Topology
- Authored by: gonzalo-rodriguez-garcia
Ficha
- Autor: Gonzalo Rodríguez García
- Formato: vídeo, canal La Forja y la Espada (YouTube)
- Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=aldCWGmdVag
- Duración: 1:32:24
- Transcripción: cotejada entre subtítulos de YouTube, MacWhisper (whisper large-v3) y Deepgram Nova-3 (diarizado); corregida a mano el 2026-08-10.
Estado
Ficha con transcripción íntegra, sin destilar todavía: existe para que el grafo pueda citarla cuando las notas de trabajo se apoyen en ella con peso.
Transcripción
Buenas a todos. Nos hemos desplazado a las hispanas tierras de Toledo, de hecho en un enclave espectacular con vistas a la ciudad sagrada de nuestro país, para reunirnos con Gonzalo Rodríguez. Gonzalo Rodríguez, para los que no lo conozcáis, es doctor en historia, tiene además una tesis doctoral bastante interesante, que si tuviera suficiente cerebro ya me la habría leído, tratando sobre, corrígeme si me equivoco, la tradición guerrera en la España céltica. La tradición guerrera en la España céltica, eso es. Es un gran divulgador de contenido, de hecho estudioso y experto en la tradición sapiencial. Tiene un gran recorrido en redes como YouTube, en su canal El Aullido del Lobo y La Forja y la Espada. Además, colabora en otros canales como Acciones Literarias Dúnedain. Además, tiene una empresa de paseos en Toledo, Paseos Toledo Mágicos, la cual recomiendo encarecidamente a todos los que quieran conocer realmente la magnitud de una ciudad como Toledo.
Estamos aquí para presentarles ciertas cuestiones que nosotros creemos de suma importancia en la carrera de las armas, como puede ser el actual problema nihilista, el actual problema de carencia de la fe, los conflictos futuros, cuáles pueden ser nuestros puntos flacos, más allá del materialismo de la instrucción, la falta de materiales, contra un enemigo que todavía no ha presentado cara, todavía incorpóreo, pero que sin duda tenemos a las puertas. Y vamos a comenzar con una pregunta simple, directa: ¿qué es un guerrero?
Vamos a ver. Como has comentado, yo me muevo en las coordenadas del tradicionalismo, del tradicionalismo perenialista. El tradicionalismo perenialista es una cosmovisión tradicional integral, casi metahistórica, donde hay una serie de categorías que de manera absoluta permanecen en un plano metafísico que el plano físico refleja, recoge, encardina o encarna. No sé si hasta aquí me he explicado, pero que sirva muy sintéticamente para saber desde qué ángulo estudiamos nosotros las cosas. Bien, pues desde dicha cosmovisión tradicional, desde el tradicionalismo absoluto, integral, el guerrero es una parte fundamental de la naturaleza humana. El guerrero es un arquetipo, una idea fuerza. Es en el Sanatana Dharma, en la tradición hindú, que yo os traigo muchas veces a colación por ser la tradición más antigua que más largo tiempo se mantuvo viva e inalterada, el chatria es la casta guerrera: servir y proteger.
El guerrero es un arquetipo que consagra su existencia, por un lado, a la asunción de la muerte, a la asunción de la contingencia, a la asunción de la limitación y, por tanto, la asunción de la vida como lucha y como combate. Una lucha y un combate que tiene, por un lado, una dimensión externa y material: servir y proteger, servir y proteger. La fuerza del guerrero está al servicio de aquellos que carecen la fuerza para defenderse. Servir y proteger. Pero es un servir y proteger que responde a un ideal espiritual: la patria, la tradición, la trascendencia, el linaje. Servir y proteger, patria, tradición, linaje. Y si esa es la acción hacia afuera del guerrero, hacia adentro es mucho más profundo incluso. Porque hasta el más humilde zapatero estaría llamado a integrar en su vida la ética del guerrero, las enseñanzas espirituales del arquetipo del guerrero, lo que yo llamo cuando escribo sobre estos temas el guerrero espiritual. Esto es la cruzada interior, la defensa interior, la articulación de la personalidad. Frente a la personalidad que deriva del temor y del apego, de la duda, de la obsesión, del mero psiquismo del campo mental, hay una disciplina interior que articula al sujeto por dentro. De algún modo, permite disciplinar la mente, disciplinar el cuerpo, disciplinar la palabra, disciplinar la acción.
Entonces, el guerrero, en ese sentido espiritual, no es ya la casta guerrera, servir y proteger tradición, patria y linaje, sino que además el guerrero trasciende, digo, la profesión, la casta, y se traslada a una enseñanza espiritual universal. Hasta el más humilde zapatero tiene que saber confrontar su vida con las enseñanzas del guerrero, que suponen toda esa dimensión, que supongo que hablaremos después, relativa al honor, el valor, el coraje, la disciplina, la rectitud de palabra, la rectitud de pensamiento, la rectitud de acción. No puedes vivir en un campo mental indisciplinado. Tienes que ser una persona en este sentido disciplinada, purificada, donde lo que tu mente proyecta sobre la realidad es pura objetividad. Tienes una actitud impersonal, desapasionada, entregada y al mismo tiempo distanciada. Esa frialdad que se reivindica en todas las tradiciones espirituales para la acción guerrera. El guerrero tiene que saber luchar en estado de presencia. Bien, pues eso mismo te lo aplicas a ti en esa dimensión espiritual del arquetipo del guerrero. Y no sé si me he explicado, que siempre que hablo de estas cosas yo creo que acabo enrollándome.
Sí, además, eso que explicaba se integra bastante bien con la concepción actual de la idea de guerrero. Pero claro, ese concepto metafísico de lo que es un guerrero, que es un común, se repite a lo largo de la historia y a lo largo del globo. No nos vamos a ir a un sitio y se pueden encontrar matices, pero un guerrero es un guerrero. Y cuando se habla de guerrero se viene perfectamente a la cabeza lo que es, porque está escrito.
Pero un guerrero, ¿nace o se hace? Vamos a ver. En lo que tenga que ver con el chatria, con la casta guerrera, con servir y proteger, se nace con dicha vocación. Naces con una predisposición, con una ecuación personal que te lleva a integrarte en la casta guerrera. Recordad las cuatro castas, ¿verdad? El brahmán, el chatria, el vaisia y el sudra. El guardián de la tradición como sabiduría, como espiritualidad, como conocimiento; servir y proteger a dicha tradición, a la comunidad y al linaje, el chatria; el vaisia, producir los bienes, organizar la logística que permite la prosperidad y el sustento; y el sudra, la fuerza de trabajo que sostiene la acción del vaisia, el que articula la producción. Entonces, estas cuatro castas, que son fundamentales en la cosmovisión tradicional, tienen en el chatria un elemento clave, porque el brahmán y el chatria van unidos. Por decirlo así, el druida y el guerrero van unidos. Son los guardianes de la comunidad y de la tradición de dicha comunidad. Son los guardianes de la cosmovisión que informa dicha comunidad y al mismo tiempo los guardianes de la propia vida material de dicha comunidad. El vaisia y el sudra son los que dan el sustento.
Bien, pues fijémonos: puedes nacer con la vocación, con la ecuación de servir y proteger, con la del guerrero. Si no te la orientan bien, es posible que acabes mal. Cuanto más pura es esa vocación, si no se te orienta puedes acabar metido en problemas, puedes acabar siendo un macarra o puedes acabar siendo un mamarracho. Pero si te organizan bien, acabas viviendo para servir y proteger patria, tradición y linaje. Bien, ese es el guerrero que nace. Pero luego, hemos dicho, se hace, sí, se hace. Por un lado, porque el que nace con la vocación la tiene que desarrollar, y por otro lado, porque si hay una imagen paradigmática, arquetípica o, por decirlo así, metafísica del guerrero, esa ya corresponde a todos. Ya sea el brahmán, ya sea el chatria, ya sea el vaisia, ya sea el sudra, todos están llamados a hacer de las enseñanzas de la tradición guerrera elemento fundamental en la articulación de su personalidad. Y entonces hay un guerrero que nace, que formará parte de la casta guerrera, de los chatrias, y hay un guerrero que se hace, que da igual en qué lugar de la sociedad esté, tiene que saber encardinar su personalidad con las enseñanzas de dicha tradición.
Donde aparece, por encima de todo, el sentido del deber, la entrega al bien, la verdad y la belleza, como dice Platón. El bien, la verdad y la belleza. Una idea muy clara de la verdad, el honor y el valor. La verdad, el honor y el valor. Y al mismo tiempo un elemento que muchas veces se olvida de la tradición guerrera, que es la fe total. El guerrero no puede dudar. El guerrero sabe que en esta vida está de paso, que el protagonista primero de su existencia será la muerte, que todo lo que busca, que quiere o que acumule lo perderá el día que fallezca. O es capaz de galvanizar dentro de sí una especie de mónada invicta, esfera invicta de luz, conciencia, presencia, poder, valor o coraje, o habrá pasado por la vida sin enterarse de nada.
Esa dimensión interior de ese arquetipo del guerrero, del guerrero como guerrero espiritual, eso ya ataña al conjunto de la sociedad. Y una sociedad sana es la que traslada la ética guerrera al conjunto de la sociedad, no solo a los que ejercen dicha profesión, no solo al chatria, sino que al conjunto de la sociedad se le trasladan las enseñanzas espirituales de la tradición guerrera. Y entonces aparece una sociedad de personas muy fuertes, muy unidas, muy entregadas, muy capaces de trascender su individualidad, es decir, capaces de actuar en un estado supraindividual. Me da igual si tengo miedo, me da igual si tengo frío, me da igual si tengo calor, me da igual si estoy alegre o me da igual si estoy triste. Lo que debe ser hecho, debe ser hecho. Esa es una de las vías predilectas del guerrero, ¿verdad? Lo que debe ser hecho, debe ser hecho. Trasciendo mi yo. Mi yo tiene miedo, mi yo tiene apego, mi yo está alegre, mi yo está triste. Bien, a mí mi yo me importa un pleno. Yo tengo órdenes y las cumplo. Y me da igual si tengo frío, si tengo calor, si estoy triste o si estoy alegre. Lo que debe ser hecho, debe ser hecho.
Bien, pues eso que es un pilar fundamental de la tradición guerrera es el karma yoga de los guerreros de Arjuna, ¿verdad? Que es el guerrero que duda. El guerrero que duda y al que Krisná le dice: no dudes. El guerrero no duda. Lo que debe ser hecho, debe ser hecho. Te da igual el llanto, te da igual la alegría. Lo que debe ser hecho, debe ser hecho. Bien, pues esa enseñanza de la tradición guerrera es la que sí que debe trasladarse al conjunto de la sociedad, no solo al chatria, no solo al profesional, no solo al que entrega su vida profesionalmente a servir y proteger, sino al conjunto.
El mundo moderno se caracteriza no solo por dinamitar los arquetipos tradicionales, el druida, el guerrero, el villano, el comerciante, los dinamita, los hace saltar por los aires, sino que además niega las enseñanzas espirituales de la tradición guerrera. Es decir, a los jóvenes no se les habla del honor, ni de la verdad, ni del valor, ni del compromiso con la patria, la tradición y el linaje. Ni se les habla de: trasciéndete a ti mismo, adopta una actitud supraindividual. Mírate al espejo y di: chaval, tú que estás ahí enfrente, en el espejo le dices, no vas a reír, no vas a llorar, vas a aprender de carrerilla, yo te voy a enseñar. Y entonces me va a dar igual si estás triste o si estás alegre, y me va a dar igual si tienes frío o si tienes calor, o me va a dar igual si tienes miedo o si tienes apego, porque lo que tienes antes que nada son órdenes. Órdenes que cumplir al servicio del bien, la verdad y la belleza. Al servicio del Dharma, se diría en la India. Es un concepto muy profundo, que en gran medida está también en la Grecia antigua, cuando se habla del areté, cuando se habla de la hexis, cuando se habla del propio concepto de cosmos, el propio concepto de polis, está vinculado también a estas ideas.
