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Ficha

Estado

Ficha con transcripción íntegra, sin destilar todavía: existe para que el grafo pueda citarla cuando las notas de trabajo se apoyen en ella con peso.

Transcripción

Bueno, pues retomamos nuestros vídeos que hemos estado grabando durante el confinamiento. Ahora ya estamos en desescalada; nos hemos venido a un sitio bien bonito para grabar. Y fijaos que grabamos tres vídeos: el primero se llamó La vía de la acción; el segundo, Cabalgar el tigre; y el tercero, El camino iniciático. Bien, pues estos tres vídeos, al final, remitían en gran medida a una idea crucial en la tradición sapiencial, que es saber diferenciar lo importante de lo necesario. Lo necesario es, obviamente, todo lo que tiene que ver con la propia supervivencia física del sujeto y con toda la dimensión socioeconómica o económico-técnica de la vida, ¿verdad? Eso es lo necesario, pero no es lo importante. Como decíamos en un vídeo anterior, es necesario respirar, comer, dormir o vestirse, pero a este mundo no venimos ni a respirar, ni a comer, ni a dormir, ni a vestirnos. Eso es necesario, pero no es lo importante.

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Lo importante, en la tradición sapiencial, es el autoconocimiento, el gobierno de nosotros mismos, la madurez, entendida precisamente como ese nivel de señorío o gobierno sobre nuestra propia persona. Ese saber estar más allá de nuestra propia ofuscación, alienación, necedad, bajeza, vileza. Ese poder decir, como dice el poeta, «soy capitán de mi alma, soy dueño de mi destino, mi ser interior es inconquistable». Bien, esto es fundamental en el pensamiento tradicional, en la tradición sapiencial: lo importante y lo necesario.

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De hecho, a partir de aquí se deriva una ética, y es que la integridad y la coherencia tienen que ver con que tu vida en el mundo de lo necesario sea continuación o proyección de tu vida en el ámbito de lo importante. De algún modo, que tu circunstancia sea reflejo del trabajo que haces en el ámbito de tu esencia. Lo esencial es lo importante; lo circunstancial haría referencia a lo necesario. Bien, hay una llamada a una ética, a una integridad y a una coherencia en ese diferenciar lo importante de lo necesario, en ese diferenciar el nivel del autoconocimiento y el gobierno de nosotros mismos, y el nivel de la consecución de la supervivencia física, el bienestar material, la paz social y demás.

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Bueno, todo esto no es una divagación, pero sí que es un poco volver a temas que hemos tratado en los vídeos anteriores. A dónde queremos llegar ahora, en este cuarto vídeo, es a que lo importante es el argumento mismo de la vida, y su consecución última es la obtención de una mente esclarecida, un corazón noble y una vida auténtica. Es la consecución de ese señorío interior y de la ética que deriva de ese señorío interior, sabiendo que aquí se puede fallar, que es mucho más fácil decirlo que hacerlo, y que, igual que se puede fallar y equivocarse uno, se puede rectificar y se puede aprender. Bien, siendo esto el panorama general —no sé si a lo mejor he resultado reiterativo, pero siendo este el panorama general de lo que venimos tratando en estos vídeos—, yendo al ámbito de lo más concreto, hay que plantearse a qué está haciendo referencia, a efectos prácticos, la consecución de lo importante. A lo que está haciendo referencia es a lo que Swami Muktananda, un maestro de la tradición de época contemporánea, llama «el misterio de la mente». La conquista de uno mismo, el gobierno de uno mismo, tiene que ver con entender, comprender y saber gestionar nuestra propia mente. Fijaos lo que dice Swami Muktananda en un libro interesantísimo que hemos podido estar leyendo durante estos días de confinamiento; nos sirve un poco de guía para este vídeo. Fijaos, dice:

