manual? Oye, yo no sé hacer esto, ¿cómo hago esto? Hay un manual, hay unos textos en el mundo de la tradición que, obviamente, no son Adam Smith, no son Carlos Marx, no son Fichte; no es El capital de Marx, no es La riqueza de las naciones de Adam Smith, no es el Discurso a la nación alemana de Fichte, por poner los tres textos canon de los que surgen las ideologías modernas. Pues no: te vas a Santa Teresa, colega. Te vas a Santa Teresa, te vas a la Escuela de Salamanca, te vas a las propias vivencias de los conquistadores, a la Crónica de la conquista de Nueva España, te vas al Cantar de Mio Cid, cuando se despide de su mujer y de sus hijas, qué bonito, te vas a La Celestina, al lamento del padre de la Celestina cuando muere su hija. Entonces, te vas a la tradición como manual, y, a partir de ahí, ya dices, ah, vale, ya sé de qué va el rollo: esto va, en realidad, de ser los mejores. ¿Por qué se hizo la reconquista? Porque fuimos los mejores. ¿Por qué se hizo el imperio? Porque fuimos los mejores. ¿Y qué significa ser los mejores? Vivir por y para actualizar la gracia, porque Dios no se aparta, porque el Espíritu Santo no se aparta —a diferencia de lo que dice Lutero, el Espíritu Santo no se aparta—, tienes el deber y el derecho de ser el mejor; porque la luz de lo alto no se aparta, tienes el deber y el derecho de ser el mejor. ¿Y qué significa ser el mejor? Que, por las obras, merezcas el cielo, sean cuales sean tus obras: desde el humilde zapatero hasta el que está en un taller mecánico cambiándote la rueda, o el que es militar y está en la frontera, lo que sea; pero, allá donde estés, en presencia de Dios y en presencia de la gracia.
El caso es que este español histórico lo tenía claro cuando tenía que luchar: cuando comienza la reconquista, con la restauración de la cristiandad en España, ese español lo tenía claro; más tarde, cuando cruzamos el océano, esos españoles lo tenían claro; cuando se lucha contra el protestantismo, ese español lo tiene claro. ¿En qué momento se apaga el fuego? O sea, ¿hay un momento de ruptura en el que se pueda decir, vale, aquí el español cayó?
Sí, podríamos decir que no ocurre de golpe. Esto es un debate —no ocioso, pero tampoco hay que poner en él toda nuestra energía—. Entiendo que en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando los ideales de la Ilustración, a través de los Borbones en España, van permeando a las élites, a finales del siglo XVIII ya empiezan a producirse las primeras pistas, los primeros atisbos de que, podríamos decir, la ideología española está siendo puesta en duda. Pero es que después estallará la Revolución americana, la Revolución francesa, la invasión napoleónica, y no ya España, sino Europa entera, entrará en un conflicto profundísimo de guerras civiles. Entonces, yo me atrevo a decir que, desde finales del siglo XVIII hasta mediados del siglo XX —fijaos, hasta después de la Segunda Guerra Mundial—, no España, sino Europa entera, vive un proceso de guerra civil interna que no es simplemente una guerra de voluntad de poder, es decir, entre reyes, no es un juego de tronos, como se dice normalmente, sino que es una lucha de cosmovisión: recuperar, actualizar o mantenernos unidos a la cosmovisión tradicional, o romper con la cosmovisión tradicional y terminar de implementar eso que se siembra en Europa con la herejía protestante —viene quizás de antes, no lo vamos a alargar ahora, pero sí viene a partir de ahí, y ha tenido ese desarrollo: el empirismo británico, la Ilustración británica, francesa, alemana, la revolución americana, etcétera—. ¿O terminamos de implementar la modernidad? Pues ganaron los malos. Ese proceso histórico se ha concluido con la victoria, entre comillas, de los malos, de la ideología moderna, en sus distintas variantes: los liberalismos, que son diversos y plurales; los socialismos, que son diversos y plurales; y los nacionalismos, que más se entrelazan entre sí, y que a veces tienen maridajes abracadabrantes entre ellos. Nosotros estamos a otra cosa: reconquista, imperio, cruzada hispánica, imperio de la gracia, antropología de la gracia. Al final, aquí la clave es: ¿qué es el hombre? La pregunta es qué es el ser humano, y esa pregunta no se responde en toda su profundidad apelando a las cosmovisiones —que ni siquiera son cosmovisiones, uso la palabra para entendernos— de la modernidad. Es el mundo tradicional el que te dice lo que es el ser humano. Entonces, como el ser humano es portador de la gracia… ¿qué es el ser humano? El portador de la gracia, el portador de la gracia en este mundo, el que puede actualizar la gracia en este mundo por sus obras y trascender su pequeña mundanidad, su pequeña miseria y contingencia, el que puede merecer el cielo. Bien, pues, si esa es la antropología de la tradición, esa fue la antropología de la España de la reconquista, esa fue la antropología de la España del imperio, y esa es la cruzada.