Bien, pues la tradición guerrera, por un lado, es el chatria, pero por otro lado es una ética y una espiritualidad que debe trascender el marco profesional del chatria y empapar a toda la sociedad. Y especialmente empapar a la juventud. La juventud es la que tiene que resonar con más intensidad con el arquetipo del guerrero, aunque luego profesionalmente seas un guía turístico, aunque luego profesionalmente seas un humilde carpintero, aunque luego la vida te salga un poco mal y hayas estado dando tumbos, dando tumbos de un lado a otro. Sin embargo, no perdiste la brújula de los valores de la tradición guerrera.
Claro, pero es que en esa tradición el héroe, cuando completa su viaje, vuelve a la sociedad de la que partió y la cambia con la experiencia que ha recibido en su viaje, que daría, por ejemplo, paso como nuestros grandes escritores del Siglo de Oro cambiaron la sociedad a la que volvieron tras venir de donde venían, que era la de la guerra.
Bueno, vamos a ver, es que aquí estamos entrando en un ámbito precioso, que es el viaje del héroe. El viaje del héroe es una estructura narrativa arquetípica que existe a priori en la mente humana. El viaje del héroe no es una creación de la fantasía humana, es una estructura a priori que tiene la mente humana para contar las cosas. Esta estructura del viaje del héroe la conocemos todos; ha sido descubierta, fue descubierta, sistematizada, por Joseph Campbell, el autor estadounidense, con su famoso libro El héroe de las mil caras. Bien, pues el viaje del héroe es una estructura narrativa arquetípica, con el héroe que está en inconsciencia, no sabe que tiene misión, tarea y destino, recibe la misión, la tarea y el destino y emprende la marcha. Y pasa del mundo ordinario, del mundo común, al mundo de la aventura, de la tarea, de la misión, de la cruzada. Y al completar la misión, la tarea y la cruzada, vuelve al mundo ordinario, pero él vuelve cambiado, ya no es el mismo. Se podría decir que ha vivido una especie de elevación ontológica de la personalidad. Ya no es un mero individuo con temores y apegos, me gusta, no me gusta, quiero, no quiero, sino que es alguien totalmente imbuido de un deber, de una verdad que ha hecho suya. Entonces él ya no es simplemente fulanito, sino que ahora fulanito es el canal por el que circula el bien, la verdad y la belleza.
Entonces, esa prueba que aparece en el viaje heroico y que le hace regresar, esa estructura narrativa, resulta que está presente en la vida real. En la vida real —has hablado de los autores del Siglo de Oro—, en la vida real la élite cultural y espiritual de una sociedad está integrada por hombres y por mujeres capaces de hacer el recorrido completo del viaje del héroe y volver de la batalla, de la aventura o de la cruzada con ese aprendizaje que eleva espiritualmente a su sociedad, que eleva y galvaniza en un horizonte ideal a dicha comunidad. Un ideal, en este sentido, que tiene que ser de carácter espiritual trascendente. Esto es: recuerdo de la muerte y grandeza del alma. Recuerdo de la muerte y grandeza del alma frente a la muerte. Esto es una clave fundamental de la cosmovisión tradicional. Eso está presente en el viaje del héroe, en esa narración arquetípica del viaje del héroe. Entonces, efectivamente, en la tradición guerrera, y no ya en la profesión de la guerra, en la tradición guerrera en cuanto guerrero espiritual, el viaje del héroe está presente. El ser humano está llamado a hacer ese viaje. Y efectivamente, cuantos más hombres y mujeres en su vida personal son capaces de hacer ese recorrido, más son capaces de traer de vuelta a su comunidad los tesoros que se consiguen por vencer al dragón.
Claro, la tradición española es muy interesante. Como autores como Cervantes, Lope o Calderón, tras su juventud en la milicia, se convierten en creadores de una tradición popular. Recordad: la literatura española del Siglo de Oro no es sofisticada, no es intelectual, no ocurre en una torre de marfil, es popular, de hecho tiene que ver muchas veces con el teatro, y esa cultura popular acaba galvanizando a la sociedad en una elevación cultural, espiritual, alrededor de esa poesía, de ese teatro, de esa novela, ¿verdad? Pues bueno, el caso de España, la verdad es que sería paradigmático, es muy interesante, ¿no? Podríamos desarrollarlo… No, no, no, Cervantes, su mayor tesoro, no su brazo.
El lugar natural del guerrero se puede decir que es el campo de batalla, pero actualmente, y lo estamos viendo de manera acusada con las nuevas narrativas posmodernas, ya no solamente el campo de batalla es el lugar donde el guerrero combate, y menos si tenemos esta percepción de esa idea metafísica del guerrero. Nosotros, desde El Empecinado, nos gusta mucho referirnos a esos tres combates en los que libramos nuestra batalla en la vida: el combate armado, el combate físico y el combate espiritual. Comprendiendo así el combate armado, el que tiene que desarrollar obviamente con las armas, en el que debe instruirse, como decían también los samuráis: no, solo tengo mi espada. No, nosotros no solamente tenemos nuestra espada, también tenemos que desarrollar nuestro combate físico: tengo que estar fuerte, tengo que estar instruido, tengo que estar sano. Y luego, además, tengo el aspecto espiritual que lo integra, tenemos el combate espiritual. ¿Cómo actualmente, hoy en día, tal y como están las cosas, un guerrero o una persona operativa integra en sí estos tres combates?
Bueno, son fundamentales. Lo he tratado en alguna otra conferencia que creo que conocéis: enseñanzas espirituales de la tradición guerrera. Quien se atreve, gana, who dares wins, que se dice en inglés. Y vamos a ver, esos tres niveles. Es decir, si asumimos que hay unas enseñanzas espirituales de la casta guerrera que trascienden a la casta guerrera y que pueden impregnar a toda la sociedad, esas enseñanzas versan sobre la idea de combate: la vida como combate, la vida como lucha, como cruzada, como guerra. Y en esta guerra, en este combate, esos tres niveles: la espada, el cuerpo y el espíritu. Bien, pues esto te lo puedes aplicar a tu vida personal. Tú tienes que saber que tu cuerpo tiene que estar sano y fuerte y bien alimentado. No puedes ser un degenerado, no puedes ser un borracho, no puedes ser un drogata, pero tampoco puedes ser un adicto a los carbohidratos. Tienes que saber comer, tienes que saber madrugar, tienes que saber organizarte con los ritmos circadianos del sol, tienes que armonizarte con la naturaleza, porque tu cuerpo es pura naturaleza y tienes que saber armonizarlo con la naturaleza. Entonces hay una disciplina física.
Luego dices: no, ¿cuál es mi espada? Bien, pues tú tienes que saber cuál es el don, la cualidad que se te ha dado. ¿Cuál es el elemento que se te ha dado diferenciador en el que eres fuerte? Ya sea porque eres de ciencia, ya sea porque eres de letras, ya sea porque eres un gran deportista, ya sea porque eres un gran estudioso, no lo sé, ya sea porque tienes un don de gentes o un carisma deslumbrante, no lo sé. Recuerda cuál es tu espada y aprende a afilarla y a manejarla. Es decir, tienes que saber cuáles son tus dones y ponerlos a tu servicio: disciplinarlos, entrenarlos, afilarlos. Y luego, por supuesto, la lucha espiritual, que es lo más importante. ¿Quién manda? Esa es la pregunta que te tienes que hacer. ¿Quién manda en esta cabeza? ¿Quién manda en esta persona? ¿Quién manda en esta vida? ¿Quién manda en Gonzalo? ¿La pequeña biografía de Gonzalo, la pequeña historia? Cuando era niño, luego me hice joven, no sé qué, me fui de casa, este trabajo, este otro. La pequeña historieta que cada uno tiene y que mayormente es diminuta. ¿O quién manda? El bien, la verdad y la belleza. ¿Quién manda? Pensar recto, hablar recto, actuar recto. Lo he dicho antes: mírate al espejo y di, ni vas a reír ni vas a llorar.
Vas a aprender de carrerilla, yo te voy a enseñar. Y lo primero que voy a disciplinar va a ser mi mente, y después voy a disciplinar mi cuerpo, y luego voy a disciplinar mi palabra. Entonces, creo que esos tres niveles que se aplicarían en la profesión de la guerra —el campo de batalla físico, el campo de batalla armado y el campo de batalla espiritual— son trasladables de manera metafórica, como alegoría, a tu propia persona. Tendrás que disciplinar tu cuerpo, tendrás que disciplinar tus armas y tendrás que disciplinarte espiritualmente. El cuerpo es, obviamente, lo que tienes, lo que hay que cuidar: es tu soporte, es tu caballo, ¿verdad? Luego, esa arma, esa espada o esa ametralladora, por decirlo así, o la artillería: ¿cuál es mi artillería? Tienes que hacer un ejercicio de autoconocimiento. ¿En qué soy fuerte? ¿En qué soy bueno? ¿Qué cualidades tengo? Pues a por ellas, las tengo que refinar al máximo. Y finalmente: ¿quién manda en mí?
Muchas veces, cuando se habla de espiritualidad, yo hablo todo el rato de ese tema y nunca sé si me explico del todo, porque a veces pienso que no hago más que palabrería, joder. Pero, ostras, espiritualidad al final significa quién tiene autoridad, jerarquía y orden sobre esta cabeza. Vivimos en nuestra mente, vivimos en nuestra personalidad, en nuestro psiquismo. Bien, ¿eres capaz de establecer un principio de autoridad, jerarquía y orden en tu campo mental? ¿Eres capaz o no de establecer un principio de autoridad, jerarquía y orden en tu psiquismo? Porque si no eres capaz de hacer eso, eres un esclavo. De hecho, peor que eso, eres un niño pequeño que ha crecido en un cuerpo ya grande, y eso se tiene que acabar. Madurar es decir: mando yo. Madurar es decir: esto lo pienso, esto no lo pienso; esto es verdad, esto no es verdad; esto es recto, esto es torcido. Saber diferenciar lo verdadero de lo falso, lo recto de lo torcido, el camino del desvarío. Y entonces la disciplina espiritual, en la cual siempre hay un elemento al final de humildad respecto de la muerte, de la vejez, de la enfermedad, de la contingencia, y una humildad respecto de ti mismo. Es decir: si tengo que contar solo con la pequeñez que es este Gonzalo o este fulano o este mengano, voy jodido. Ahora, si hay algo en mí que no es meramente la diminuta biografía de Gonzalo, de fulano, de mengano, la cosa cambia.
Tú tienes que hacer ese ejercicio de conexión interior que trasciende tu individualidad, que te lleva a eso que llamo yo una elevación ontológica, supraindividual, de la personalidad, donde adquieres estados de lucidez, de conciencia, de presencia, de comprensión, de empoderamiento interior, que se dice, de libertad, de libertad respecto de tu alma, de libertad respecto de ti mismo. Es decir, solo eres libre si consigues que tu yo te obedezca. Solo eres libre si consigues que tu cuerpo y mente te obedezcan. Y si no te obedecen, estás jodido. No eres libre, así que no perteneces ni a los brahmanes ni a los chatrias, porque el ideal del brahmán y del chatria es la libertad de quien se conquista a sí mismo.
En este sentido, yo creo que, fijémonos, en la propia identidad histórica nacional española un elemento fundamental es la Reconquista. Yo digo que la Reconquista tiene una enseñanza espiritual. Tú naces en estado de carencia, naces en estado de ignorancia. Apenas sabes que estás derrotado y que debes gobernar eso que ha sido derrotado. Apenas sabes que estás perdido, que estás en tu pequeña paranoia, en tu histeria personal. La gente vive sin saber que está jodida de la cabeza. Digo: pues disciplina ya eso. Te tienes que reconquistar a ti mismo, tienes que salir a la batalla y disciplinarte a ti mismo: la mente, tus vocaciones, tus herramientas y tu cuerpo. Por eso también digo que la vida tiene que ser areté y ascesis. Son dos conceptos de la tradición griega: la areté, que es esa excelencia interior, el trabajo interior, y la ascesis, que es la disciplina. Si no hay disciplina, olvídate, no llegarás a ningún sitio. Si eres una persona común, mundana, de la posmodernidad, acabarás con neurosis, depresión, ansiedad, o con algún sectarismo ideológico, o con cualquier marrachería de nuestra época.