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«La mente es el misterio de la vida humana. Puede ser el jardín de la alegría o el camino secreto a la muerte. Nos puede mostrar el cielo o nos puede llevar al infierno. La mente tortura a todo el mundo, a ricos y pobres, hombres y mujeres, escritores y científicos, políticos, hombres de negocios y profesores. Una persona es infeliz porque no le gusta su trabajo, mientras que otra es miserable porque teme a la muerte. Uno sufre porque no tiene esposa, mientras que otro se muere de celos porque su esposa es bella y tiene miedo a que se la quiten. En los países desarrollados del mundo, la gente tiene suficiente comida, ropa, educación y riqueza; tiene suficiente de lo necesario. Y, sin embargo, hay tanto sufrimiento mental que el número de psiquiatras, terapeutas y hospitales mentales aumenta constantemente. La verdad es que es raro encontrar a una persona que no tenga problemas con su mente. A pesar de ello, la misma mente que es la causa del sufrimiento es la herramienta que tenemos para alcanzar la felicidad.» Y aquí viene lo bueno, dice: «Aquel que de verdad ha comprendido la mente y la tiene bajo su control vive plenamente dichoso. Aquel que ha hecho a su mente pura, fuerte y tranquila puede lograrlo todo.»

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Y, después, dice —Muktananda forma parte del Sanatana Dharma, su tradición es la tradición hindú— que en la India hay muchos libros sagrados: los cuatro Vedas, las 108 Upanishads, los 18 Puranas, los seis sistemas filosóficos. Dice que estas escrituras hablan muy poco de alcanzar a Dios; en lugar de eso, se dedican casi completamente a describir diferentes modos de purificar, calmar y gobernar la mente. Es interesantísimo pensar que el Sanatana Dharma, la tradición hindú, siendo quizás la más antigua de la humanidad, básicamente gira alrededor de eso, del control y el dominio de la mente, entendido dicho control como la herramienta fundamental para el gobierno de uno mismo, para la conquista de nosotros mismos.

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En este sentido, lo que se está planteando aquí es que el problema radical del ser humano es el yo y la mente: el yo central, que tiene que gobernar y dirigir nuestra persona y nuestra vida, y nuestra mente, que nos aliena o nos ofusca. Es el problema de la plenitud del sujeto que se ha hecho dueño de sí, y la alienación del sujeto que es víctima constante de su propio burbujear mental. Entonces, lo que establece la tradición sapiencial —y espero estar explicándome— es que hay un yo interior, un yo central, llamado a tener soberanía, capacidad de discernimiento entre ese yo central y el vaivén mental, todo ese burbujear psicoemocional que tanto nos distrae, nos atormenta o nos aliena.

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Es como una antropología, es un giro antropológico el que plantea la tradición sapiencial, donde el hombre no es solo cuerpo y mente, sino que es cuerpo, mente y espíritu. El espíritu es el yo central, el yo esencial, y en él está la lucidez, la cordura, el entendimiento, la grandeza de alma, la nobleza de corazón, la fuerza interior, el valor, el coraje, siendo que el ejercicio de discernimiento entre nuestro yo central y nuestra mente —el burbujear psicoemocional de nuestra mente—, ese ejercicio de discernimiento, de descondicionamiento, es el que realmente nos hace libres, el que realmente nos hace fuertes, el que realmente nos hace poderosos. Y es que es interesante hasta qué punto la tradición sapiencial gira alrededor de cómo ser fuerte y poderoso. Si alguien me dijera: «Oye, ¿de qué va eso de la tradición sapiencial?», bueno, pues va de ser sabio, fuerte y valiente. Esa sabiduría, esa fuerza y esa valentía derivan de la libertad de quien ha sabido descondicionarse de su burbujear psicoemocional, del burbujear de su mente.