Entonces, a día de hoy, yo reivindico la hispanidad, sí, pero no como mero elemento que existió, o que se da de hecho —en Argentina hay hispanidad, hablan lengua española—; no, ya es solo eso, y eso es bastante poco. ¿Qué sería reivindicar la hispanidad? La cruzada, la cruzada de la gracia. O sea, hacer España en el siglo XXI no es solo unir lazos con los restos que quedan de un imperio español derrotado; no, hacer España a día de hoy es volver a hacer reconquista e imperio, en este caso, reconquista contra la posmodernidad, la deconstrucción, el globalismo, y hacer evangelización: evangelizadora del orbe se decía de España, martillo de herejes, evangelizadora del orbe. Bien, pues eso es ser martillo de herejes, de la herejía moderna, convertirnos en martillo de la herejía moderna, y evangelizadores del orbe: predicar la antropología de la gracia aquí y donde sea. Y donde, en cualquier otro lugar del mundo, despiertes la antropología de la gracia, ya tienes un compatriota, aunque sea en Finlandia —un sitio raro, ahí al norte—; también es compatriota, sí, si despierta la antropología de la gracia.
Si la lucha se trata, efectivamente, de ganar el cielo, está claro que no es una cosa menor. Pero es cierto que nuestra naturaleza es caída, que nuestra carne es débil, ¿no? Como decía san Pablo, «no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero». ¿Qué le podríamos decir a todas esas personas que están dominadas por sus emociones, que están en un momento de desaliento, que, a pesar de que racionalmente entiendan esto que estamos hablando ahora mismo y comprendan la trascendencia y la importancia de este viaje y de esta lucha, ven que todos los días son derrotados? ¿Qué deben hacer? ¿Buscar un compañero, buscar una comunidad, acogerse, intentar recibir la gracia de alguna manera? Ese desaliento existe, al final: un guerrero puede ser muy fuerte, pero también hay momentos de cansancio, y hay momentos en que la espada se quiebra.
Que tire la primera piedra el libre de pecado, y la carne es débil, y demás. Bien, bueno, pues de esto yo he hablado en otros vídeos, me conocéis, hablo de disciplinas; entonces, por no repetir lo que he dicho en otras ocasiones, diré tres elementos a tener en cuenta. Primero, no perder de vista el argumento: el argumento es la gloria. Tenlo presente siempre: te vas a morir, chaval, recuérdalo; recuérdalo, no te apegues, no te apegues mucho, no te engoloses demasiado con las cosas de esta vida, te vas a morir igual. Lo importante es la gloria; tenerlo presente siempre, la gloria trascendente. Tú aspiras a la gloria trascendente hasta en la más humilde tarea de tu vida: el más humilde barrendero está llamado a la gloria, y la puede conseguir si es capaz, en aquello que haga, sea lo que sea, de actuar con ese sentido del deber, con ese por Dios, con Dios y hacia Dios. La gloria.
Lo segundo, la ley de la disciplina: no hay gloria sin disciplina. La disciplina tiene una ley, tiene una norma: renuncia a ti; sin la ley de la disciplina no hay gloria. La ley de la disciplina es: no vas a reír, no vas a llorar, vas a aprender de carrerilla, yo te voy a enseñar. Te levantas por la mañana con este anhelo, con este apego, con este deseo, con este gustirrinín, con esta tristeza o con este desánimo, me da igual: lo que debe ser hecho, debe ser hecho. No puedes estar pendiente de Gonzalo, no puedes estar pendiente de mí, que soy una cosa diminuta, con una biografía diminuta y miserable, con todos los traumas y miserias que tiene todo ser humano —cada uno con su mochila, la abre, y empieza a salir de allí mierda—; yo no puedo estar pendiente de esto, pues esto es lo que hay, porque la vida humana es así, pero yo cumpliré con mi deber y haré lo que tenga que hacer. Entonces, la ley de la disciplina.