El mito del auriga y los caballos. Exacto. El auriga, los caballos y el carro. Tu cuerpo es el carro, tu mente son los caballos, tu conciencia, tu yo esencial, es el auriga. La gente vive sin conciencia presente, sin el auriga, sin el yo esencial. Viven atrapados en su maldita cabeza, llena de chorradas y estupideces. De hecho, hay un hecho que se ve en los cuentos de la tradición, lo tratas en alguno de tus vídeos: el guerrero llega un momento en que reforja su espada, bien porque se ha roto, bien porque ya no le sirve, pero llega un momento en que él dice: esto que tenía y que me conformaba ya no me vale, ahora necesito un arma nueva.
Sí, que también extraemos una enseñanza metafísica de ello. No es que necesite un hierro que corte nuevo, no se trata nunca de eso. Pero necesito otra cosa, ya no me vale el pasado. Lo que pasa es que, conforme tú vas elevando ontológicamente tu personalidad por encima de tu mera egoidad, de tu mero yo fenomenológico —o sea, conforme te vas elevando respecto de ese yo fenomenológico, que es el que prodiga el mundo moderno, el mundo moderno quiere que te identifiques unilateralmente con tu pequeña biografía, con tu yo fenomenológico: quiero o no quiero, siento o no siento, pienso o no pienso, ¿verdad?, quiere que te identifiques con eso—, bien, conforme tú te vas elevando por encima de ese yo fenomenológico y vas galvanizándote en torno a ese yo esencial, hay cosas que vas dejando atrás. Dices: esto que antes me servía ya no me sirve; esta obra que antes me inspiraba me sirvió, pero ahora la dejo atrás. Entonces tú vas cruzando puentes y los vas quemando. Vas cruzando puentes y los vas quemando, porque ya no hay marcha atrás. Conforme te vas elevando ya no hay marcha atrás, y entonces se produce una modificación de la personalidad. Pero es una modificación que podríamos decir que tiene que ver, paradójicamente, con que tu mera personalidad fenomenológica cada vez ocupa menos lugar en ti. Tu yo personal, diminuto, ¿no?, me gusta, no me gusta, quiero o no quiero, cada vez ocupa menos en tu vida. Te da igual lo que te guste y lo que no te guste, te da igual lo que quieres y lo que no quieres. Lo único que haces es cumplir con tu deber.
Yo a veces uso la imagen, aunque puede resultar un poco ridículo lo que voy a decir, es un poco caricatura. Yo a veces uso la imagen de Terminator. ¿Os acordáis de la película de Terminator, verdad? Terminator 2, ¿verdad? Él tiene órdenes. A Terminator le da igual si hace frío o si hace calor, le da igual si está triste o si está alegre, simplemente tiene que hacer lo que tiene que hacer. Conforme tú vas construyéndote de una manera supraindividual, más encarnas ese ideal de areté: lo que debe ser hecho, debe ser hecho. Buda muere diciendo: lo que debe ser hecho, debe ser hecho. Buda muere diciendo: no dejéis de esforzaros; lo que debe ser hecho, debe ser hecho. Casi podría sintetizarse en esas dos frases el argumento de la areté clásica del mundo griego, el argumento mismo de la tradición guerrera como espiritualidad, como guerrero espiritual.
Como aquellos versos del guerrillero español, ¿no? No haya su duro risco vedado, quejas no quiere. Claro, que es tremendo, y resume mucho de la idiosincrasia guerrillera española. Bueno, porque el guerrero, en todos los ámbitos históricos, pero en el caso español es muy evidente, no puede andarse con zarandajas. Viriato, ¿verdad? ¿Os acordáis de Viriato, cuando los romanos hablan de Viriato? Le da igual el frío, le da igual el calor, le da igual la victoria, le da igual la derrota. Lo que debe ser hecho, debe ser hecho. Él no celebra la victoria con borracheras ni jaranas. Lo traté en un vídeo: Viriato, apoyado en su lanza, desprecia las joyas y las riquezas. No he venido a ser rico, he venido a ser jefe de mí mismo y a liderar la guerra, la guerra contra quien me oprime. Defiendo tradición, patria y linaje.
Entonces es un chatria total. Yo digo que Viriato es un personaje histórico que, tal como nos llega por las fuentes, es un chatria absoluto. Y como chatria absoluto, él cumple su papel en su comunidad. Pero como enseñanza espiritual trasciende, ¿verdad?, la profesión guerrera. Como he dicho antes, hasta el más humilde zapatero se podría sentir inspirado con ese guerrero total, con ese chatria absoluto que es Viriato, tal como le retratan las fuentes. Bueno, pues he usado la imagen de Terminator, que es un poco kitsch; venga, dejémosla de lado, vamos a por Viriato.
¿Qué le pasa a Viriato, verdad, cuando se lee sobre él? Bien, pues está encarnando esa dimensión supraindividual de la personalidad. De hecho, cuando lees sobre Viriato, apenas parece que esté presente en su manera de comportarse nada de lo que él le ha podido pasar, o nada de lo que él pueda sufrir en su alma de amores o penas, nada de eso está presente. Él no tiene un ego que se queja o que demanda. Él no tiene un yo que dice: quiero, demando, lamento o sufro. Él es una fuerza en marcha, es acción pura, desnuda. De hecho, su labor era tan elevada que solamente la traición le vence. Solo la traición le vence, y los propios romanos, cuando recogen a posteriori la vida de Viriato, le recogen como un héroe estoico. Cuando los romanos pretenden corregir sus costumbres y aparece la filosofía estoica, retratan a veces a los bárbaros como paradigma estoico en contraste con la decadencia de Roma.
También lo sabéis, lo he mencionado en mi libro sobre los bárbaros: el discurso famoso de Boadicea, la reina de los britanos, que da un discurso en el que retrata a los britanos como héroes estoicos, que están por encima de las mundanidades que pretende poner Roma sobre el tapete como progreso. Entonces dice: eso que Roma llama progreso y que llama libertad es esclavitud y es debilidad. La libertad implica estar por encima de eso que Roma está poniendo sobre el tapete. Por eso los romanos son degenerados, según dice Boadicea en su discurso, y nosotros no. Recordáis el discurso donde Roma es retratada como decadente. La verdad es que, cuando lees lo que dice Boadicea de Roma, se podría aplicar a la civilización occidental contemporánea. Entonces, necesitamos bárbaros, como yo digo, necesitamos bárbaros. ¿Qué bárbaros? No, no: los bárbaros que aparecen ahí retratados, con ese ideal estoico y guerrero.
Entonces, el ideal guerrero, si conseguimos verlo en su enseñanza espiritual, trasciende no ya su ejemplaridad histórica en Viriato, y trasciende no ya la propia profesión militar, porque lo que te da es una antropología completa que sirve a cualquiera, hombre o mujer, guerrero o campesino, porque lo que te da es una disciplina de formación interior donde aparecen tres elementos que habéis mencionado antes vosotros, ¿verdad? Duro, técnico y creyente. Duro, técnico y creyente. Duro significa que estás fuerte por dentro, que no vas a flaquear, que eres impermeable a tus propias flaquezas. Duro porque eres impermeable a tus propias flaquezas. Técnico porque te conoces a ti mismo y sabes cuáles son tus vocaciones, tus herramientas y tus dones, y vas a sacar provecho a los dones que la vida te ha dado. Y vas a poner toda la carne en el asador, vas a sudar la camiseta al máximo. Si eres de ciencias, de ciencias; si eres de letras, de letras; y si eres de todo, mejor que nada: abrazarlo todo si puedes. Y finalmente, creyente, por supuesto. No soy este cuerpo, no soy esta vida, no soy esta mente. Toda esta cosa pequeñita en la que vivo se la comerán los gusanos, será polvo y cenizas. Soy la luz, la fuerza y el poder que a través de mí vibra, más allá de las flaquezas de este cuerpo, de esta mente y de esta vida. De nuevo: ese «soy la luz, la fuerza, el poder y la victoria que a través de mí vibra, más allá de las debilidades y flaquezas de donde estoy», es otra clave fundamental del mundo tradicional. En Platón y en el Sanatana Dharma, en San Agustín y en el budismo. Es una sabiduría perenne.
El mundo moderno se basa en negar la sabiduría perenne. No hay nada más antitético al ideal tradicional del guerrero que el sujeto posmoderno. No hay nada más antitético al ideal tradicional del guerrero que el sujeto de la posmodernidad, el globalismo y la deconstrucción. Si queremos destruir la decadencia y degeneración del mundo moderno, tenemos que nosotros mismos convertirnos en ese, entre comillas, guerrero espiritual, y llevarlo a gala, y ser abanderados del regreso del guerrero frente al hombre moderno, que es cualquier cosa menos un guerrero. Puede ser a veces, a lo mejor, un buen militar, y a veces un hombre de negocios de colmillo retorcido, un motherfucker. Pero eso no es el guerrero espiritual. Quien realmente contesta a la degeneración y a la decadencia de la posmodernidad, del globalismo y la deconstrucción, es ese arquetipo del guerrero, más necesario a día de hoy que nunca. Y más para una juventud que está completamente agilipollada. Hay que poner la fe en el joven que quiere ser, ante todo y por encima de todo, émulo de Viriato.
Hay una frase que además nos gusta especialmente, porque la rescatamos de un instructor norteamericano con un recorrido de las operaciones especiales espectacular, que dice aquello de: prefiero ser un guerrero en un jardín que un jardinero en una guerra. Y esto me recuerda también mucho —la recordaremos probablemente todos— aquella escena de El último samurái, de Katsumoto, reflexionando sobre la flor de cerezo, observándola. Este guerrero, instruido en el combate, integrado a la idea propia de guerrero, identificándose como tal porque sabe lo que es, independientemente de la contingencia en la que vive, ese jardinero que antes portaba una espada, a lo mejor porta unas tijeras de podar y reflexiona sobre la fugacidad de las flores. ¿Cómo puede vivir un guerrero instruido para el combate, que lo ama, que tiene una pulsión, casi que lo desea, aunque sabe que probablemente sería la vivencia más horrible que pudiera vivir, que es la de la guerra, estar lanzado en una picadora de carne? Pero tiene algo que le llama, porque es algo que lo tiene integrado en su ser. Ese guerrero, ¿cómo vive en paz de alma? ¿Cómo consigue esa quietud de Katsumoto, de reflexionar sobre las flores, cuando sabe que sus manos están hechas para la guerra?
Bueno, yo creo que, por un lado, el guerrero, como dice el Lanzarote del Lago en Excalibur, dice: soy un guerrero, me debo a la búsqueda de la paz. Pues el guerrero vive en paz interior. El guerrero vive en paz interior y en guerra hacia afuera. Dentro de sí, hemos dicho, hay orden, disciplina, hay autoridad, jerarquía, hay orden. El hombre moderno es pacifista y hacia adentro está grillado, ¿verdad? Está en guerra. Bien, pues esto es al revés. El guerrero está en paz interior, tiene un centro interior inamovible, tiene la mónada invicta, que dicen los neoplatónicos. Hay una esfera perfecta dentro de él: no se mueve, se mantiene en calma profunda. Un rasgo característico del guerrero es que es capaz de hacia afuera ser garras y colmillos y hacia adentro mantenerse siempre en calma profunda. Su mente, su alma, su voluntad están disciplinadas, están dirigidas desde su yo esencial, desde su yo supraindividual. Entonces, el guerrero se debe a la búsqueda de la paz hacia adentro, y hacia afuera es servir y proteger: patria, tradición y linaje, ¿verdad?, en todo el sentido amplio que puedan tener estas tres palabras.