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A partir de aquí, la idea fundamental, entonces, es que el hombre libre, el dueño de sí, vive en estado de esencia presente. Su esencia no está ni alienada, ni ofuscada, ni sustituida por su mero discurrir mental; la mente ni le aliena ni le ofusca. Dicho esto, podríamos decir que la tradición sapiencial lo que plantea, entonces, es el cultivo de lo que se ha venido a llamar el estado de presencia: vivir en estado de esencia presente, de un yo central presente, que nunca se deja arrastrar, alienar u ofuscar por el burbujear mental. La consecuencia de esto es la figura que en el estoicismo se señala con la idea de la autarca, la figura de la autarca, el señor de sí. En la tradición occidental, el estoicismo nos habla de la autarquía, del señor de sí. Fijaos que en la tradición oriental usan la imagen de la auriga, de la auriga que va en su carro, ¿verdad? El carro, con sus ruedas y sus engranajes, es nuestro propio cuerpo. Los caballos son la mente; son dos caballos, el del apego y el de la aversión. El auriga es el yo central que tiene que gobernar, y las riendas que dirigen ese caballo son la lucidez, la conciencia, el entendimiento, también el honor, la nobleza, el valor, la grandeza de alma, la fuerza interior. El argumento de la vida es ser un buen auriga, es gobernar y dirigir el carro de nuestro cuerpo y nuestra mente para llevar nuestra vida y nuestro ser a la plenitud, a la fuerza y la libertad.

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Ahora, todo esto es mucho más fácil decirlo y explicarlo que hacerlo. Todo esto es más que una explicación conceptual; trato de hacerlo en términos de lenguaje contemporáneo, sin apelar tampoco a términos propios de la tradición. Pero la cuestión es que esto es bastante más difícil de hacerse que de explicarse. Claro, la pregunta es: oye, ¿y esto cómo se consigue? Bueno, pues la única manera de conseguirlo es someterse a un sadhana —se dice en el Sanatana Dharma— a una disciplina espiritual. Una disciplina espiritual que, como en otros vídeos he explicado, es hacia adentro y hacia afuera.

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La disciplina hacia adentro tiene que ver con la meditación, con la autoobservación, con la comprensión de nosotros mismos, el saber observarnos dentro de nosotros mismos, cómo muchas veces las emociones no son sino aldabonazos, altavoces de procesos interiores que tienen que ser refinados, comprendidos y purificados. También tiene que ver con una disciplina del deber y no del derecho. Se podría decir que el Sanatana Dharma no entiende de derechos humanos, entiende de deberes humanos; es una ética del deber. Y, a partir de ahí, también hacia afuera, es una ética del honor, la lealtad, el respeto, el perdón, la gratitud, la vocación de aprendizaje. El honor, el respeto, la lealtad, el perdón, la gratitud, el aprendizaje, la meditación, la autoobservación, la autocomprensión, la disciplina del deber y no la reclamación de derechos: la vida noble, como una vida de deberes y no como una vida de derechos.

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Y, a partir de aquí, quizás el punto de partida siempre es la meditación. Y habría que decir que de meditación podéis encontrar infinidad de tutoriales y vídeos en internet; no voy a estar yo ahora aquí explicando una guía meditacional. Pero fijaos que la meditación, básicamente, tiene que ver con una idea de conciencia testigo: una conciencia capaz de ser testigo y observar los propios procesos mentales. La herramienta de esa conciencia testigo es la atención. A través de la atención en nuestra propia respiración, en nuestros propios procesos mentales, haces ese ejercicio de discernimiento y de descondicionamiento; te descondicionas del propio burbujear de la mente y empiezas a tener señorío, libertad y gobierno de ti.

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Fijaos que voy a hacer entonces otro par de lecturas de este libro que pueden ayudarnos a entender lo que estoy queriendo decir, del libro de Muktananda. Dice así, un segundito, lo tengo acá. Dice: «La verdad es que si la mente no está en buenas condiciones, si no está disciplinada y controlada, entonces, a pesar de lo que uno posea en este mundo, la persona sufrirá. La enfermedad mental no es más que el estado en el que se encuentra una mente cuyos pensamientos han quedado fuera de control. Puedes tener una buena familia, una buena esposa, una gran riqueza, pero si tu mente no está bajo control, estas cosas no te aportarán satisfacción verdadera. Pero si tu mente está dominada y en paz, si te permite dormir por la noche sin la ayuda de pastillas, entonces eres rico, aunque no poseas nada.»