Y, en tercer lugar, buscad a vuestros iguales: hay que hacer comunidad, hay que encontrarse con tus iguales, tienes que hacer compatriotas del espíritu. Están los conciudadanos, con los que te cruzas, que tienen las mismas leyes que tú y votan en las elecciones; a esos, respeto también para ellos. Pero luego está el compatriota. Y, en España, el compatriota es, primero, el que está por actualizar y —no sé cómo decirlo— resistir, perseverar en la idea de España; y, por otro lado, el compatriota que a lo mejor no es español, pero que está por resistir y perseverar en la antropología de la gracia en cualquier otro lugar del mundo, aunque llame a eso que yo he llamado antropología de la gracia con otras palabras. Entonces, hay que traer aquí la idea del imperio universal: el imperio español es un imperio universal, España está llamada a reconquistarse y a universalizarse. ¿Y cómo lo hace eso? Pues no porque sea un nacionalismo expansivo, sino porque es la estructura misma de la naturaleza humana, la gracia suficiente y eficiente. Entonces, es el imperio de la verdad: la verdad del hombre es la gracia suficiente y eficiente; es la reconquista y restauración de la verdad en España frente al moro, y es el imperio universal de la gracia suficiente y eficiente, es decir, el imperio de la verdad del hombre. Bueno, pues esa es la cruzada, la labor del hombre español a día de hoy. Entonces, por supuesto, a día de hoy yo diría, de nuevo, reconquista e imperio, claro que sí. Y esos tres elementos —que no me vaya por las ramas, que me voy—: tener presente el objetivo, el argumento, la gloria; tener presente el medio, la ley de la disciplina —quien no esté dispuesto a renunciar a sí mismo que se olvide de la gloria; le dice Cristo al joven rico, «vende todo lo que tienes y sígueme», ¿os acordáis? Y también dice Cristo, «quien quiera salvar su vida la perderá; quien no le importe perder su vida, la salvará»; entonces, deja todo y sígueme, la ley de la disciplina—; y, en tercer lugar, la comunidad: encuéntrate con tus iguales, pide ayuda, encuentra el calor humano, no sé, es lo más normal del mundo, hacer manada.
Sobre eso hablamos en una de nuestras charlas, lo decía un camarada: no solamente vivir en comunidad, sino en comunión. Hemos perdido eso, no se menciona; vivimos hacinados en edificios donde ni siquiera conocemos al que vive en el primero —si yo vivo en el quinto, y le veo la cara algún día, doy gracias—. El caso es que, si vivimos en comunidades pero no en comunión, resulta que uno mira a su alrededor y ve que vive en un mundo que, aunque recurramos a la metafísica de las cosas, está en ruinas, donde ya se ha perdido la fe en las instituciones, se ha perdido la fe en cualquier asidero al que agarrarse. Pero, sí, yo quiero… escucho aquí a Gonzalo hablar de la gracia, de la vía de la santidad, de la vía del heroísmo, pero ¿a qué apelo, si donde miro no encuentro, si dentro de mí no hay? Es decir, si aquellas sociedades que tenían tan cerca la historia, que tenían tan vivos a autores que escribían cosas como Santa Teresa de Jesús o San Juan de la Cruz, cayeron, el de hoy, que ya está caído, ¿cómo recupera esa imagen del héroe?
Bueno, yo creo que es un error plantearlo así, porque eso es pesimismo: estás moviendo unas coordenadas pesimistas. Y yo lo digo siempre, no tienes derecho a ser ni optimista ni pesimista, eso son cosas meramente humanas —soy optimista, tengo euforia, creo que tal; soy pesimista, tengo desánimo—, a ti eso te tiene que dar igual. Tú lo que tienes que ser es un luchador y punto: lo que debe ser hecho, debe ser hecho. Entonces, no te puedes plantear qué oscura es mi época, por qué es tan difícil; a ti eso te da igual, tío. O, cuando arranca el reino de Asturias, ¿alguien hubiera pensado que eso acabaría siendo un imperio universal? Es decir, tras la batalla legendaria y en parte histórica de Covadonga, ¿alguien pensó que la proclamación de don Pelayo, pasado el tiempo, llevaría al mayor imperio que ha conocido la humanidad en cuanto a extensión? También, yo creo, desde el punto de vista cualitativo, es el imperio —hemos dicho— de la verdad, de la gracia. ¿Alguien pensó eso? No. De lo menos —siempre lo digo, de lo menos: Covadonga es una cosa diminuta, posiblemente tienen razón los moros en las crónicas, una pequeña refriega—, de lo menos fue posible lo más. Así que dejémonos de rollos, no se puede ser pesimista.