Pero si vive una época de paz, él puede ser un perfecto jardinero o un perfecto barrendero, puede hacer lo que sea, siempre y cuando esté conectado con su esencia y recuerde que él está llamado al combate si llega el momento del combate. Es decir, él puede notar dentro de sí la vocación, el deseo de la gloria, la alegría heroica, la alegría heroica de la muerte en combate. Puede tener dentro de sí esa llamada, pero lo que debe ser hecho, debe ser hecho. Así que si llega el momento de la gloria heroica, iré cantando a la tumba si he podido morir de espada en mano. Pero si no llega el momento de la gloria, no pasa nada: lo que debe ser hecho, debe ser hecho. Si me toca ejercer de jardinero, ejerceré de jardinero, porque en mí mismo yo soy guardián, soy protector. Y si la vida me llama a la guardia y la protección, la ejerceré sin dudar. Porque hemos dicho: duro, técnico y creyente. No puede haber dudas ni en el alma del brahmán ni en el alma del guerrero. El vaisia y el sudra, las fuerzas de producción, pueden tener dudas. Ellos sí pueden ser mundanos y terrenales. Pero quienes realmente guardan el alma de una tradición y de un pueblo, el druida y el guerrero, no pueden tener esas dudas.
Pueden luego ejercer de lo que sea. Fíjate que me dices: ¿puede el guerrero ser jardinero? A veces se dice: ¿puede el maestro ser un humilde barrendero? Hay leyendas, sobre todo en Oriente, donde el que está buscando un maestro, el día que lo descubre, resulta que el maestro es un barrendero. Le dice: no, pues soy un maestro, puedo hacer cualquier cosa. Entonces, cuando tú tienes la esencia tan decantada, tan galvanizada, cuando estás tan seguro de ti mismo, si llega el momento de morir espada en mano, pues irás con alegría heroica, claro que sí; y si no llega el momento, no pasa nada: lo que debe ser hecho, debe ser hecho. No puedes estar pendiente del quiero, no quiero, me gusta, no me gusta, me apetece, no me apetece. Viriato no hacía eso.
De hecho, hay una historia que no sé si conocerás, una novela; pertenece a una trilogía, únicamente hay publicados dos libros. El primer libro se llama El nombre del viento, el segundo, El temor de un hombre sabio. Sí, he leído el primero, fíjate. El primero lo leí y, bueno, se me hizo un poco pesadito. Me gustaría retomar el segundo, de fantasía heroica, ¿no? Sí, de fantasía heroica, pero simplemente un hecho: el personaje principal es un héroe curtido en batalla que, cuando ya ha terminado su vida, regenta una taberna. Y en su taberna tiene colgada su espada sobre una madera oscura, con una frase abajo que pone: cuidado con el delirio. Y está ese hombre, que ha vivido lo que ha vivido, limpiando su taberna, recepcionando guerreros que vienen del reino y mucha más gente con la que se junta. Pero se narra en una de las partes, en uno de los capítulos que se llama Los tres silencios, y está ahí con su bayeta, pero mirando a la espada: cuidado con el delirio. Y uno reflexiona, ¿no?, ¿el delirio de qué? De que no soy tabernero, de que fui eso y podría seguir siéndolo. Te deja una puerta abierta, ese «cuidado con el delirio». Qué interesante. El temor de un hombre sabio, ¿verdad? Leí la primera, la dejé aparcada. La primera me dejó un poco así, irregular. El segundo es mejor. Pues es muy bonito lo que estás planteando. Claro que sí.
Es que, vamos a ver, lo que tú eres —en cuanto al druida, al guerrero, el comerciante, el villano—, lo que eres en tu esencia, lo tienes que mantener a lo largo de las distintas etapas y ciclos de tu vida. Lo tienes que mantener más allá de las peripecias vitales que te llevan a haber sido legionario y, con el tiempo, haber sido tabernero. Lo que tú eres en esencia lo tienes que mantener.
Las enseñanzas espirituales que te traslada tu casta son para siempre. Las enseñanzas espirituales de las castas superiores, ya sea el druida o el guerrero, son para siempre, aunque hayas sido siempre un humilde tabernero. Entonces, una vez tú tienes clara la esencia y la enseñanza, la doctrina y la práctica, tú la mantienes en tu vida independientemente de las peripecias de tu existencia a nivel profesional. Casado, separado, con hijos, sin hijos, padre de familia, padre divorciado, con dinero, con menos dinero, con un éxito profesional o con un menor éxito profesional, con una empresa tuya o trabajando de funcionario. Da igual la peripecia personal en la que estés. Si te mantienes en tu centro, doctrina y práctica, si te mantienes en el Dharma, en el Arya Dharma, el sendero ario, que se dice en la tradición hindú, si te mantienes en el sendero ario, tú te mantienes en la rectitud. Y puedes ser un humilde tabernero y saber lo que eres en esencia.
Y ese «cuidado con el delirio», fíjate que es una vigilancia de la mente. «Cuidado con el delirio» vuelve a ser una vigilancia de la mente. A quien tienes que tener atado en corto es al yo fenomenológico. Al quiero, no quiero, pienso, no pienso, estoy fantaseando, cuidado. Diferenciar lo verdadero de lo falso, lo recto de lo torcido, lo natural de lo antinatural —muchas veces se olvida eso a día de hoy, ¿verdad?, está lo natural y lo antinatural—. Ostras, no hagas nada antinatural. No vayas en contra del orden natural nunca. No vayas en contra nunca del pensamiento recto, de la palabra recta, de la acción recta. Disciplínate bien, pues evita el delirio, va por ahí. Entonces, yo creo que, efectivamente, bueno, pues la novela la voy a tener que leer, El temor de un hombre sabio, ¿no? Me habéis hecho el spoiler un poco, pero bueno, da igual. La experiencia literaria es valiosa per se, supongo, ¿no?
Lo hemos dicho, bueno, lo has dicho mejor: vivimos en la época de la carencia. Pero claro, hay pulsiones en las personas que te empujan a rellenar esos huecos vacíos. Estamos viendo, y sobre todo de manera acusada, y además con narrativas que nos vienen importadas, mucho de la cultura anglosajona, americana, esa búsqueda de doctrinas orientalistas de nueva era, pseudoestoicismo, que no terminan de serlo, de: cojo el libro de las Meditaciones de Marco Aurelio y ya soy estoico. Que sí: me leo el Bhagavad Gita y ya soy un chatria. Exactamente. Pero cuando uno trata de profundizar en ello, lee, observa, parece ser que sí que hubiera cosas operativas dentro de todo esto. ¿Realmente las hay? ¿Hay límites?
Vamos a ver, lo que me estás planteando es un tema muy interesante, y es: el mundo moderno es una puta mierda, ¿verdad? Nos desarraiga. Nos ofrece progreso técnico, progreso científico, y para todo lo demás nos deja en bragas. Y tenemos un signo de la enfermedad mental actual. La evidencia más clara, hay que decirlo, la evidencia más clara es que nuestros abuelos y bisabuelos, en general, eran personas cuerdas, sensatas y cuerdas. Hasta el más humilde campesino de los montes de Toledo, que era cabrero, era una persona cuerda. Y a día de hoy casi todo el mundo está medio loco. Y encima en la juventud se da el índice de suicidios más grande de la historia, en la juventud. Yo no soy tan viejo, pero cuando yo era joven, pues los jóvenes pocas veces se suicidaban. Tenían que venir de situaciones o psiquiátricas muy graves o familiares completamente desarboladas. Y ahora es algo que está a la orden del día. Yo tengo un amigo bombero que el otro día me dijo que no hay una sola semana en la que no reciban un aviso de suicidio. No pasa una sola guardia, dice él, no tengo una sola guardia en la que no haya un aviso de suicidio, que a veces se consuma, a veces no, pero siempre hay un aviso de suicidio. En los últimos tres, cuatro años, toma ya. Eso no es ni medio normal, eso no es normal. El ser humano no tiende a autodestruirse y suicidarse, joder.
Entonces, el mundo moderno es una puta mierda, ¿vale? Porque nos ofrece el progreso técnico, el progreso científico, el progreso sanitario que todos celebramos —por eso estamos grabando esto, si aquí nadie se opone a la tecnología—, pero te opones al desarraigo, te opones a la ausencia de un horizonte de trascendencia, de un ideal de gloria trascendente, te opones a vivir sin honor, sin verdad, sin valentía, te opones a vivir sin tradición, linaje y patria, te opones a vivir sin la idea de misterio: la vida es misteriosa. Entonces, frente a esta basura hay que volver a la tradición, a la cosmovisión tradicional. Y claro, en ese regreso a la tradición no sabes cómo hacerlo. Vas dando palos de ciego y no sabes cómo hacerlo.
Y entonces, bueno, pues te llega a través de internet el estoicismo, que es una de las perlas de la tradición romana, que además está prendada entera de sabiduría perenne, de sabiduría universal y perenne, más allá del paso de los siglos. Entonces, de repente bebes del estoicismo, pero el propio mundo moderno lo convierte en un producto de consumo. Y efectivamente te lees a Marco Aurelio y crees que eres estoico. O te llega el Sanatana Dharma —yo lo he estudiado mucho y explico muchas veces por qué—, porque es la tradición indoeuropea viva más antigua. Desde el Rigveda, en la Edad del Bronce, hasta el tantrismo y el sivaísmo, un ciclo entero sin modificarse en lo esencial, esa tradición indoeuropea de Oriente, con una serie de conceptos en el glosario sánscrito que tienen su espejo en lo más antiguo de la tradición europea. Bien, entonces tú vas dando palos de ciego y te lees la Gita y te apuntas a yoga, y sigues perdido igual, porque también eso se ha convertido en un producto de consumo putrefacto de nuestra era. E incluso dices: bueno, pues vuelvo a Cristo y vuelvo a la Iglesia, e intentas acercarte a la tradición cristiana española, y San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús: nada te turbe, nada te espante, quien a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta. Pero luego te encuentras la Iglesia contemporánea y el papa Francisco, y dices: ostras, ¿dónde están los carlistas? ¿Dónde están los templarios? ¿Dónde está la cruzada? ¿Dónde está Fray Luis de León? Le tengo en los textos, pero ¿está vigente en el cristianismo presente a día de hoy? ¿O el cristianismo también es una moñada del mundo contemporáneo a día de hoy?
Entonces vas dando palos de ciego y no sabes qué hacer. O incluso dices: no, pues la tradición clásica, y estudias a los platónicos, ¿verdad?, estudias a Plotino, y la contemplación de los textos te eleva, y encima ves el paralelismo, ¿no?, con los textos hindúes, y dices: ostras, qué maravilla. O bueno, como le ocurre a mucha gente, te haces vikingo. La tradición vikinga, gracias a, no sé, a su proceso histórico al margen, ¿no?, de Roma y de la cristiandad, pues a través del mundo vikingo —yo lo he defendido muchas veces, a mí me encanta—, a través del mundo vikingo tienes una ventana a la Edad del Hierro, a la cultura heroica de la Edad del Hierro y al paganismo ancestral, ¿verdad? Bien, pero ¿qué ocurre? Que se acaba convirtiendo en un cliché. Lo hemos visto todos, ¿no? Te vas al gimnasio y hay un mamarracho allí que en realidad no sabe de nada, y se ha hecho cuatro tatuajes vikingos y no sé qué, y los ha mezclado con la política, no sé qué. Vale, vale, tío, no pasa nada, está bien.
Ahora, ¿qué ocurre? Que yo no voy a despreciar esos palos de ciego. Yo no voy a hacer burla, ni mofa, ni befa de los palos de ciego, porque son un buen síntoma. Esos jóvenes que, dando palos de ciego, pretenden ser estoicos, pretenden ser yoguis, pretenden ser vikingos, pretenden ser espartanos, pretenden ser neoplatónicos, pretenden ser nuevos carlistas o nuevos templarios, aunque a priori, en una capa superficial, digas: joder, puto Kali Yuga, maldita sea, qué desordenado está el mundo, es un síntoma de personas que están buscando una contestación frente a la putrefacción moderna. Es un síntoma de que hay personas que quieren armarse con anticuerpos frente al cáncer de la modernidad, de la posmodernidad, el globalismo y la deconstrucción. Ahora, por ahora solo es un buen síntoma. Hay que conseguir que se trascienda el síntoma y se convierta en algo real, que aparezca una especie de nueva juventud rebelde, hermanada en torno a un ideal espiritual antimoderno, enraizado, por decirlo de algún modo, en esa plantilla básica de enseñanzas espirituales que nos traslada la tradición guerrera.