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También, en la misma línea, Muktananda nos dice lo siguiente: «La mente convierte la determinación en duda y transforma el valor en cobardía. En un momento está feliz, y al momento siguiente es miserable. Durante un tiempo considera que algo es muy bueno, pero pronto empieza a pensar que la misma cosa es mala. La mente nunca está satisfecha. Un día está feliz mientras paseas con un amigo, y al día siguiente te hace llamar a ese mismo amigo para decirle: nuestra relación ha terminado, no tengo ganas de estar contigo nunca más. En realidad, todos nuestros sentimientos y actitudes surgen de la mente. El hombre es aquello que piensa.» Fijaos hasta qué punto, entonces, la mente es un arma de doble filo, y, como explica aquí Muktananda, nos puede realmente arruinar la vida.

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Pero, igual que nos arruina la vida, cuenta Muktananda aquí una anécdota que a mí me impresiona bastante, sobre el poeta hindú Kavi Vinayaka, que era amigo suyo, era santo y poeta. Entonces dice que a Kavi Vinayaka se le desarrolló un tumor canceroso en el brazo, y sus discípulos intentaban persuadirle de que se lo hiciera extirpar, hasta que al final él accedió a que le operaran. Cuando llegó el momento, no dejó que los doctores le dieran anestesia; se sentó en una silla y, mientras los doctores operaban el cáncer, él hablaba tranquilamente con sus discípulos. Los doctores le dijeron que no hablara, pero él les dijo: «Vosotros haced vuestro trabajo, que yo estoy haciendo el mío.» Mientras hablaba con sus discípulos, los doctores terminaron la operación. Más tarde le preguntaron que por qué no había sentido ningún dolor, que cómo había conseguido que lo operaran sin anestesia, y dijo: «No experimentas felicidad o infelicidad debido a las circunstancias externas. Ni la fragancia ni el hedor pueden afectarme si yo no soy consciente de ellos. Debe haber un conocedor que experimente el dolor y el placer; de lo contrario, ¿quién los experimentará?»

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Fijaos hasta qué punto el sadhana, la disciplina espiritual del control y dominio de uno mismo, te puede hacer poderoso. Posiblemente nada te va a hacer más fuerte, nada te va a hacer más poderoso, nada te va a hacer más libre que una mente enderezada, hasta el punto de que aquí tienes cómo alguien es operado de un tumor en el brazo, se le opera sin anestesia y como si nada. No es la única anécdota que podemos encontrar en este sentido. Recuerdo a Salvador Pániker, que en una entrevista en televisión contaba cómo había visto cómo a un brahmán en la India le sacaban una muela, en una carnicería de esas que te hace a veces un dentista en la boca; le sacaban una muela y se la sacaban sin anestesia, y este señor ni se inmutaba. Tal era el dominio y gobierno que tenía de sí. Por eso la disciplina espiritual de la meditación, el autoconocimiento, la disciplina interior del deber, del señorío y el gobierno de nuestra propia persona, es lo más importante. El argumento de la vida es ser fuertes. Y nada te hace más fuerte que esa disciplina de quien dirige y gobierna su propia mente, de quien es capaz de descondicionarse del burbujear psicoemocional que todos llevamos dentro, ¿verdad?

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En definitiva, creo que podríamos decir que, si la tradición sapiencial, a través de La vía de la acción, Cabalgar el tigre y El camino iniciático, nos llevan a saber diferenciar lo importante de lo necesario, y si lo importante es ese señorío y gobierno de nosotros mismos, este señorío y gobierno de nosotros mismos solo es posible a través del sadhana, de la disciplina espiritual, de la meditación y la ética del deber, sabiendo que es mucho más fácil todo esto decirlo que hacerlo, y que, por tanto, te equivocarás, fallarás, cometerás errores, y tendrás que aprender, rectificar y aplicarte el cuento. Por eso tampoco es exagerado decir que hay dos tipos de personas: las personas que están trabajadas, las personas que se han trabajado en el ámbito interior de esa disciplina, de ese sadhana, y las personas que no. Las personas que apenas están trabajadas apenas merecen la pena. Si bien es verdad que yo creo que no hay nadie, nadie, a quien, al final, la vida no le dé un golpetazo y le haga recordar una de dos cosas: o que tenía ese sadhana pendiente que trabajar, y que hay cosas de su personalidad que tiene que refinar y disciplinar, o que directamente estaba olvidado de cuál era el verdadero argumento de la vida.

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