Los tres elementos, la gloria, la disciplina y la comunidad, y con eso te pones. Y si dices, es que no tengo mucho cerca, es que no sé qué, bueno, pues que la providencia… estate atento, y te dará; estate atento a encontrar todo el rato la fuente en la que beber, la disciplina a la que someterte, la persona que te vas a encontrar. Y si no encuentras, y pasas temporadas a la intemperie, en el desierto, llévalo con orgullo: llévalo con orgullo, tu soledad; es decir, llevo con orgullo mi vida montaraz, soy un vagabundo solitario en el Kali Yuga, pero sé cuál es mi patria, es una patria eterna que está en el cielo, a ella me debo. No puedes dejar hueco ni al pesimismo ni a hostias, porque eso sería faltar a la verdad: el Espíritu Santo no se aparta. ¿Te imaginas al Espíritu Santo que se va del mundo? ¿Dios crea el mundo y ya lo deja ahí, a su aire? No. Otra cosa es que las cosas puedan avanzar, desde un punto de vista relativo, en términos que a lo mejor son lamentables, efectivamente es así; pero, en términos absolutos, tú tienes el guion, sabes cómo termina esto —que viene el Apocalipsis, ¿verdad?, Cristo, Señor del mundo—; o sea, tú tienes el guion, sabes cómo termina esta película, tienes que estar tranquilo y hacer la pelea que hay que hacer, hacer la buena pelea, y merecer el cielo, punto pelota. Entonces, yo, a quien viera este vídeo, le diría: si todo lo que te digo te parecen locuras, exageraciones y fanatismos, vete a la mierda, deja de verlo ya, y vete a leer a Adam Smith, a Carlos Marx o a Pablo Iglesias; pero, si te resuena, ponte ya con ello, ponte ya con ello. No hay mejor manera de conectar con la idiosincrasia y la identidad española que asumir España como cruzada: la cruzada de la reconquista, la cruzada del imperio, la cruzada de la gracia, la cruzada de la verdad de la gracia, que es la verdad radical, la verdad raíz del ser humano, eso que en el catolicismo hemos llamado la gracia, y que lo puedes encontrar —no lo voy a decir ahora— en otros términos, con otros conceptos, en otras religiones; no voy a hacer ahora ese debate, aunque a veces parece que a la gente le molesta que utilice términos traídos de otras tradiciones. Bien, pues, solo en términos católico-cristianos: la verdad de la gracia es la verdad suprema del hombre, y esa gracia la tienes que actualizar, y la tienes que actualizar con disciplina. De hecho, ¿hay alguna orden monástica tradicional que no se someta a la disciplina? ¿Hay alguna vía del guerrero que no responda a la disciplina? Cuando se habla, fijaos, de la España prerromana, cuando dice Estrabón que en el interior de la meseta viven unos tipos al modo espartano, al modo lacónico —comen una vez al día, se someten todo el rato a padecimientos y sufrimientos, se lavan solo con agua fría—, hay como comunidades espartanas en el interior de la meseta, dice Estrabón, hablando de los celtíberos: es una disciplina guerrera, de una hermandad guerrera. Entonces, la gloria, la disciplina y la comunidad, todo ello enmarcado en las coordenadas de la cruzada, que ya no es simplemente contra los mahometanos, los protestantes o los antropófagos aztecas, sino contra la civilización putrefacta, degenerada y decadente de la posmodernidad, la deconstrucción y el globalismo. Y tus compatriotas son todos los que están en esa cruzada, españoles o no, todos los que, con otras palabras o con las mismas, están en la cruzada de la gracia. Y quien sea un fanático religioso y te diga «no hay gracia, lo que hay es la palabra revelada, sométete al Corán», no, eso no es así: si tu religión se llama sumisión, tú no crees en la gracia; nosotros no somos esclavos de Dios, somos, en todo caso, paladines de Dios, no tiene nada que ver. Lo digo porque a veces se quieren hacer analogías entre el tradicionalismo europeo o cristiano-español y el yihadismo; pues no tiene que ver: el yihadismo es un fanatismo religioso, un integrismo religioso, y aquí estamos hablando de algo bastante más profundo. La antropología de ese islam no tiene nada que ver con la antropología de la gracia, con lo que venimos hablando alrededor de las obras, el entendimiento, la acción humana que, por limitada que sea, en virtud del Espíritu Santo, es vía a la trascendencia, y no necesita entonces una revelación unilateral, como la que hace el ángel a Mahoma, tras la cual aparece el Corán y la sociedad islámica es, en sí misma, una teocracia: no cabe nada que no sea una teocracia. No, no, no: el mundo cristiano es un reino, el regnum, conforme a la Ciudad de Dios de san Agustín, los reinos como pensamientos de Dios en el mundo que los hombres pueden llevar a cabo. No estás a la intemperie, el Espíritu Santo no se aparta. No sé si me estoy explicando, pero bueno, para entendernos: que me mencionabas ese tono pesimista, pues no.