Quizás es que hemos perdido en España esa aspiración que un día, durante mucho tiempo, fue bastante operativa —de hecho, España fue bastión de ello—, que es la búsqueda del camino de santidad y heroísmo. Total. ¿Dónde ha quedado eso? Claro, yo lo reivindico siempre. Cuando tú estudias la tradición española, y la puedes poner en paralelo con la tradición medieval europea, la puedes poner en paralelo, no te digo ya con Oriente, el Ramayana o el Bhagavad Gita, resulta que el ideal fundamental de la cosmovisión tradicional es el héroe y el santo. Y de hecho, si lo puedes unir, mejor: héroe y santo al mismo tiempo, el monje y el guerrero. El santo y el héroe son el ideal más alto al que puede aspirar un ser humano. No hay aspiración más radical, más vertical, que el heroísmo y la santidad. En el heroísmo y la santidad trasciendes tu mera individualidad, encardinas el bien, la verdad y la belleza, te proyectas sobre el mundo y lo enriqueces con bien, verdad y belleza, y dejas de ser fulano o mengano y te conviertes en un vector a través del cual la luz de lo alto se manifiesta en el mundo. Dejas de ser fulano y mengano porque eres el canal por el que circula el bien, la verdad y la belleza. La areté, la hexis, el nous también, el yo central de la tradición griega.
Bien, pues todos esos elementos que vas encontrando en el pasado tienen que ver con esto, con el heroísmo y la santidad. Entonces, claro, el tipo humano de la contrarrevolución, el tipo humano que se opone a la subversión posmoderna, tiene que aspirar a la santidad y al heroísmo. Tiene que aspirar a la luz, la fuerza y el poder del espíritu dentro de sí. Tiene que poder decir: me puedes matar, me puedes destruir, me puedes descuartizar, pero no puedes vencerme. Dentro de mí soy ya invulnerable.
Y además, no son simples historias escritas en libros muy antiguos, sino que además son historias vivas, porque uno ve a nuestro insigne español, Ignacio, ¿cómo se llamaba?, el que en Londres… Sí, sí, sí, Ignacio Echeverría, que en Londres es llamado a ser un héroe y encarna al arquetipo del héroe defendiendo la vida de los inocentes, armado con un monopatín. O tenemos la otra figura también del gendarme francés que entregó su vida, sacrificado por un yihadista hace pocos años. Cuando tenemos ejemplos vivos, plenamente operativos en nuestra realidad, si es que tampoco hace falta ni siquiera recurrir a libros del siglo XIV, es que simplemente viendo las noticias a diario vemos ejemplos de ello.
El papel del ejemplo es fundamental. Es decir, tiene que haber ejemplaridad, tiene que haber conversación en torno al fuego y en torno a la ejemplaridad, y tiene que haber deseo de experimentar el camino del santo y el camino del héroe. Tienes que saber cuál es tu héroe para que su figura ejemplarizante te corrija, te enderece y te conmueva, te eleve el alma. ¿Quiénes son tus héroes? Tienes que saber tener héroes. Tienes que saber tener la conversación en torno al fuego. ¿Cuál es nuestra tradición? ¿Cuáles son nuestros héroes? ¿Qué aprendemos de ellos? Es decir, tienes que saber compartirlo. Y luego, al mismo tiempo, tienes que saber experimentarlo. Tienes que salir al mundo, mezclarte con la vida y tener experiencias, tener cicatrices, como se decía antes: llega a la tumba con cicatrices. Bien, pues tienes que tener experiencia, tienes que salir al mundo a implementar en tu vida la santidad y el heroísmo.
Las dos son dos formas de renuncia: la una es una renuncia contemplativa, la otra es una renuncia activa. En realidad las dos son las dos caras de una misma moneda. Todo santo tiene algo heroico, todo héroe tiene algo de santo, y ninguno de los dos tiene nada de pequeño burgués. El ideal pequeño burgués no va con la santidad ni el heroísmo, pero el ideal proletario de las ideologías marxistas tampoco. Estamos tan imbuidos de las ideologías modernas que parece que todo lo pensamos en términos de clase, de clase económica, de materialismo económico y demás, y todo eso al final no sirve para nada. Yo siempre digo: dejar atrás a Adam Smith, dejar atrás a Carlos Marx y leer los textos fundamentales de la tradición sapiencial. Más vale el guerrero arquetípico que el debate de la lucha de clases, porque lo que tiene que haber no es lucha de clases, es organicidad del cuerpo social. Organicidad del cuerpo social. La lucha de clases en sí misma ya sería un nihilismo. La lucha de clases empieza ya con las revoluciones burguesas, ¿verdad?, ya se carga el Antiguo Régimen, que a su vez ya se cargó el orden estamental medieval. Es la fiebre. Entonces, esa fiebre enloquece y recalienta y produce el desorden de nuestra época. Entonces, que esos pequeños síntomas de los que antes hemos hablado sepamos verlos como una posible semilla que, bien encauzada, bien adoctrinada y bien formada, puede ser, andando el tiempo, una palanca de fuerza contra los tiempos que corren.
Acabo de recordarlo: una frase que le dice Legolas a Gimli en El Señor de los Anillos, de que estos seres humanos siempre están plantando semillas. A veces nacen, a veces no, pero siempre están plantando semillas.
Tu último libro, llamado Hispanofilia. Hay otro después: se publicó Historia de los pueblos bárbaros de Europa. Cierto. Pues, ni aun queriendo caer en hispanofílico, si está bien dicha esa palabra, si algo ha dado España a la historia de la humanidad son guerreros, más guerreros arquetípicos. Y no tenemos época donde no encontremos. Exacto. ¿Hay algún nexo común entre esos saltos de historia donde podamos identificar qué pasa en ese país? ¿Qué ocurre en esa península, al fondo de Occidente, que da esa clase de guerreros?
Vamos a ver, sí. De Numancia a la batalla de Simancas, Ramiro II. De la batalla de Simancas a la batalla de Castelnuovo, ¿verdad?, los tercios, vengan cuando quieran. De la batalla de Castelnuovo a Blas de Lezo, ¿verdad?, y de Blas de Lezo, voy a decirlo así, a la batalla de Krasny Bor. Toma ya. ¿Qué es lo que ha pasado ahí?
Mirad, nosotros, desde la cosmovisión tradicional, no podemos ser racistas. El racismo es una cosa moderna, surge en la segunda mitad del siglo XIX, está entreverado del darwinismo, del biologicismo, de una suerte de materialismo biológico. Entonces, el racismo al final no es verdad, nihilismo puro. El ser humano no funciona así, el ser humano no es un animal, no le puedes hablar en términos de raza. Otra cosa es que sí existan lo blanco, lo negro, eso existe, pero no se puede hacer de esa realidad biológica natural el valor diez. Ahora, una cosa es que el racismo sea, en cierta medida, una distorsión de la modernidad respecto a un elemento natural, y otra cosa es el linaje. En la cosmovisión tradicional se tiene linaje, se tienen antepasados. La clave del sujeto son sus raíces, su linaje, sus antepasados, los cuales, bueno, pues no entras a valorar si son exactamente de pedigrí, no entras a valorar si son de pureza racial. Lo importante es que son un proceso histórico y antropológico que te llega.
Bien, pues yo creo que lo que va de Numancia a la batalla de Simancas, de la batalla de Simancas a los tercios, de los tercios a Blas de Lezo y de Blas de Lezo a Krasny Bor, es el linaje. España, ya sea por sus condiciones históricas, antropológicas, por las peripecias por las que ha pasado, o vete a saber por qué —no entro ahora mismo a valorarlo—, sí generó un linaje de una especie de ímpetu o cualidad guerrera especialmente llamativa. O sea, yo siempre digo: Hernán Cortés es el hombre de acción más grande que ha dado la humanidad. El conquistador Hernán Cortés es un personaje increíble, tan increíble como lo es el guerrillero Viriato, o como son los tercios, hemos dicho, en Castelnuovo, ¿verdad?, o como la batalla de Krasny Bor, que dices: pero bueno, ¿de verdad se participó en esa batalla, en esas condiciones? Y nadie dio un paso atrás, todo el mundo dijo: venga, adelante. Pero si parece imposible, ¿no? Entonces, eso ha existido.
Pero para mí lo importante no sería tanto decir: hay un linaje español donde se manifiesta de manera especialmente brillante y ejemplarizante la tradición guerrera, porque eso ocurre, eso es evidente. Aquí la cuestión es que eso ya no está presente. El español contemporáneo es un mindundi. El español contemporáneo está básicamente debilitado en el alma. Que me diga: oye, yo no soy un mindundi. Vale, sí, efectivamente, en los gimnasios y en los clubes de defensa personal, y el otro día en el valle de Lozoya, pues no había mindundis cuando estuvimos entrenando, ¿verdad? Pero la sociedad española está debilitadísima. Apenas participa del ideal guerrero. No hay una juventud envalentonada con el ideal del honor, con el ideal de la verdad, el honor y la valentía. Y cuando se envalentona, a veces lo encarrila en forma de tribus urbanas, de guerrillas absurdas, ¿no?, de tribus urbanas, o de mero macarrismo, de mero macarrismo barato, que apenas aporta nada.
Entonces, yo diría que bueno sería saber mirar a ese pasado para que adopte ese valor ejemplarizante y germine el regreso de la tradición guerrera en España, que a día de hoy no está presente. El español medio a día de hoy, bueno, cuando hacen encuestas, ¿qué español está dispuesto a morir por la patria? Ni el 30 % me parece que sale, ¿no? Imaginaos una sociedad en la que dijeran: ¿quién está dispuesto a morir por la patria? El 100 %. Todos. Más aún: ¿quién está dispuesto a unirse con quien haga falta, del norte, del sur, del este o del oeste, para defender la verdad? Y te dirán: el 100 %. Así a los espartanos.
Sí, es verdad que pareciera que España siempre fluctúa entre esos dos extremos, de la nada al todo: soy capaz de olvidarme de que tengo rey y patria, a estar obrando mañana las mayores gestas junto… no se sabe por qué pulsiones, si es por camaradería, si es por su fe a Dios, si es por mero arrojo en la batalla, o de que tengamos algo en la sangre quizás que te empuje a ciertas cosas. Pero sí es cierto que, incluso en época —y no hace falta irnos a Krasny Bor como último ejemplo—, nos podemos ir a Nayaf, 2004: españoles que fueron lanzados a Irak a una misión humanitaria, y lo entrecomillo, pero que con poca instrucción, sin materiales, y de la noche a la mañana tuvieron que defender con garras y dientes, entrando en unas acciones de combate espectaculares, las cuales —personalmente conozco a algunos de los que estuvieron partícipes—, sin saber que iban a eso y sin haberles preparado para eso. Y se defendieron contra miles de milicias musulmanas que se lanzaban contra su base. O sea, incluso en nuestra época, eso despierta. En una cosa tan reciente como el 2004, hace veinte años escasos, se dio una muestra de que emergió ese coraje. La verdad es que es difícil saber el porqué o de dónde viene.
Gonzalo, ejemplos de compañeros con los que hablo: en Afganistán, Afganistán 2010-2012, despliegues, estaba en una unidad que, por ejemplo, ha desplegado mucho en Afganistán. Bueno, lo coloco aquí: es que aquí tenemos un tercer participante, al cual no vamos a nombrar, pero tenemos un tercer participante, por eso hablo de una tercera persona.
Pero cargando a lomo con su MG-42, con su munición —que a lo mejor lleva, no sé, cuarenta kilos encima—, remontando una cota, porque resulta que es la única posición en la que tiene que hacer fuego efectivo sobre el enemigo, haciendo acciones heroicas tapadas por la política, que no han trascendido a la opinión pública, que no se comentan porque el español medio no habla de lo que hace, porque no tiene ese ego que le llame a hacerlo, porque no es cultura tampoco.