Lo que debe ser hecho, debe ser hecho: el tono pesimista es el de la posmodernidad. Sí, hombre, el panorama puede ser desalentador, pero, en realidad, eso no es asunto tuyo; en realidad, no es asunto tuyo. Las órdenes que se te han dado son las órdenes que se te han dado, no puedes andar ahora poniendo eso en duda: no, es que se me está ordenando reconquista e imperio en los tiempos que corren, bueno, pues ya está, pues es lo que hay, con alegría. ¿Qué quieres, ser feliz? No, yo contaba con disfrutar de la vida y no sé qué, pues yo no: yo contaba con tener una misión y cumplirla, y no hay mayor felicidad que esa. No, pero es que yo pensaba, no sé qué, me hubiera gustado vivir en la edad de oro. No, no, no, déjate de nostalgia de la edad de oro: tú tienes nostalgia, en todo caso, única y exclusivamente de Dios, y el resto del tiempo, a la pelea, y de vez en cuando descansas un poquito, ya está; el resto del tiempo es la pelea, el descanso, y, si es nostalgia, nostalgia de Dios.
Antes dijiste algo que a mí me resulta muy interesante, eso de saberse como montaraces diseminados por el reino, que parece que no están, pero que están en esas batallas de frontera, manteniendo al enemigo fuera, haciendo un trabajo casi de segunda actividad, porque no son realmente un ejército como tal, son unos guardianes que están esperando una venida.
Son como guerrillas, sí. Exactamente, y es que España siempre ha sido muy guerrilla. Bueno, pues con más razón, entonces, que las fuentes propiamente históricas de España sirvan de inspiración, no ya en términos filosóficos, teológicos, espirituales, que es lo que yo estoy trayendo a colación, sino en términos puramente literales, de procesos históricos, de batallas y demás: decir, joder, qué inspiración la guerrilla de Viriato, qué inspiración la guerrilla de los asturianos contra los moros en tiempos de Abderramán II, la guerrilla del rey Ramiro contra Abderramán III; qué apasionante, ¿no?, la guerrilla española contra la subversión moderna en la guerra de la Independencia. Entonces, yo creo que, en términos espirituales, la identidad histórica nacional española es inspiradora y te da anclajes frente a la basura moderna; pero es que, incluso en términos prácticos, personajes como los que viven, no sé, la batalla de Castelnuovo y el «vengan cuando quieran» te dan ejemplos vivientes, en carne, de lo que es eso. Entonces, a partir de aquí, joder, no hay lugar ni al pesimismo ni al desaliento: es decir, joder, qué maravilla, soy heredero, de algún modo, de aquello; en mi mano está actualizarlo en mi propia vida. Incluso, ya lo he dicho, hasta en la más humilde tarea: hasta en la más humilde tarea puedes estar haciendo, dentro de ti, dentro de tu alma, una reconquista y un imperio; estás sacando de ti todo ese veneno posmoderno y estás estableciendo un regnum, un imperio de la gracia, en ti. Joder, bueno, pues eso no es poca cosa, coño, es un buen argumento de vida.
Es importante, en la lucha contra el ego de uno mismo, saber diferenciar qué son esos caballos dentro de la imagen del carro y los caballos del auriga —esos caballos que son mis emociones, que a veces me dominan—, saber desmarcarme, saber identificar qué soy yo y qué son mis pulsiones. Está claro que yo puedo apelar a esas fuentes de la tradición española, el catecismo, esas guerrillas, esas hazañas, y ahí, aparte de que en mi alma sé lo que está bien y lo que está mal… pero sí es cierto que alguna vez hemos escuchado, los que te seguimos, que a día de hoy todos vivimos en la modernidad, vivimos en esa noche oscura del alma, como decía mi paisano, poeta y religioso. Pero, claro, si tenemos esas heridas y debemos ser guerreros oscuros, ¿cuánta oscuridad debo llevar yo dentro de mí? Me refiero, ¿qué puedo discernir como oscuridad y qué no? ¿Puedo llegar a ser un paladín en el siglo XXI, o debo admitir ciertas heridas con las que ya he nacido y que puede que nunca trascienda?
Joder, vaya pregunta, es densa. Bueno, yo creo que, a lo mejor, tal como lo planteas, habría que asumir que los tiempos que corren son más de catábasis que de catarsis, que estás más bajando al infierno que subiendo al cielo; pero no bajando al infierno como un condenado, sino bajando al Hades, como baja Hércules, como baja Ulises. Entonces, creo que hay que manejar un poco esas imágenes, las de la Tierra Baldía, las leyendas del Grial: el caballero del Grial pasa una suerte de catábasis, es decir, cruzo el bosque oscuro, y, por más que me mancha, mi pureza interior se mantiene incólume; hay una parte de mí que se mancha, y hasta se puede destruir, en la catábasis, pero no me disuelvo en el Hades, no se disuelve en el Hades ni Ulises ni Heracles. Entonces, quizás estamos, un poco, en este Kali Yuga, en esta medianoche del mundo, en este reino del anticristo, en tiempos que exigen una suerte de catábasis, donde vas a tener que hacer de esa propia noche, que ya no tiene marcha atrás, como digo yo, una oportunidad; lo cual significa hacer un ejercicio especial de conciencia de los tiempos que corren, de quién eres, de cuál es tu circunstancia más contingente, más fenomenológica, de cuál es la ecuación tan complicada que has tenido, que puede ser a nivel familiar, psicológico, personal, y decir, ostras, esta es la mochila que yo tengo. Joder, mejor me hubiera ido si me hubieran educado en la Grecia clásica, ¿no? Pero no, estoy en la posmodernidad; también hay que tener consciencia de eso para hacer esa catábasis. No estoy recibiendo un fuego que me purga, me limpia y me eleva, como la catarsis; lo que estoy es atravesando una negrura. Entonces, cuanto más atravieso la negrura, no debo tener miedo a que esa negrura queme o hiera mi parte externa, porque, si a cada herida, a cada capa externa que se hiere, la luz interior va creciendo, hasta el punto de que eres capaz de desidentificarte de todo lo que en ti no es esa luz. No sé si me he ido ya muy abstracto en la explicación, pero sirve para entender que, a lo mejor, el Kali Yuga implica más un ejercicio de catábasis que de catarsis. No sé si es una respuesta o una divagación loca de las mías.
Oye, no sé si me queda mucho más tiempo, ¿cómo vamos? ¿Qué hora es? Que no lo veo bien ahí. Las nueve menos cuarto. Ah, pues en cinco o diez minutos ya me voy a tener que pirar, ¿vale?
Antes has traído a colación el pasaje bíblico de Getsemaní; coincide que hemos estado charlando sobre él ayer. Nos resultó bastante interesante la película de Mel Gibson, La Pasión. El pasaje de Getsemaní representa el calvario por el que pasa Cristo en ese momento de profunda soledad; él inserta una cosa que no aparece en la escritura, y es el diablo rondándolo. No es un diablo que le interpele, ya no le habla como le hablaría en el desierto —en el desierto no le tienta, no le dice «te daré el mundo», no le dice nada—: simplemente le observa y sonríe. ¿Exactamente qué puede decir el diablo cuando no dice nada?
Vaya, es un tema también profundo. Mira, tú piensa que el diablo, teológicamente hablando, es la ofuscación absoluta: si el alma ofuscada es el alma que se aleja de la gracia, que no entiende, que no comprende, que no actualiza, que no es quien tiene que ser —la persona ofuscada no es quien tiene que ser—, de todas las criaturas, la más ofuscada es Lucifer, convertido en Satanás tras su rebelión; Lucifer se convierte en Satanás tras su rebelión, y esta condenación, esta ofuscación, es absoluta porque él es un ángel, y, como tal, tiene conocimiento angelical —nos lo explica Jaime Balmes en El Criterio—: eso significa que es absolutamente consciente de las consecuencias de sus decisiones. Si los seres humanos fuéramos conscientes de nuestras decisiones, quizás muchas veces podríamos evitarnos según qué perezas, maldades o ignorancias; pero el diablo, no: cuando él decide enfrentarse a Dios, sabe hasta el último detalle de lo que implica eso, y aun así lo hace. Por tanto, no hay redención posible, su condenación es absoluta y su ofuscación es absoluta. Entonces, a partir de aquí, conviene asumir que el diablo, o Satanás, está en estado de carencia total: no hay ninguna criatura en mayor estado de carencia que él; hasta al hombre más ofuscado le queda todavía algo más de gracia que al demonio, que no le queda absolutamente nada. Él ha decidido, a sabiendas, una condenación total, una ofuscación total, un estado de carencia total, lo cual implica también un estado de no comprensión total: no puede comprender la realidad, porque hemos dicho que la gracia es la verdad radical, y él no puede entender ya esa verdad. De tal modo que, en esa escena, yo creo que él no está siendo consciente, no está comprendiendo lo que está pasando, que es el sacrificio supremo: cree que, de algún modo, la maldad del mundo está sometiendo al que vino a salvarle, sin ser capaz de comprender que esa sangre que se derrama es la que trae de nuevo la gracia al mundo y permite al hombre, en virtud del Espíritu Santo, merecer la gloria, merecer la gloria por sus obras. La puerta del cielo, en la tradición cristiana, se abre por la sangre del Cordero, por la sangre de Cristo.
Y es verdad que no se puede evitar —yo creo que desde el siglo XIX, a partir de El paraíso perdido, de Milton, y luego ya con Drácula y la literatura de esa índole— hacer, a veces, una cierta romantización de Lucifer: El paraíso perdido es evidente, el bello tenebroso; Drácula es el bello tenebroso; en cierta medida ya lo habíamos encontrado en el Tenorio, en el Don Juan, en El burlador de Sevilla, el bello tenebroso, el bello malvado. Pero, claro, esto se va acentuando, y entonces aparecen representaciones de Lucifer que tienen ese punto entre perturbador, inquietante y fascinante, y todo eso es falso, para mí. La mejor manera de entender al demonio son las representaciones grotescas del medievo: como un ser grotesco, carente por completo de entendimiento, de comprensión y de gracia. Está en la ofuscación total, hasta tal punto que no es capaz de reconocer que ese Cristo que está siendo torturado, azotado, en ese derramamiento de sangre, está abriendo las puertas del cielo a los hombres, que podrán, por sus obras, subir al cielo con Cristo. Yo creo que, a lo mejor, hay que mirar las cosas desde ahí.