Pues yo pienso que —fíjate qué paradoja— por un lado, en época presente, y en escenarios tan rudos, tan desgarradores, como los que me comentas de Afganistán, de Oriente Próximo, en un escenario tan desgarrador como ese, soldados a veces que ni siquiera tienen toda la preparación que debería habérseles dado se comportan con una presencia de ánimo que deslumbra. Eso es muy valioso. Significa que, de verdad, todavía se puede despertar en el español medio una especie de luz y fuerza interior que dice: me pongo el mundo por montera, y venga lo que venga, aquí estoy. Pero, al mismo tiempo que ocurre eso, ocurre que hay una sociedad, unos políticos y unos medios que nunca hacen referencia a eso. Es decir, estáis hablando de algo que conocéis vosotros, pero que la sociedad no lo ha recibido. Me estás contando algo que lo habéis vivido vosotros, pero que no ha trascendido a ningún medio de comunicación, ni se ha hecho un documental, ni nadie nos lo ha contado. Bien, esa es la enfermedad.
Es decir, todavía hay cuerpo sano en la pasta humana de los españoles, y por eso me contáis lo que me contáis, pero a nivel institucional, por decirlo así, cultural, el cuerpo está enfermo. Porque lo normal sería que quisiéramos conocer esa aventura heroica que tuvisteis. Lo normal sería que la sociedad española se sintiera orgullosa de que sus soldados, joder, se enfrentaron a algo que realmente a priori hubiera desanimado a cualquiera, y se pusieron el mundo por montera y dijeron: a la mierda.
¿Y no fue siempre así en España?
Bueno, yo creo que sí, hombre: la División Azul es el ejemplo siempre más palmario. Cuando lees sobre las campañas de la División Azul, no sabes si reír, llorar, sorprenderte o pensar que son mentira: pero estos tíos se lo llevaban así. Entonces, yo creo que de verdad —quizás por el motivo que sea, a mí eso me da igual— hay una especial pulsión de coraje, de alegría heroica, de camaradería heroica en el pueblo español. Pero si negamos la existencia del pueblo español, si socavamos los lazos de encuentro y autorreconocimiento en nuestra propia tradición y linaje, si al español medio se le desconecta de la identidad histórica nacional y antropológica española, si no se puede hablar de Reconquista ni se puede hablar de Imperio porque no hubo Reconquista y no hubo Imperio, si, por supuesto, no se puede pensar que tienes antepasados en Numancia, como dice Cervantes —Cervantes dice: mis antepasados están en Numancia, y Cervantes lo puede decir, tú no—, ostras, ¿qué ha pasado? Nos hemos vuelto locos. Bien, si todavía la pasta humana española tiene esa luz de especial alegría heroica, y sin embargo la cultura española de nuestro tiempo lo tapa, es que, efectivamente, estamos en guerra. En una guerra espiritual y cultural, donde hay que derrotar a los que niegan la posibilidad del reencuentro con la tradición, el linaje y la alegría heroica que comentáis. Y habría que encontrar la manera de decir: tuvimos Numancia, tuvimos lo que queráis, y tuvimos Castelnuovo y Krasny Bor. Pero, ostras, hasta hace nada —2004, 2017— tenemos personas de las que nadie habla, que han vivido situaciones en las que, frente a la posibilidad de derrumbe, de desánimo o de abandono, y sin que nadie les haya enseñado ni formado para ello, despertaron con una conducta propiamente heroica, digna de los españoles de Castelnuovo: vengan cuando quieran. El vengan cuando quieran de los tercios reaparece.
Bien, pues para mí eso es esperanzador. Ahora, si eso es esperanzador, al mismo tiempo es sintomático que eso esté tapado, y que no vayas a ver a un solo político hablar de ello, ni un solo periodista, ni un solo cineasta. ¿Habéis visto los cineastas? ¿Hacen películas sobre esto?
Ni la harán.
La industria cinematográfica española, no sé, está en las uvas. Bueno, está a lo que está, ya lo sabemos. Entonces, joder, bueno sería ir planteándose darle la vuelta a la tortilla, y que se cuenten estas cosas y se sepan. Ahora, ¿qué va a pasar? Que si se cuentan y se saben, yo creo que el nivel de putrefacción es tan grande que solo van a resonar en personas que ya a priori lo están buscando, o ya a priori están ahí. Los que están en la anti-España ya no van a cruzar a este lado. Los que se han casado y encardinado con las coordenadas de la endofobia de la anti-España no van a cruzar a este lado, pase lo que pase; aunque se hiciera una superproducción cinematográfica sobre la vida de Cervantes, ellos se van a quedar en la anti-España. Entonces, lo que hay que hacer es saber que esto ya está roto, que hay que galvanizarse con los que no estamos en la anti-España, y hay que hablar para el futuro. Es decir, hay que trabajar para las generaciones que están por venir. Las que ya están envenenadas de endofobia y de anti-España no tienen arreglo. Los… no sé qué decir, los Antonio Maestre de este mundo, los Pablo Iglesias de este mundo, bueno, pues te pueden caer bien, mal o regular, pero, en lo que respecta a la identidad histórica nacional española, su discurso es un cáncer. Bien, pues hagámonos cargo: ellos ya no van a cruzar a este lado, solo van a avanzar en la deconstrucción, ellos están solo para la deconstrucción. Bien, pues no hablemos para ellos. Hablemos primero para encontrarnos nosotros, para reconocernos nosotros, y hablemos para el futuro. Para que surja en el futuro una juventud que diga: mira, la anti-España estaba equivocada, Pablo Iglesias no tiene razón, Gabriel Rufián no tiene razón, Arnaldo Otegi no tiene razón, Ignacio Escolar no tiene razón. ¿Y quién tiene razón? Miguel de Cervantes, cuando escribe El cerco de Numancia.
Ah, sí, Miguel de Cervantes.
Miguel de Cervantes, cuando escribe El cerco de Numancia, dice que hay una patria originaria, un árbol, un pueblo originario, del que descendemos, ¿no? Cuando Cervantes hace ese arraigo identitario en Numancia, tiene razón; y el resto, los que he mencionado, esos no. Entonces, hay que hablar para los que están por llegar, que puedan decir: no, es que mira, yo me baso más en Cervantes que en nada de lo que haya escrito nunca, pues no sé, Ignacio Escolar o Pablo Iglesias.
Qué buen vasallo si tuviera buen señor, ¿no? Hemos hablado, por encima de ello, con anterioridad, sobre el guerrero y el viaje del héroe. ¿Qué pueden rescatar nuestros soldados del poder del mito, de esa búsqueda, de ese camino de autoconocimiento?
Bueno, yo creo que ahí tienen un relato arquetípico. El viaje del héroe, lo hemos dicho antes, es una estructura narrativa arquetípica que está a priori en la mente humana, y que a día de hoy ya se puede encontrar en infinidad de películas, porque la propia industria del cine ha leído a Joseph Campbell, se ha dado cuenta de que lo que cuenta allí Joseph Campbell es algo que está en el alma humana a priori, no es una construcción cultural, no es algo de la civilización occidental ni de la civilización estadounidense, no: es algo que está a priori en el alma humana, al norte, al sur, al este y al oeste. Y entonces esa estructura narrativa se vuelca en infinidad de producciones cinematográficas. Yo creo que lo que hay aquí es que quien quiera despertar a las enseñanzas espirituales de la tradición guerrera tiene en el relato arquetípico del viaje del héroe una buena plantilla en la que mirar pasos fundamentales: estar en el olvido de ti, recibir la llamada de la búsqueda, negar la llamada y, por negarla, vivir la tragedia, y por vivir la tragedia, entonces sí, cruzar el umbral. Y al cruzar el umbral, empezar la aventura, que es una aventura siempre de autoconocimiento y autodesarrollo, y encontrar al mentor, y encontrar a los compañeros de viaje, y cruzar el bosque oscuro, bajar a la cueva y derrotar al dragón, y rescatar a la princesa, y saber que escapas mientras la cueva del dragón o la torre del nigromante se derrumba. Y entonces el que te ha acompañado y el que te ha ayudado se inmola por ti, se sacrifica por ti. Y el que te ayudó y te enseñó el camino no puede volver contigo a casa, porque hay personas que tienen que quedarse a terminar labores pendientes en ese mundo extraordinario, en ese mundo de la aventura. Y vuelves al mundo ordinario, pero ya no eres el mismo. Vuelves a la vida común, pero ya no eres el mismo: portas dentro de ti una transformación de elevación espiritual y de elevación ontológica. Y al mismo tiempo portas también una enseñanza que trasladas a tu sociedad. Es entonces que vuelves con la princesa —en los cuentos, vuelves con el talismán— y vuelve la primavera, y se sana la sociedad, y el que al empezar el relato era inconsciente acaba de rey. La restauración de la comarca, la restauración del reino, el regreso de la primavera. Es decir, hay infinidad de relatos en el mito, en la leyenda, en la cosmovisión tradicional, que reproducen el viaje del héroe, que acabo de contaros aquí en un minuto a matacaballo. Porque es una estructura arquetípica, narrativa, que tiene un profundo sentido y significado espiritual para el ser humano. Es decir, la vida humana está llamada a recorrer el viaje del héroe. La vida humana está llamada a implementarse desde la ignorancia a la conciencia, de la cobardía al valor, de la falta de coraje al honor y la lealtad, del egoísmo al compañerismo, del miedo al monstruo a bajar a la cueva del monstruo y derrotarlo. Es decir, todo lo que es esa plantilla del viaje del héroe, que tiene como veinticuatro pasos en el esquema de Campbell, además luego se despliega como un fractal: cada uno de esos fragmentos del relato puede ser en sí mismo una novela, un cuento, una leyenda, un episodio o un momento de tu vida. Tiene una riqueza espiritual, casi psicológica, por decirlo así, terapéutica, muy grande. Y yo creo que en las enseñanzas espirituales de la tradición guerrera, del guerrero espiritual, del guerrero arquetípico —y no solo la profesión: del guerrero arquetípico, no solo el militar, sino también cualquiera—, debe estar llamado a una disciplina castrense, autoridad, jerarquía y orden. Bien, pues en la articulación de la personalidad conforme a autoridad, jerarquía y orden, una buena plantilla que te orienta es la plantilla del viaje del héroe. Yo creo que todo ser humano está llamado a meterse en la cueva del dragón y derrotarlo. Y si no se anima a ello, desperdiciará su vida. No hay vida más desperdiciada que la que pasa por este mundo sin afrontar la lucha con el dragón. Eso me lo enseñó mi maestro Antonio Medrano.
Estamos viendo en los últimos años, sobre todo con la aparición del conflicto de Ucrania, sobre todo con el impacto que tiene ver de nuevo en suelo europeo la aparición de un conflicto así, un encarnizamiento del campo de batalla especialmente abrumador, porque creo que nunca la guerra fue tan encarnizada como es ahora. Si bien la aparición de la pólvora hizo que los hombres ya no se mataran mirándose a la cara, ahora ya no te mata ni siquiera una persona: te mata un robot, un dron. Te mata un dron que, en algunos casos, incluso, va dirigido con inteligencia artificial; o sea, ya no hay ni una mente humana operativa detrás. Con esta nueva aparición de nuevas técnicas, procedimientos, nuevos sistemas de armas, que están poniendo sobre el tapete cómo se van a configurar las guerras del futuro, nadie está hablando de lo que para nosotros creemos que va a ser el verdadero campo de batalla que va a determinar la victoria, la derrota o la supervivencia, para que, incluso, los que terminen esa guerra se integren de manera operativa en la sociedad a la que vuelvan, que es el plano de la guerra del espíritu. Y ya no solo en el plano personal, íntimo, de la salvación de tu propia alma o tu propia fe, sino en lo que es el propio alma de Occidente, la luz propia de Europa. ¿Qué importancia crees que van a tener en el futuro las religiones en las guerras del futuro?