Quizás no comprendía, en su pretensión, que quizás Cristo fagocitara en el ego y se terminara de derrumbar; quizás no comprendía esa frase que después dice: «Padre, aparta de mí esta copa; pero, si no puede ser apartada, que no sea mi voluntad, sino la tuya». Quizás eso no lo entendía. Has mencionado El paraíso perdido, de Milton: sí, es cierto, creo que hay un acierto en su obra cuando describe —al menos, enlaza mucho con cómo se estaba configurando el mundo— el infierno, y a Lucifer, en el centro, como una vasta extensión de frío y soledad. Claro, eso está bien, está muy correcto, en la que él no tiene absolutamente nada, ni siquiera a los ángeles que trae consigo.
Bueno, está muy bien dicho eso. Simbólicamente, en la tradición sapiencial se dice que el espíritu, Dios, como quieras llamarlo, es luz y calor; entonces se utiliza la imagen del sol, el sol como luz y calor, el sol eterno, Dios como sol eterno. Bien, pues el estado de carencia y el estado de ofuscación serían frío y oscuridad, un frío y una oscuridad perpetuos, que ya no siguen los ritmos del universo y que, por tanto, ya no son ni frío ni oscuridad, son la tiniebla; él está en la soledad radical, en la tiniebla radical. Entonces, hasta cierto punto, el mundo moderno, con esa idea de confundir lo importante con lo necesario y de no concebir ninguna gloria que no sea mundana y terrenal, se está abocando, sin saberlo —con una bandera, por decirlo así, con unos colores del arcoíris para taparlo— a la tiniebla, a los estados de carencia, a los estados de ofuscación. Si hay algo que caracteriza —lo hemos dicho otras veces— a la posmodernidad, la deconstrucción, el globalismo, son los estados de ofuscación: de no comprensión, de no lucidez, de no templanza, de no calma profunda, de no presencia de ánimo. Claro, no tienes ni gloria, ni ley de disciplina, ni comunidad. Entonces, no está mal esa… obviamente, El paraíso perdido es una obra poética maravillosa; debería revisitarla, la leí cuando era adolescente, que te gustan más esas cosas, ¿no?, no la he vuelto a ver casi desde que tenía veinte años, debería revisitarla. Es verdad que recuerdo haber trabajado, a veces, por temas míos, el estereotipo del bello tenebroso o del demonio romantizado, que es una cosa decimonónica: nunca antes se había romantizado al demonio, de hecho, era tratado como una figura burlesca y grotesca en el medievo, es evidente. Entonces, bueno, es otro debate que se sale un poco de estas cuestiones, pero es un tema interesante, la verdad.
De hecho, la conversación ha empezado y ha seguido su propio cauce; no sé si dará tiempo a alguna pregunta más.
Un minutillo más y ya terminamos.
Bueno, haz una breve exposición, porque vamos a pegar otro giro de 180 grados en nuestra brújula: es un tema que quiero que expliques, y que viene a colación con lo último que hemos estado hablando. Lo desarrollas en alguna charla que tienes en Acción Literaria de un Edén, y es un tema que nos encanta y nos apasiona. Tolkien, cuando escribe su obra, cuando desarrolla su Silmarillion, describe a su propio anticristo, que es Melkor, podríamos decir. Pero es que mete otro elemento, que sale de la ecuación del ángel caído: un ser al que el propio Melkor teme. ¿La araña?
Sí, un Goliat. La carencia total, sí, sí, sí, que solo quiere chupar la luz, pero no obtiene nada de ella. Bueno, es el tradicionalismo tolkieniano, no me va a dar tiempo ahora a desarrollarlo, pero hay una cosmovisión tradicional profunda en la obra de Tolkien; además, creo que es intuitiva, no deliberada, le sale de manera natural. Y en Ungoliant, en esa negrura que nunca deja de desear, que nunca deja de chupar, que nunca deja de querer tragar y tragar, y nunca se llena, está el estado de carencia total: es un buen reflejo de lo demoníaco. La ambición ciega y torturante de Melkor, que se traslada a su discípulo Sauron, y el estado de carencia constante e inagotable de Ungoliant, que es como si fuera un agujero negro en la creación: todo lo succiona. Y en esa capacidad de succionar hay una sed que no cesa. Recordad, en el budismo —alguien va a decir, ya está hablando de Buda este loco, bueno, vale— hay un concepto fundamental, que no es fácil de traducir, que se llama dukkha, que es la sed: siempre te falta algo, siempre te falta algo, siempre te falta algo, y no vas a dejar de estar así porque lo estás buscando aquí, lo estás buscando en el mundo contingente. Yo creo que es la carencia de la contingencia llevada hasta el extremo de la malevolencia, porque Ungoliant es malevolente: su estado de carencia le corrompe ya el alma por dentro, y le vuelve una malevolencia absoluta. Entonces, bueno, por eso digo que hay un tradicionalismo tolkieniano.