Te lo he comentado antes: yo creo que, por un lado, la inteligencia artificial va a desarbolar nuestro modo de vida en los próximos cinco o seis años, no más. Antes de cinco años, muchísimas cosas van a quedar cambiadas para siempre por la llegada de la inteligencia artificial, incluida la guerra, en el ámbito material, en el ámbito puramente militar —una guerra como la de Ucrania—; la propia guerra va a quedar completamente modificada por la inteligencia artificial. Los efectos que va a tener la inteligencia artificial en nuestra vida no podemos ni imaginarlos, acaban de empezar. Ahora mismo ya puedes encontrar que escuchas una canción y dices: ostras, la última canción de Slayer, y te dicen: no, la ha hecho una inteligencia artificial, y no has sido capaz de reconocerlo. Eso ya está pasando. Entonces, la inteligencia artificial va a cambiarlo absolutamente todo, incluida la manera de hacer la guerra. Ahora, si ese es el ámbito técnico que lo modifica todo, el ámbito antropológico —lo que va a modificar también todo— es el regreso de la religión. Mejor dicho, el regreso de la tradición, de la cosmovisión tradicional: el recuerdo de la muerte, la vejez, la enfermedad, la contingencia y la dimensión de la trascendencia; la dimensión del autoconocimiento y de un yo esencial que gobierna el carro y los caballos. Es decir, yo creo que vamos a un mundo en el que cada vez va a haber más personas, hombres y mujeres, que confrontan abiertamente, sin paliativos, el paradigma moderno de vida. Va a haber cada vez más hombres y mujeres que hacen una impugnación total a la antropología moderna, que van a negar que el ser humano sea una pura casualidad de un universo aparentemente casual, existencias puramente contingentes y materiales, atrapadas en tu propio ego, en tu propio psiquismo, que lo más que aspiran es a la democracia y los derechos humanos. Bien, pues va a haber una sociedad que va a decir: no quiero democracia, quiero aristocracia; no quiero derechos humanos, quiero deberes humanos. Quiero que el areté —de donde deriva aristo, aristocracia— me constituya, no el demos, la areté. Y no quiero vivir en los derechos humanos, quiero vivir en los deberes humanos, quiero saber cuáles son los deberes que tengo desde el mismo momento en que nazco. Creo que se va a ir produciendo una modificación cultural, filosófica, antropológica, en la que cada vez más, por decirlo así, lo religioso, entre comillas, va a confrontar lo moderno. Y lo va a tener que hacer, si quiere hacerlo de manera saludable, de una manera realmente eficiente, trascendiendo el integrismo. Recordad: el mundo moderno se ve amenazado por el nihilismo materialista de la modernidad y por el nihilismo religioso del salafismo, el integrismo religioso musulmán. Son dos monstruos, son las hordas de Gog y Magog, ¿eh?, son Escila y Caribdis. Bien, pues esos dos monstruos se van a confrontar con un regreso de la cosmovisión tradicional en su sentido eminente. La cosmovisión tradicional en su sentido eminente no puede tragar con el fanatismo religioso, con los obsesos de Dios —es una forma de nihilismo—, y no puede tragar con la posmodernidad, que es el nihilismo de la poshumanidad, ¿no?, de donde estamos ahora, de la subjetividad que pretende autodeterminarse. Bien, pues frente al nihilismo subjetivista de la posmodernidad y el nihilismo de los obsesos de Dios del salafismo, surgirá otra cosa. Esa otra cosa se está preparando ahora, se está sembrando ahora, y hay chispas que son anuncio y vanguardia de esa contestación. Ese elemento va a ser, junto con el auge de la inteligencia artificial, dos elementos que en los próximos quince, veinte años van a estar cada vez más presentes: la inteligencia artificial, a nivel material, que va a cambiarlo todo, y la aparición de hombres y mujeres que hacen una impugnación total a la modernidad, una impugnación total al integrismo, y que, sin embargo, haciendo la impugnación total a la modernidad y haciendo la impugnación total al integrismo, uno, no rechazan la tecnología, la van a usar, y dos, no rechazan la religión, van a volver a ella. Fijaos lo que he dicho: impugnan el mundo moderno, pero no rechazan la tecnología; impugnan el integrismo religioso, pero se hacen ellos mismos religiosos. Bien, pues eso es lo que va a pasar, es lo que se está preparando. ¿Va a pasar de manera fatal, causa-efecto, es un destino ineludible? No. Solo va a ocurrir si hay cada vez más hombres y mujeres capaces de avanzar por esa vía intermedia entre el nihilismo moderno y el nihilismo de los obsesos de Dios.
Además, en el Apocalipsis la bestia tenía muchas cabezas, los muchos enemigos integrados en uno mismo, ¿no?, de esa manera, desde la tradición, y bajo la sombra de todo esto que estás comentando, ¿cómo serán las guerras del futuro si nuestros soldados han olvidado a Dios?
Bueno, yo he dicho que va a haber un regreso de la tradición, un regreso, entre comillas, de Dios. Pero si no se produce ese regreso, si no se produjera una retradicionalización de la civilización occidental, si no volviera una suerte de horizonte de la tradición como Sophia Perennis, lo que realmente contesta al integrismo religioso del ámbito musulmán, y lo que realmente contesta al nihilismo materialista de la modernidad, es la tradición como Sophia Perennis. Entonces, si no se produce un regreso de la tradición como Sophia Perennis, posiblemente no tengamos ni siquiera soldados: el nivel de desarraigo será total y absoluto. Qué cáscara vacía, ¿eh? El ser humano, si vive completamente desarraigado… Otra cosa es que eso no puede ocurrir: no existen seres humanos totalmente desarraigados. Siempre hay una minoría que, aunque sea inconscientemente, recuerda tradición, patria, linaje, espíritu. Y en el momento en que hay una minoría que recuerda tradición, patria, linaje, espíritu, la cosa cambia: están dispuestos ya así a empuñar las armas y luchar. Pero, vamos, que es difícil saberlo. Lo que sí se puede asegurar es que, o la tradición como Sophia Perennis se actualiza para los tiempos que corren, o seguirá avanzando el nihilismo de la posmodernidad y la deconstrucción, y el nihilismo salafista, integrista, psicópata, que vemos con los musulmanes, ¿no?, de la yihad, del salafismo. Si no vuelve la tradición como Sophia Perennis, va a ser difícil dar esa contestación. Ahora, ¿qué forma adoptará ese regreso? No lo sabemos. Nos gusta pensar que puede ser una actualización de la tradición católica, puede ser un regreso de la Orden del Temple, ¿verdad?, puede ser una actualización del templarismo medieval —qué maravilla— del medievo gibelino. Y si lo que se produce es una actualización del medievo gibelino, ojalá. Pero yo creo que ahora mismo no podemos decretar, con lo que sabemos, qué forma adoptará en el futuro ese regreso. Lo que sí podemos es preparar, incentivar el ecosistema, el escenario que favorece dicho regreso. Y bueno, pues a eso estamos, no me dedico a otra cosa, en mi caso.
Aquellos que ingresan a las Fuerzas Armadas, y también los que están dentro, son presas de estas fuerzas, del espíritu de la época que estamos viviendo. Lo he traído ya varias veces a colación en la charla, pero es que me es imposible no hacerlo, ya que vengo de releer de nuevo El Señor de los Anillos, y no traer a Tolkien es imposible en esta charla. En el libro de Las dos torres, en el capítulo Una ventana al oeste, Tolkien escribió una conversación entre Faramir y Frodo, en la que Faramir le decía: guerra ha de haber mientras tengamos que defendernos de un poder que nos devoraría a todos; pero yo no amo la espada porque tiene filo, ni la flecha porque vuela, ni al guerrero porque ha ganado la gloria: solo amo lo que ellos defienden.
Claro, es que nuestra época también ataca aquello que defendemos.
Si hay desarraigo, no vas a poder amar lo que ellos defienden, no tienes nada que defender. A no ser que digas que lo que tienes es democracia y derechos humanos, con todas las interpretaciones subversivas, interesadas, sesgadas, ideologizadas que a día de hoy se dan de esos dos conceptos que se establecen como si fueran, ¿no?, mandatos divinos: democracia y derechos humanos. Bien, yo creo que, lo he señalado antes, o se produce una reconexión, un reencuentro y autorreconocimiento en las categorías fundamentales de la tradición como Sophia Perennis, o va a ser muy difícil que los valores de la casta guerrera impregnen de nuevo a la sociedad, e impregnen sobre todo al estamento guerrero, es decir, a la profesión militar, de seguridad y orden. Entonces, se requiere de una labor intelectual, espiritual y experiencial, dentro de ti mismo, en tu propia alma, para que realmente se produzcan las primeras simientes y anuncios de esa actualización de la cosmovisión tradicional. Ya ocurrió, fijaos: si asumimos, por decirlo así, de la segunda mitad del siglo XVIII hasta la mitad del siglo XX, fijaos, van ahí casi trescientos años. Bien, pues en ese proceso histórico, de la mitad del XVIII a la mitad del XIX, de la mitad del XIX a la mitad del XX, ya hay distintos intentos, más o menos mal logrados, de actualizar la cosmovisión tradicional y la tradición guerrera. No, no cuajaron. Ahora estamos ya en otra cosa, estamos en esa posmodernidad, globalismo y deconstrucción. Bien, pues ha llegado la hora de volver a intentarlo. Hay que dar una renovada batalla por dicha actualización. Y si se produce esa actualización, entonces se podrá decir: no amo la espada porque tiene filo, no amo la flecha porque vuela, amo lo que ellas defienden. Porque si no se produce ese arraigo, lo que hemos llamado espíritu, tradición, linaje, patria, es muy difícil hablar como habla Faramir en ese capítulo de El Señor de los Anillos. Entonces, si no llegara a ocurrir eso, pues seguiríamos avanzando hacia la oscuridad, ¿no?, hacia la ofuscación: la ofuscación del salafismo, que es una cosa loca, un verdadero cáncer, y la ofuscación del nihilismo posmoderno, que es otro disparate, son las dos caras de una misma moneda, ¿me entiendes? En ambos casos, nihilismo —lo explico en mi libro Hispanofilia—; esos dos nihilismos derivan de un olvido, de qué cosa es la dimensión espiritual de la existencia humana. Entonces, bueno, pues ojalá superemos ese olvido y podamos dar la contestación y la batalla a la cruzada que demanda nuestra época.
Mira, la memoria, una de las potencias de la mente, ¿no? Antes te hemos presentado el plan SERE. Muchos de nuestros oyentes le vendrán fríos recuerdos por su espalda, porque está intrínsecamente ligado a una de las, prácticamente, de las fases más duras de instrucción, sobre todo en el ámbito de las operaciones especiales, dado que en ella es donde se materializa la instrucción de supervivencia, donde se materializa la evasión y el trato de prisionero, etcétera. Explicábamos que el SERE, para también aquellos oyentes que nos escuchan, que no tengan conocimiento de ello, es aquella instrucción, ese planeamiento militar, especialmente orientado para unidades de operaciones especiales, también pilotos, en el que, por sus siglas, se pone en juego lo que es la supervivencia, la evasión, la resistencia y el escape de aquellas unidades o elementos aislados que se encuentran en zona completamente ocupada, y tienen que evadirse de la acción enemiga, o incluso, llegado el caso, evadirse de la captura, una vez haber sido capturados. Cada uno de estos elementos tiene en sí su propia instrucción, ¿no?, porque, claro, tengo que saber sobre supervivencia, es decir, vivir con nada, con lo puesto, con lo que me da la tierra. Tengo que saber evadirme, tengo que ser resistente, y no solamente físicamente, sino en mi mente, porque me voy a enfrentar a una prueba muy dura: yo no sé cuánto tiempo voy a pegarme en zona enemiga. Y tengo que aprender a evadirme, porque mi fin no es quedarme aquí ni morir, ni quedar tras las líneas: es volver a mi casa, es volver a mi tierra, a zona segura. Se podría decir que hoy en día estamos en plan SERE, estamos en zona ocupada. Total, y son muchos los enemigos que nos buscan. Tenemos que poner en juego nuestro plan SERE. Pero, hoy en día, ¿cómo comienzo? ¿Cuál es la primera premisa de la supervivencia, de la evasión, de la resistencia y de escape, para enfrentar a todas esas fuerzas que sé que están operando?
Efectivamente, estamos en esa situación, ¿eh? Los malos van ganando. Estamos rodeados. Estamos en un territorio controlado por las fuerzas de Sauron, pero hay distintos puntos de guerrilla, de resistencia y de desaparecidos en combate, ¿no? Y me dices: ¿cómo aplico?, ¿cómo empiezo? Creo que lo primero es conocer el territorio. Lo primero es cartografiar el territorio: tienes que saber qué es lo que te rodea, qué fuerzas están en juego, qué discursos están manteniendo, y dónde estás tú en esa cartografía. Necesitas mapear este Kali Yuga; si no tienes esa cartografía no sabes dónde moverte, así que lo primero es la cartografía. Lo segundo es la autonomía personal, es decir: si tienes que sobrevivir, ¿qué necesito para sobrevivir? ¿Y cómo lo consigo? Si no encuentro en este medio el sustento, ¿cómo me lo propicio a mí mismo? ¿Cómo voy a cazar? ¿Cómo voy a recolectar? Si estos no son mis campos, si estos no son mis bosques, si este no es mi mercado, si todo esto ha sido devastado y lo ocupan las fuerzas del mal… Primero conozco el territorio, hago la cartografía, y segundo, cómo tengo autonomía. Y tercero, tienes que mantenerte lúcido: lúcido, despierto, fuerte, libre mentalmente, para que la propia presión de la situación no te venza, o te debilite, o te haga pasarte al bando contrario. Así que yo diría: primero, cartografiar la situación, tienes que saber dónde te mueves, qué es lo que está pasando; lo segundo, los medios de autonomía personal, cómo me nutro y cómo me fortalezco, si el entorno no me da esa fuerza, ¿cómo la voy a conseguir yo?, ¿cómo alimento mi espíritu?; y tercero, ¿cómo me mantengo lúcido, despierto, fuerte y libre, rodeado de enemigos? Yo creo que esas son las tres claves que tienes que trabajar. Y requieren, en los tres niveles, ejercicio de observación, comprensión, conciencia, presencia y disciplina. Tienes que observar y callar, y tomar nota, y comprender eso que has anotado, y poner conciencia, estar presente y decir: ¿qué significa esto para mí?, ¿qué significa esto para mi situación? Eso te da la lucidez, ¿verdad? Y luego, a partir de aquí, ¿qué acción tengo respecto de esto? ¿Y cómo estoy presente todo el rato y no me dejo llevar por las circunstancias? Estoy, ¿quién manda aquí? Vigilo. Me vigilo dentro de mí mismo para que no me pillen, ¿verdad?, si estás en ese campo enemigo, ¿no?, por seguir la imagen que me has trasladado. Entonces, yo creo que esas serían algunas claves que me vienen así a bote pronto a la cabeza, que bueno, pues yo creo que hay que implementar en la vida diaria, porque, efectivamente, los malos van ganando.
No, y además, has mencionado algo muy interesante, que es la observación: la observación es el principio fundamental de la supervivencia. Actualmente, el enemigo es cada vez más mimético. Ha aprendido mucho durante la época a mimetizarse, y a saber que bajo la mesa es donde se libran las mayores batallas, y que un enemigo inidentificable es más poderoso que alguien que sí se te presenta cara. Actualmente, pareciera que la sociedad hemos perdido nuestra capacidad de identificar al enemigo, más cuando son tantos los que tenemos, y hay que mantenerse en ese estado de observación constante e identificar quiénes son nuestros enemigos. Si tuviéramos que ponerle nombre, aunque sea una figura metafísica, a quiénes son nuestros enemigos, ¿quiénes serían?
Bueno, las fuerzas de la subversión.
Muy buena.
Las fuerzas de la subversión, los que subvierten el orden: el orden natural, el orden cósmico, el orden espiritual, el orden personal. Los que pretenden que, no sé, que lo que está abajo se ponga arriba, que lo que está arriba se ponga abajo, que lo que es hombre sea mujer, que lo que es mujer sea hombre, que lo que es luz sea oscuridad, que lo que es oscuridad sea luz, que lo que es recto sea torcido, que lo que es torcido sea recto. El enemigo serían las fuerzas de la subversión, que además funcionan ya de manera inconsciente, ni siquiera saben que están subvirtiendo el orden. Y aquí yo creo que, efectivamente, la labor de la observación de ese proceso es fundamental. No sé, como un depredador, como el leopardo de las nieves en el Himalaya, que contempla desde un escarpe rocoso el valle y observa todo lo que está pasando. Tienes que saber encontrar tu escarpe rocoso desde el que observar lo que está pasando, ¿eh?, porque eso es lo que te va a dar también las herramientas para esa autonomía que he dicho antes. Y a partir de esa comprensión y cartografía, de esa observación, de esa autonomía que deriva de la propia comprensión del lugar en el que estás, de esa cartografía, te deriva ese estado de lucidez y de libertad. No, yo no me voy a doblegar, no me voy a desanimar, por supuesto, no voy a pasar al bando enemigo.
De hecho, y ya terminando, y siguiendo un poco nuestra dinámica —que, a fin de cuentas, nuestro público que nos escucha es el que es—, España siempre tuvo claro algo, y era la lucha por su libertad. Es tanto que, cuando se crean las unidades de operaciones especiales en España, España lo tuvo tan claro que no quería operadores a la inglesa ni a la americana, quería guerrilleros. Sabía que podría llegar un día en el que España iba a tener que luchar por su libertad, y necesitaba soldados, como se dijo, capaces de hacer, ¿el qué? Capaces de hacer lo que fuera, aislados en el monte, sin nada, de manera austera, sin apoyos, pequeños elementos que enarbolaran aquella frase que dije antes, ¿no?, la de: no haya su duro risco vedado, quejas no quiere. Y podría extenderme, pero no tengo tanta memoria como para tener memorizados esos versos. Pero España siempre lo tuvo claro, y lo estamos olvidando; lo estamos olvidando, que esa siempre fue la razón de ser de España: mantenerse libre, mantenerse fuerte, comunidades sólidas, capaces de luchar de manera tan eficiente y coordinada, que, llegado el caso, se reúnan todos a la sombra de una montaña y digan: comienza la Reconquista, se acabó.
Bueno, yo creo que tendremos que llegar algún día a ese punto, tal como están las cosas. No descartemos que tengamos que actualizar el ideal de Reconquista para subvertir… perdón, para darle la vuelta a la tortilla a la subversión, a la subversión posmoderna; pues, en algún momento, habrá que emprender esa Reconquista. Pero, bueno, la Reconquista yo siempre digo que tiene una imagen muy bonita, y es que la historia de España es de lo menos, lo más. Lo menos es la batalla de Covadonga, ¿verdad?, una pequeña refriega en las montañas: los moros de al-Ándalus, el emir de Córdoba y eso, son unos asnos, ¿qué nos importa que unos asnos nos hayan ganado? Bien, pues eso que empieza siendo tan pequeño acaba siendo el Imperio español, el imperio más grande de la historia de la humanidad, ¿no? De lo menos es posible lo más. Sí, Napoleón decía lo mismo, ¿no?
No podemos terminar de otra manera aquí, a la mediosombra de una encina, con vistas al Alcázar de Toledo, a la Academia de Infantería, a Ciudad Sacra, que leyendo una de las páginas de tu libro, El poder del mito…
Ah, vaya, qué bueno.
Sí, claro, no puede ser de otro modo. La página doscientos veinte: sé que va a sonar impostado hasta que no la lea, porque no solemos leer bien, pero voy a tratar de hacerlo bien. Gonzalo, en su libro dice: ya se nos advirtió de que llegaría este tiempo de oscuridad y confusión, un tiempo para Montaraces, que preparan el retorno del rey, mientras, con la mano izquierda, y aprovechando la medianoche del mundo, forjan las espadas que son la Llama del Oeste. Tengámoslo entonces presente: la tradición eterna ni se gasta ni se agota, y no es refugio o guarida, sino armería y centro de alta formación y entrenamiento. Los modernos proclamaron así, y de manera luciferina, que tomarían el cielo por asalto; no sabían que en el cielo se guardan las armas para tomar por asalto la tierra. El retorno del espíritu será el tema de nuestro tiempo, no la ciencia, no la técnica, no la economía ni la política. Tampoco, claro está, el nihilismo religioso de los integristas. Todo ello será transversal, pero no central, porque lo central será el retorno del héroe, entendido este como guerrero espiritual.
Maldita sea, eso lo escribí yo, ¿no? Bueno, pues no puedo más que decir que, totalmente de acuerdo con este señor, ¿no? La verdad es que es así, bueno, es… ese es el argumento de nuestra época.
Con las palabras que yo lo sepa decir, eso que has leído es el argumento de la vida humana, de los tiempos que corren, si formas parte de la raza del espíritu. Gonzalo, muchísimas gracias por permitirnos esta oportunidad, por abrir esta ventana en tu casa, para que muchos que, como yo, estábamos tan perdidos en una vida que continuamente nos azota de un lado para otro… Ojalá esto sirva de chispa, ¿no?, para que algunos se acerquen a la verdad de las cosas, y no tanto a las que les vienen, o les insertan, o les infiltran esas fuerzas operativas, ¿no?, continuamente luchando para infiltrarse en nuestro terreno, que logren, al menos, que, aunque sea poco, aunque sea un 1 %, pero que ese 1 % consiga medrar en el futuro. Muchísimas gracias por tu tiempo.
Y ojalá esto se repita. Bueno, yo encantado, para otra ocasión, si queréis. Y, bueno, pues ojalá, de verdad, que más allá de… A veces yo, cuando me escucho, digo: joder, cuántas cosas digo, no sé si me voy por las ramas, toda esta palabrería; pero bueno, si algo queda de sabiduría perenne en todo lo que haya dicho, que sea una pequeña perla, yo doy por bueno todo lo que hayamos conversado. Y ojalá que de verdad resuene en el alma de jóvenes guerreros dispuestos a hacerle un corte de mangas a la posmodernidad, el globalismo y la deconstrucción, que es una verdadera basura.
Duros, técnicos y creyentes.
Oponiendo picas a caballos, enfrentando arcabuces a piqueros, con el alma unida por el mismo clero, que la sangre corra protegiendo el reino. Aspa de Borgoña, flameando al viento, hijos de Santiago, grandes son los tercios, escuadrón de picas, flancos a cubierto, solo es libre el hombre que no tiene miedo. Lucha por tu hermano, muere por tu reino, vive por la paz en este gran imperio. Nunca habrá derrotas si nos hacen presos, solo tras de muertos capitularemos. La gola de malla, chaleco de cuero, peto y espaldar me guardarán del hierro. Levantad las picas con un canto al cielo: nunca temeré si va en columna el tercio.
DUDAS RAZONABLES
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61:45 — «está en las uvas» / posible «está por Uber» o alguna referencia al término inglés «woke»: Deepgram capta «no sé, está por uvas»; MacWhisper y los subtítulos de YouTube captan «no sé, está por Uber». Ninguna de las dos lecturas es una expresión española reconocible y ambas parecen corrupciones fonéticas de otra palabra (posiblemente una referencia despectiva al cine “woke”, coherente con el tono de la frase), pero no hay forma de fijar cuál. Se ha dejado la lectura de Deepgram, «está en las uvas», por sonar más próxima a una expresión hecha, sin descartar que lo dicho fuera otra cosa.
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88:15 — «sé que va a sonar impostado hasta que no la lea» / posible «sé que es magistrado hasta que no leyera. No, le jodas»: Deepgram transcribe una frase que no tiene sentido gramatical («magistrado», «no le jodas»); MacWhisper y los subtítulos de YouTube coinciden entre sí en algo más cercano a «sé que es más instado hasta que no leyera», que tampoco es una palabra española. Se ha optado por reconstruir «impostado» (voz impostada, forzada), fonéticamente próxima a las dos lecturas y coherente con el sentido de la frase —el ponente se disculpa de antemano por cómo va a sonar leyendo en voz alta—, pero la palabra exacta pronunciada no puede fijarse con certeza.