No, pero es que hay una carencia que nunca fue operativa en España, porque, mientras la gente en Europa se estaba suicidando tras la publicación de la obra de Goethe, Las penas del joven Werther, en España se estaban mofando, porque no comprendían que eso sucediera, y llegaron incluso a plantearse prohibir el libro.
Bueno, pues yo diría, y con esto ya voy a cerrar: fíjate, me dices que en la Alemania romántica, con la obra de Goethe, surge el suicidio, el suicidio romántico, sí, y que en España no se entiende, no se comprende que a esta gente le pase eso. España, a día de hoy, está en el top 3, top 5 de suicidios en el mundo. A finales de los años setenta era, posiblemente, uno de los lugares del mundo donde menos suicidios había; llegado el 2025, cincuenta años después, es uno de los lugares del mundo donde más suicidios hay. Que quede esto para reflexionar sobre qué ha pasado: ¿qué ha pasado? En cincuenta años, ostras, ¿de qué se ha desanclado el común de la ciudadanía española, que antes parecía impermeable a la plaga de la depresión y la desazón que ya asolaba al norte de Europa, y no había suicidios en España, y a día de hoy está en el top 5 mundial? Bueno, pues eso, que quede ahí, vamos a dejarlo para otro día, otra conversación.
Nosotros tenemos claro de dónde nos hemos desanclado. Pues nada, Gonzalo, de nuevo, infinitas gracias por acogernos de nuevo aquí, en la capital espiritual, en este punto de reunión que hemos tenido, esta devotio, en nuestro ser espiritual, como te estuvimos comentando: estamos huyendo hacia adelante, queremos enfrentarnos, nos hemos juntado aquí una banda de camaradas, un Männerbund, un Männerbund, sí, sí, estamos en esa vía, porque si no nos configuramos como dúnedain, si no nos acogemos entre nosotros, no vamos a ninguna parte. Así que, nada, Gonzalo, de nuevo, infinitas gracias.
Bueno, pues yo, encantado. Lástima no poder tener más tiempo; además, sabéis que ahora tenemos que ir juntos a la visita guiada, y yo tengo que estar ahí un poquito antes. Pues bueno, un placer enorme, y vengan cuando quieran, vengan cuando quieran.
Gracias. ¡Sancte, sancte, sancte! …CC por Antarctica Films Argentina.
DUDAS RAZONABLES
-
00:00 — «¡Veca a ti, nos tri, sáquen! ¡Sanque, potisaje! ¡Sanque! ¡Sanque!»: es el grito o salutación ritual con el que arranca el vídeo, antes de la primera palabra reconocida por Deepgram (que solo empieza a transcribir en el 00:28). Los subtítulos de YouTube y MacWhisper coinciden exactamente en esta grafía, lo que sugiere un fenómeno fonético real y no una simple errata de un único motor, pero la frase no resulta inteligible en español ni se ha podido identificar con seguridad como una fórmula latina o de otro tipo. Se ha dejado tal como la transcriben ambas fuentes, sin poder garantizar su sentido exacto.
-
52:27 — «que quizás Cristo fagocitara en el ego» / lectura original «fagotizara»: las tres fuentes coinciden en un «fagotizara» que no es palabra española. Por proximidad fonética y por el sentido de la frase (el diablo esperando que el ego consumiera a Cristo), se ha optado por «fagocitara», pero no puede descartarse que el hablante empleara otro término no identificable con las fuentes disponibles.
-
59:12 — cierre del vídeo, «Gracias. ¡Sancte, sancte, sancte!… CC por Antarctica Films Argentina»: a partir del minuto 59:12 (última palabra reconocida por Deepgram) y hasta el final del vídeo, Deepgram no transcribe ninguna palabra más, mientras que YouTube y MacWhisper sí recogen esta despedida y lo que parece un crédito de producción. No se puede asegurar si «CC» corresponde a unas iniciales, a «subtítulos» o a otra cosa, ni si todo el fragmento corresponde a una sola voz o a un añadido posterior (cortinilla o crédito) mezclado con el audio.